El día de juego
Aún resonaba en mi mente el eco de la última historia anotada en mi diario cuando las primeras luces del alba iluminaron la estancia donde dormía. Me percaté de que la disposición de los tragaluces y ventanales no respondía a una cuestión de azar; los tenues rayos de luz entraban despejando delicadamente la penumbra como el descorrer de un velo. Como cada nuevo amanecer, acudí a recibirlo aspirando el aroma de la mañana y permitiendo que la brisa llenara mis pulmones.
Contemplé la belleza de cuanto me rodeaba y permanecí unos minutos recreándome en ella.
Una vez aseado y vestido, me dispuse a buscar a mis compañeros de viaje, Ramón y Mario, que ya se encontraban preparados. Para nuestro asombro, Sadayo nos esperaba. Nos pidió disculpas en nombre de su señor, pues este había tenido que partir para arreglar unos asuntos y no volvería hasta dentro de tres días, fecha en la que se celebraría “El día de Juego”. Nos invitó a que realizáramos un pequeño viaje hasta unas termas que había en sus tierras para disfrutar del baño al aire libre y disfrutar durante el trayecto de la belleza del país.
Sadayo tenía ya preparadas las monturas, y una pequeña guardia que nos acompañaría como escolta. Las termas estaban a media jornada de camino a paso relajado. Aún flotaban en mi mente las palabras “El día de Juego”; decidí que una vez en las termas le preguntaría a Sadayo al respecto y saciaría por fin mi curiosidad.
Antes de partir, Mario nos dijo que él se quedaría, pues había averiguado dónde estaban las cocinas y había entablado cierta amistad con el cocinero. Deseaba aprender más sobre la gastronomía nipona, mientras que por su parte el cocinero estaba interesado en los conocimientos que Mario había adquirido durante sus viajes.
El sol aún no había llegado a su cénit cuando partimos. Busqué a Ramón y pude comprobar que había bajado de su montura y había entablado una animada conversación con uno de los integrantes de la guardia que nos escoltaba. Parecía notablemente interesado en el tipo y empleo de armas que portaban. Esto me dejó a solas con Sadayo, y viendo un momento oportuno para aplacar mi curiosidad, le pregunté al fin por “El día de Juego”. El me observó fijamente calibrando mi intriga, y con una sonrisa en su rostro asintió y comentó que había esperado aquella pregunta. Después de un breve silencio para ordenar sus ideas, comenzó su relato:
Esta historia se remonta a mucho tiempo atrás. Uno de los antepasados de mi señor fue quien consiguió convertir en costumbre usar uno de los días para el juego. Creo que fue su tatarabuelo “Haruto”, que significa alegre o jovial. Haruto era hijo de “Takumi”, que significa maestro. Por aquel entonces, prácticamente toda la región se encontraba en guerra; las intrigas políticas entre clanes eran habituales, los grandes señores conspiraban unos contra otros y la traición y la muerte eran hermanas gemelas y moneda corriente. Takumi era uno de los señores más poderosos. Aunque luchaba de igual modo que los demás, estaba cansado de tanta muerte y desolación, y deseaba que la región prosperase buscando la paz.
Takumi comenzó a gobernar sin haberse casado y continuó soltero hasta bastante tiempo después, ya que decía que la época de conflicto no era propicia para damas y cortejos. Entonces conoció a “Hiyori” que significa serena, tranquila. Se enamoró y desposó con ella, y de aquel amor nacieron dos hijos: Haruto y “Rikuto”, que significa tierra, valor. Esto llenó de una inmensa alegría y satisfacción a Takumi. Al nacer sus hijos, puso todo su empeño y poder en restablecer la paz perdida en la región. Venció a quienes se oponían a ella, aquellos para quienes la guerra no era solo una forma de vida, sino un negocio con el que amasaban auténticas fortunas. Algunos de sus enemigos pusieron precio a su cabeza, y en más de una ocasión estuvo a punto de perecer ante los asesinos enviados, pero Takumi tenía en su mente el noble proyecto de la paz, proyecto que algunos de sus otros adversarios también compartían y circunstancia que le facilitó ciertas alianzas. Y la Paz fue lograda para la región, pero no para sí mismo, pues mantenerla era una empresa aún más difícil en la que habría de invertir todas sus fuerzas.
