Naroha Mayni y el lobo de mar (parte 2)
- hizo una pequeña pausa para tomar otro vaso de vino. Fuera había oscurecido y no se oía ni un alma en la taberna. Tal era la atención que prestábamos al anciano que no me hubiera percatado de que había un fuego encendido si no hubiera oído el crepitar de las llamas. Un carraspeo puso punto y final a la pausa –
Cuando remitió la fiebre, estaba tan debilitado que no podía levantarme del humilde lecho en el que estaba. Durante tres días entraba una anciana a darme de comer constantemente y a darme agua fresca. Yo miraba hacia la puerta de la choza buscando y preguntando a la anciana, que sonreía y agitaba la cabeza.
Una vez recuperada parte de mis fuerzas, salí por primera vez para descubrir dónde me encontraba. Estaba en el centro de un enorme poblado repleto de actividad. Me fijé en las chozas de alrededor y todas tenían la entrada mirando a la choza de donde había salido; era la choza de reuniones. Todos pararon a mirarme apenas unos segundos para continuar con lo que hacían. En esto, un alboroto llamó mi atención; hacia mí se dirigía un corpulento negro cargado de abalorios tribales, plumas y huesos, con una mirada severa y feroz. Su imponente apariencia consiguió intimidarme. Más tarde supe que se trataba del jefe de la aldea, que acompañado por todo un séquito de guerreros, por señas me invitó a que le acompañara. Cuando pronunció “Naroha” me faltó poco tiempo para correr en la dirección que me indicaba.
Llegamos a la puerta de una gran choza de menor tamaño que en la que había estado, pero que se diferenciaba claramente de las demás; era evidente de que se trataba de la choza del jefe. Llamó a Naroha y apareció mi hermosa cuidadora. Mi corazón dio un vuelco ante su presencia. Reparé en que era mucho más hermosa de lo que había retenido mi febril visión. Ella me miraba fijamente a los ojos… ¿he dicho ojos? No… los suyos eran dos esmeraldas, unos hermosos ojos de un color verde cristalino, una mirada tan intensa que cualquier hombre podría perderse en ella…
- Nuestro amigo detuvo su narración de nuevo. Sabía perfectamente cuándo era el momento adecuado. Su vaso vacío fue llenado al momento, y después de mojarse los labios, continuó ante la expectación de todos nosotros –
El Jefe -así me referiré a él, pues tenia un nombre que nunca he acertado a pronunciar- le dijo algo y ella, sin apartar su mirada de mí afirmó con la cabeza. Él sonrió y le ordenó entrar dentro de la choza. Ésa afirmación, como supe mucho tiempo después, significó que la hija del jefe me había elegido como marido y acababa de empezar el ritual que se llevaría a cabo hasta el día de la boda.
Empezaron por enseñarme un lenguaje que pronto entendí, pero apenas conseguí hacerme entender. Fue suficiente con lo que aprendí; me explicaron que pronto llegaría la boda y que por fin podría verla. Hacía ya casi un año desde mi llegada a la aldea y sólo la había visto fugazmente pasar a lo lejos. En ese tiempo me enseñaron a cazar, construí una choza y me empapé casi de todas las costumbres, aunque por las noches me despertaba bañado en sudor. Soñaba con Naroha, la deseaba, quería tenerla junto a mi, estrecharla entre mis brazos y hacerle el amor. Era un tormento adivinar su figura en la lejanía apenas unos segundos; como solían decir en la costa italiana, me había “pillado el rayo”; amor a primera vista.
Exactamente un año después de que me eligiera para ser su esposo, tuvo lugar la ceremonia de emparejamiento. Era el día más esperado de toda mi vida, por fin había llegado y la tendría entre mis brazos. En medio de la fiesta, entre cánticos y risas, la tomé de la mano y sigilosamente nos retiramos a la choza.
Por fin solos, mi corazón cantaba de alegría en cada latido. Su sonrisa me robaba el alma y el silencio se apoderó de nosotros; sobraban las palabras. Su mirada me retenía hechizado, lentamente me fui acercando a sus labios y con miedo de romper el hechizo, le besé suavemente hasta que la pasión nos desbordó. Febrilmente besaba sus ojos, sus mejillas, volvía a sus labios… tuve que parar, pues estábamos muy agitados y no quería estropear el momento. Sus ojos desprendían una luz que me cegaba. Nos tumbamos en el lecho, desnudándonos mutuamente, suavemente, y recreándome en sus curvas, fui deslizando de su cuerpo la poca ropa que llevaba. Me aparté y admiré su esbelta figura, su tersa y reluciente piel. Me acerqué a su cuello y aspiré su aromar. Ella me abrazaba firmemente y recorría mi cuerpo con sus manos. Deslicé mi boca hasta sus erectos pechos y su fuerte suspiro hizo que me recreara en ellos, jugando, mordiendo… lentamente fui bajando sin dejar rincón alguno de su piel sin haber besado…
(CONTINUA)
Cuando remitió la fiebre, estaba tan debilitado que no podía levantarme del humilde lecho en el que estaba. Durante tres días entraba una anciana a darme de comer constantemente y a darme agua fresca. Yo miraba hacia la puerta de la choza buscando y preguntando a la anciana, que sonreía y agitaba la cabeza.
