martes

Tropiezo en el camino

Hoy hace un mes que partí en busca de la aldea africana. Hace un mes que estoy postrado en un lecho curándome de las heridas; una vez llegado a puerto africano, me uní a una caravana de mercaderes y una semana después tuvimos un tropiezo en el camino que debo relatar, pues si no lo comparto, sospecho que me atormentara hasta el final de mis días.

He dado muerte a un ser humano… ha sido en mi propia defensa y a punto estuve de perder mi propia vida, pero al fin y al cabo he arrebatado la de otro. No puedo expresar cómo me siento; es un vacío, un agujero sin fondo, un resentimiento profundo en el alma… ¿hubiese sentido esta misma desazón mi oponente de haber sesgado mi vida? la naturaleza de los hombres es desconcertante, capaz de pasiones tan contrapuestas como el amor y como el odio, y de gestos tan incompatibles como la caricia y la violencia.

Hacía siete días que emprendíamos el viaje hacia el interior del continente cuando fuimos asaltados por una banda de ladrones. Fue una lucha salvaje. Gritos, sangre, llanto, y el afán de defender a mis acompañantes… cuánto de menos eché a Amkro y su firmeza en aquellos momentos. Él me cubría siempre las espaldas y tuve que prescindir de aquella ayuda.

En medio del asalto, un enorme negro se acercó a mi vociferando con un sable en la mano. Evité su primer mandoble, rodé sobre mí mismo mientras él erraba en cada acometida, y en uno de sus ataques cambié de táctica para sorprenderle; en lugar de rodar hacia el mismo lado como anteriormente, cambié de dirección y de un puntapié le arrebaté el sable. Esta circunstancia no le impidió sacar un puñal curvo, y con una sonrisa macabra se abalanzó sobre mí. Yo había enfundado mi arma y arrojado lejos la suya, pues no pensé que fuese necesaria. Tuve que correr y tomar de nuevo el sable que había perdido mi contrincante, pero ya era tarde; un calor intenso, seguido de un dolor agudo en el costado, me indicó que había acertado en su ultimo golpe. A duras penas, haciendo acopio de toda la fuerza que me quedaba, me revolví y hundí el sable en su pecho. Su mirada feroz cambio a estupefacción, abría y cerraba la boca sin pronunciar palabra. El peso de su cuerpo fue venciéndome y caí al suelo. Después de eso mi vista comenzó a nublarse y después perdí el conocimiento.

Desperté dolorido. Estaba en una choza oscura y limpia, bien ventilada. Antes de salir al exterior, permanecí escuchando. El lenguaje me resultó extraño, no me era familiar. Entró alguien a la choza, con comida y agua fresca. Pregunté dónde estaba, pero la anciana sólo dijo una palabra y supe entonces que había llegado a mi destino… “Mayni”.

Había encontrado la aldea.