Al principio, todos los días veía a sus hijos y atendía a su esposa. Haruto y Rikuto crecían fuertes y siempre esperaban expectantes la llegada de su padre. La sonrisa iluminaba sus rostros y hacía que el corazón de Takumi se hinchiese de orgullo. Según crecían los dos pequeños, fueron demandando cada vez más la presencia de Takumi, pero las dificultades en su empeño por mantener la paz fueron distanciándole de ellos contra su voluntad. Llegaron días en los que Takumi entraba en el hogar, se aproximaba a los pequeños que le esperaban con un brillo especial en los ojos, y se limitaba a removerles el pelo, pasando de largo después para reunirse con sus consejeros y generales. Si alguna vez, si tan solo una vez hubiera mirado atrás, habría encontrado la tristeza y la decepción en los ojos de sus hijos. Sin embargo, Haruto y Rikuto acudían al encuentro de su padre cada nuevo día con el mismo brillo de adoración e ilusión en sus ojos, hasta que se retiraban tristes ante la aparente indiferencia de su padre.
Haruto y Rikuto se convirtieron en dos jóvenes fuertes e inteligentes, orgullo de su padre, que envejecía al mismo tiempo que ellos crecían. El tiempo pasaba y el antaño fornido Takumi, decrépito y débil, yacía postrado en su lecho sabiendo que su hora estaba próxima. Un día hizo llamar a sus hijos a sus dependencias. Primero entró Haruto, pero el padre pidió que estuviese presente Rikuto al mismo tiempo. Les miró fijamente a cada uno, recobrando el antiguo brillo de su mirada, y les habló. Les pidió que no cometiesen los mismos errores que él había cometido, en particular aquel del cual más se arrepentía: quería que jamás olvidaran a sus hijos, que no los dejaran de lado por nada del mundo. Él se había perdido la alegría, la ilusión de ser testigo de cómo sus pequeños se convertían en hombres. Se había dado cuenta demasiado tarde, y no pudiendo redimirse de otro modo, deseaba como padre que sus hijos tuviesen muy en cuenta sus palabras, pues no hay mayor recompensa que la sonrisa sincera de felicidad de un hijo.
Pocos días después falleció Takumi, y como primogénito, Haruto fue nombrado sucesor. El día en que tomó posesión del gobierno, hizo entrar en la gran sala a todos sus vasallos y les comunicó que un día a la semana estaría totalmente prohibido molestarle en absoluto; ningún asunto de estado, ningún acontecimiento por importante que fuera, le sería comunicado en ese día: el domingo seria El día de Juego.
Haruto hizo honor a su palabra y desde entonces él y todos sus descendientes han seguido la tradición; un día a la semana disfrutan de sus hijos y su familia olvidando y dejando a un lado todo lo demás. Por eso lo llamamos El día de Juego.
Cuando Sadayo terminaba su relato, llegamos a la cima de una pequeña loma. Nos tomamos un pequeño descanso para admirar la vista del valle que teníamos ante nosotros. A lo lejos, pude ver que todo estaba preparado para nuestra llegada en un confortable asentamiento. Tras una comida ligera, nos entregamos a un espléndido baño en las termas, en un hermoso paraje natural de aguas en permanente movimiento. Me pregunté cómo le habría ido a Mario y con qué exótico plato nos deleitaría en el barco para hacer alarde de sus lecciones. Mientras el sopor se adueñaba de mí, antes de caer en brazos de Morfeo, pensé en el relato de Sadayo y recordé que está en la naturaleza humana descuidar aquello que se ama, y que la auténtica consciencia de ello sobreviene sólo cuando aquello le falta. El hombre y la mujer emprenden a menudo grandes búsquedas sin reparar en que el mayor de los tesoros ya permanece a su lado.
