Naroha Mayni y el Lobo de Mar (Parte 1)
Cuando decidí que era la hora de emprender mi viaje, mi primer y único destino desde el principio había sido Japón. No obstante, mientras esperaba en el puerto a embarcar, no pude más que oír a un viejo marinero relatar la historia que según él era la de su vida.
Quedé maravillado por su serenidad, por la pasión con las que pronunciaba sus palabras, por las pausas para aspirar, el humo de su vieja y gastada pipa, su voz, profunda y adormecedora como una grave melodía… hacía que me sumergiera en el relato y mi mente dibujara lo que estaba contando. Todo el mundo en la taberna había guardado silencio, pues no era la primera vez que Juan contaba una historia como aquella. Según me entere después, solía entrar una vez al mes en la taberna. Si le invitabas a un trago, contaba una de sus aventuras así hasta que, a base de ese noble caldo que es el vino, llegaba un punto en el que no podía decir palabra, se levantaba tambaleante y se marchaba con sus aventuras hasta el mes siguiente.
De esa noche quiero transcribir un trocito de una de sus aventuras. En parte es el culpable de que tomara el camino que elegí para llegar a Japón.
He de advertir a quien lea las siguientes líneas que ni por asomo podrán comparase ni al enriquecedor relato de su autor ni a la atmósfera de irrealidad que se respiraba en la taberna. No en vano, debo insistir que hagáis uso de vuestra imaginación y penséis en una vieja taberna a orillas del mar a media tarde, bañada por una calida semioscuridad alumbrada por velas centenarias, llena a rebosar de hombres que por unos minutos dejaran volar la imaginación para ser partícipes de una aventura en algún remoto confín del mundo….
La historia apasionada tiene un alto contenido erótico, pero como he dicho antes, nunca podré igualar -siquiera imitar- a quien lo relató.
He aquí sus palabras…
“Hace algún tiempo, cuando mi espalda estaba recta, mis músculos eran como el acero, mi barba era apenas una sombra en mi cara y mi mirada hacía ruborizar a las mujeres… - se oye una carcajada general y mi viejo marinero aprovecha para fumar de su pipa. Cuado todo el mundo calla, él continúa - …andaba sin apenas trabajo. El barco en el que estaba enrolado había sufrido daños importantes y tardaría meses en estar listo para hacerse a la mar. Por desgracia, casi no habíamos empezado el viaje cuando nos sorprendió una enorme tormenta que dañó el palo mayor. Me ví en un puerto del África septentrional con una paga que apenas me daría para vivir una semana. No habiendo ningún barco fondeado ni expectativas de la llegada de algún otro en un largo periodo de tiempo, y dado que me apremiaba la necesidad, me enrolé en una caravana de mercaderes como parte de la guardia. El trabajo era peligroso y mal pagado.
Después de una semana de viaje, contraje unas fiebres que no me permitieron seguir el viaje, y como buenos samaritanos, me dejaron a mi suerte en una aldea tribal.
–se escucha un murmullo de desaprobación entre los parroquianos, momento en el que el viejo marinero aprovecha para volver a llenar y encender su pipa. Reparo en que todos parecen hipnotizados e impacientes al igual que yo para que siga su relato. Después de un buen sorbo de vino, el viejo continúa –
…no sé cuánto tiempo estuve con altas fiebres y delirando, pero de vez en cuando abría los ojos y veía, de entre la niebla difusa que era mi vista, a un ángel de hermosos ojos esmeralda y carnosos labios carmesí que me susurraba una dulce melodía mientras una suave mano color ébano retiraba mi sudoroso pelo de la frente. Yo preguntaba ¿Quién…eres?, ¿Quién… donde… estoy? Y por respuesta solo escuchaba en un susurro “Naroha Mayni… Naroha Mayni….”
(CONTINUA)
Quedé maravillado por su serenidad, por la pasión con las que pronunciaba sus palabras, por las pausas para aspirar, el humo de su vieja y gastada pipa, su voz, profunda y adormecedora como una grave melodía… hacía que me sumergiera en el relato y mi mente dibujara lo que estaba contando. Todo el mundo en la taberna había guardado silencio, pues no era la primera vez que Juan contaba una historia como aquella. Según me entere después, solía entrar una vez al mes en la taberna. Si le invitabas a un trago, contaba una de sus aventuras así hasta que, a base de ese noble caldo que es el vino, llegaba un punto en el que no podía decir palabra, se levantaba tambaleante y se marchaba con sus aventuras hasta el mes siguiente.
De esa noche quiero transcribir un trocito de una de sus aventuras. En parte es el culpable de que tomara el camino que elegí para llegar a Japón.
He de advertir a quien lea las siguientes líneas que ni por asomo podrán comparase ni al enriquecedor relato de su autor ni a la atmósfera de irrealidad que se respiraba en la taberna. No en vano, debo insistir que hagáis uso de vuestra imaginación y penséis en una vieja taberna a orillas del mar a media tarde, bañada por una calida semioscuridad alumbrada por velas centenarias, llena a rebosar de hombres que por unos minutos dejaran volar la imaginación para ser partícipes de una aventura en algún remoto confín del mundo….
La historia apasionada tiene un alto contenido erótico, pero como he dicho antes, nunca podré igualar -siquiera imitar- a quien lo relató.
He aquí sus palabras…
“Hace algún tiempo, cuando mi espalda estaba recta, mis músculos eran como el acero, mi barba era apenas una sombra en mi cara y mi mirada hacía ruborizar a las mujeres… - se oye una carcajada general y mi viejo marinero aprovecha para fumar de su pipa. Cuado todo el mundo calla, él continúa - …andaba sin apenas trabajo. El barco en el que estaba enrolado había sufrido daños importantes y tardaría meses en estar listo para hacerse a la mar. Por desgracia, casi no habíamos empezado el viaje cuando nos sorprendió una enorme tormenta que dañó el palo mayor. Me ví en un puerto del África septentrional con una paga que apenas me daría para vivir una semana. No habiendo ningún barco fondeado ni expectativas de la llegada de algún otro en un largo periodo de tiempo, y dado que me apremiaba la necesidad, me enrolé en una caravana de mercaderes como parte de la guardia. El trabajo era peligroso y mal pagado.
Después de una semana de viaje, contraje unas fiebres que no me permitieron seguir el viaje, y como buenos samaritanos, me dejaron a mi suerte en una aldea tribal.
–se escucha un murmullo de desaprobación entre los parroquianos, momento en el que el viejo marinero aprovecha para volver a llenar y encender su pipa. Reparo en que todos parecen hipnotizados e impacientes al igual que yo para que siga su relato. Después de un buen sorbo de vino, el viejo continúa –
…no sé cuánto tiempo estuve con altas fiebres y delirando, pero de vez en cuando abría los ojos y veía, de entre la niebla difusa que era mi vista, a un ángel de hermosos ojos esmeralda y carnosos labios carmesí que me susurraba una dulce melodía mientras una suave mano color ébano retiraba mi sudoroso pelo de la frente. Yo preguntaba ¿Quién…eres?, ¿Quién… donde… estoy? Y por respuesta solo escuchaba en un susurro “Naroha Mayni… Naroha Mayni….”
(CONTINUA)



2 comentarios:
¡Que malo eres! continua...., pon ahora mismo la segunda parte!!!!, siempre nos dejas en lo mejor.
Apoyo totalmemte el mensaje de VerdesOjos (jejeje). Malo, maloso...^^
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