Una vez recuperada parte de mis fuerzas, salí por primera vez para descubrir dónde me encontraba. Estaba en el centro de un enorme poblado repleto de actividad. Me fijé en las chozas de alrededor y todas tenían la entrada mirando a la choza de donde había salido; era la choza de reuniones. Todos pararon a mirarme apenas unos segundos para continuar con lo que hacían. En esto, un alboroto llamó mi atención; hacia mí se dirigía un corpulento negro cargado de abalorios tribales, plumas y huesos, con una mirada severa y feroz. Su imponente apariencia consiguió intimidarme. Más tarde supe que se trataba del jefe de la aldea, que acompañado por todo un séquito de guerreros, por señas me invitó a que le acompañara. Cuando pronunció “Naroha” me faltó poco tiempo para correr en la dirección que me indicaba.
Llegamos a la puerta de una gran choza de menor tamaño que en la que había estado, pero que se diferenciaba claramente de las demás; era evidente de que se trataba de la choza del jefe. Llamó a Naroha y apareció mi hermosa cuidadora. Mi corazón dio un vuelco ante su presencia. Reparé en que era mucho más hermosa de lo que había retenido mi febril visión. Ella me miraba fijamente a los ojos… ¿he dicho ojos? No… los suyos eran dos esmeraldas, unos hermosos ojos de un color verde cristalino, una mirada tan intensa que cualquier hombre podría perderse en ella…
- Nuestro amigo detuvo su narración de nuevo. Sabía perfectamente cuándo era el momento adecuado. Su vaso vacío fue llenado al momento, y después de mojarse los labios, continuó ante la expectación de todos nosotros –
El Jefe -así me referiré a él, pues tenia un nombre que nunca he acertado a pronunciar- le dijo algo y ella, sin apartar su mirada de mí afirmó con la cabeza. Él sonrió y le ordenó entrar dentro de la choza. Ésa afirmación, como supe mucho tiempo después, significó que la hija del jefe me había elegido como marido y acababa de empezar el ritual que se llevaría a cabo hasta el día de la boda.
Empezaron por enseñarme un lenguaje que pronto entendí, pero apenas conseguí hacerme entender. Fue suficiente con lo que aprendí; me explicaron que pronto llegaría la boda y que por fin podría verla. Hacía ya casi un año desde mi llegada a la aldea y sólo la había visto fugazmente pasar a lo lejos. En ese tiempo me enseñaron a cazar, construí una choza y me empapé casi de todas las costumbres, aunque por las noches me despertaba bañado en sudor. Soñaba con Naroha, la deseaba, quería tenerla junto a mi, estrecharla entre mis brazos y hacerle el amor. Era un tormento adivinar su figura en la lejanía apenas unos segundos; como solían decir en la costa italiana, me había “pillado el rayo”; amor a primera vista.
Exactamente un año después de que me eligiera para ser su esposo, tuvo lugar la ceremonia de emparejamiento. Era el día más esperado de toda mi vida, por fin había llegado y la tendría entre mis brazos. En medio de la fiesta, entre cánticos y risas, la tomé de la mano y sigilosamente nos retiramos a la choza.
Por fin solos, mi corazón cantaba de alegría en cada latido. Su sonrisa me robaba el alma y el silencio se apoderó de nosotros; sobraban las palabras. Su mirada me retenía hechizado, lentamente me fui acercando a sus labios y con miedo de romper el hechizo, le besé suavemente hasta que la pasión nos desbordó. Febrilmente besaba sus ojos, sus mejillas, volvía a sus labios… tuve que parar, pues estábamos muy agitados y no quería estropear el momento. Sus ojos desprendían una luz que me cegaba. Nos tumbamos en el lecho, desnudándonos mutuamente, suavemente, y recreándome en sus curvas, fui deslizando de su cuerpo la poca ropa que llevaba. Me aparté y admiré su esbelta figura, su tersa y reluciente piel. Me acerqué a su cuello y aspiré su aromar. Ella me abrazaba firmemente y recorría mi cuerpo con sus manos. Deslicé mi boca hasta sus erectos pechos y su fuerte suspiro hizo que me recreara en ellos, jugando, mordiendo… lentamente fui bajando sin dejar rincón alguno de su piel sin haber besado…
(CONTINUA)



2 comentarios:
Otra vez continua!!, jajaja, mañana mas?
Si si si!!!! Sigueeeeeeee!!!! Siempre te quedas en lo mejor jajaja
Publicar un comentario en la entrada