Contemplé la belleza de cuanto me rodeaba y permanecí unos minutos recreándome en ella.
Una vez aseado y vestido, me dispuse a buscar a mis compañeros de viaje, Ramón y Mario, que ya se encontraban preparados. Para nuestro asombro, Sadayo nos esperaba. Nos pidió disculpas en nombre de su señor, pues este había tenido que partir para arreglar unos asuntos y no volvería hasta dentro de tres días, fecha en la que se celebraría “El día de Juego”. Nos invitó a que realizáramos un pequeño viaje hasta unas termas que había en sus tierras para disfrutar del baño al aire libre y disfrutar durante el trayecto de la belleza del país.
Sadayo tenía ya preparadas las monturas, y una pequeña guardia que nos acompañaría como escolta. Las termas estaban a media jornada de camino a paso relajado. Aún flotaban en mi mente las palabras “El día de Juego”; decidí que una vez en las termas le preguntaría a Sadayo al respecto y saciaría por fin mi curiosidad.
Antes de partir, Mario nos dijo que él se quedaría, pues había averiguado dónde estaban las cocinas y había entablado cierta amistad con el cocinero. Deseaba aprender más sobre la gastronomía nipona, mientras que por su parte el cocinero estaba interesado en los conocimientos que Mario había adquirido durante sus viajes.
El sol aún no había llegado a su cénit cuando partimos. Busqué a Ramón y pude comprobar que había bajado de su montura y había entablado una animada conversación con uno de los integrantes de la guardia que nos escoltaba. Parecía notablemente interesado en el tipo y empleo de armas que portaban. Esto me dejó a solas con Sadayo, y viendo un momento oportuno para aplacar mi curiosidad, le pregunté al fin por “El día de Juego”. El me observó fijamente calibrando mi intriga, y con una sonrisa en su rostro asintió y comentó que había esperado aquella pregunta. Después de un breve silencio para ordenar sus ideas, comenzó su relato:
Esta historia se remonta a mucho tiempo atrás. Uno de los antepasados de mi señor fue quien consiguió convertir en costumbre usar uno de los días para el juego. Creo que fue su tatarabuelo “Haruto”, que significa alegre o jovial. Haruto era hijo de “Takumi”, que significa maestro. Por aquel entonces, prácticamente toda la región se encontraba en guerra; las intrigas políticas entre clanes eran habituales, los grandes señores conspiraban unos contra otros y la traición y la muerte eran hermanas gemelas y moneda corriente. Takumi era uno de los señores más poderosos. Aunque luchaba de igual modo que los demás, estaba cansado de tanta muerte y desolación, y deseaba que la región prosperase buscando la paz.
Takumi comenzó a gobernar sin haberse casado y continuó soltero hasta bastante tiempo después, ya que decía que la época de conflicto no era propicia para damas y cortejos. Entonces conoció a “Hiyori” que significa serena, tranquila. Se enamoró y desposó con ella, y de aquel amor nacieron dos hijos: Haruto y “Rikuto”, que significa tierra, valor. Esto llenó de una inmensa alegría y satisfacción a Takumi. Al nacer sus hijos, puso todo su empeño y poder en restablecer la paz perdida en la región. Venció a quienes se oponían a ella, aquellos para quienes la guerra no era solo una forma de vida, sino un negocio con el que amasaban auténticas fortunas. Algunos de sus enemigos pusieron precio a su cabeza, y en más de una ocasión estuvo a punto de perecer ante los asesinos enviados, pero Takumi tenía en su mente el noble proyecto de la paz, proyecto que algunos de sus otros adversarios también compartían y circunstancia que le facilitó ciertas alianzas. Y la Paz fue lograda para la región, pero no para sí mismo, pues mantenerla era una empresa aún más difícil en la que habría de invertir todas sus fuerzas.
Al principio, todos los días veía a sus hijos y atendía a su esposa. Haruto y Rikuto crecían fuertes y siempre esperaban expectantes la llegada de su padre. La sonrisa iluminaba sus rostros y hacía que el corazón de Takumi se hinchiese de orgullo. Según crecían los dos pequeños, fueron demandando cada vez más la presencia de Takumi, pero las dificultades en su empeño por mantener la paz fueron distanciándole de ellos contra su voluntad. Llegaron días en los que Takumi entraba en el hogar, se aproximaba a los pequeños que le esperaban con un brillo especial en los ojos, y se limitaba a removerles el pelo, pasando de largo después para reunirse con sus consejeros y generales. Si alguna vez, si tan solo una vez hubiera mirado atrás, habría encontrado la tristeza y la decepción en los ojos de sus hijos. Sin embargo, Haruto y Rikuto acudían al encuentro de su padre cada nuevo día con el mismo brillo de adoración e ilusión en sus ojos, hasta que se retiraban tristes ante la aparente indiferencia de su padre.
Haruto y Rikuto se convirtieron en dos jóvenes fuertes e inteligentes, orgullo de su padre, que envejecía al mismo tiempo que ellos crecían. El tiempo pasaba y el antaño fornido Takumi, decrépito y débil, yacía postrado en su lecho sabiendo que su hora estaba próxima. Un día hizo llamar a sus hijos a sus dependencias. Primero entró Haruto, pero el padre pidió que estuviese presente Rikuto al mismo tiempo. Les miró fijamente a cada uno, recobrando el antiguo brillo de su mirada, y les habló. Les pidió que no cometiesen los mismos errores que él había cometido, en particular aquel del cual más se arrepentía: quería que jamás olvidaran a sus hijos, que no los dejaran de lado por nada del mundo. Él se había perdido la alegría, la ilusión de ser testigo de cómo sus pequeños se convertían en hombres. Se había dado cuenta demasiado tarde, y no pudiendo redimirse de otro modo, deseaba como padre que sus hijos tuviesen muy en cuenta sus palabras, pues no hay mayor recompensa que la sonrisa sincera de felicidad de un hijo.
Pocos días después falleció Takumi, y como primogénito, Haruto fue nombrado sucesor. El día en que tomó posesión del gobierno, hizo entrar en la gran sala a todos sus vasallos y les comunicó que un día a la semana estaría totalmente prohibido molestarle en absoluto; ningún asunto de estado, ningún acontecimiento por importante que fuera, le sería comunicado en ese día: el domingo seria El día de Juego.
Haruto hizo honor a su palabra y desde entonces él y todos sus descendientes han seguido la tradición; un día a la semana disfrutan de sus hijos y su familia olvidando y dejando a un lado todo lo demás. Por eso lo llamamos El día de Juego.
Cuando Sadayo terminaba su relato, llegamos a la cima de una pequeña loma. Nos tomamos un pequeño descanso para admirar la vista del valle que teníamos ante nosotros. A lo lejos, pude ver que todo estaba preparado para nuestra llegada en un confortable asentamiento. Tras una comida ligera, nos entregamos a un espléndido baño en las termas, en un hermoso paraje natural de aguas en permanente movimiento. Me pregunté cómo le habría ido a Mario y con qué exótico plato nos deleitaría en el barco para hacer alarde de sus lecciones. Mientras el sopor se adueñaba de mí, antes de caer en brazos de Morfeo, pensé en el relato de Sadayo y recordé que está en la naturaleza humana descuidar aquello que se ama, y que la auténtica consciencia de ello sobreviene sólo cuando aquello le falta. El hombre y la mujer emprenden a menudo grandes búsquedas sin reparar en que el mayor de los tesoros ya permanece a su lado.


