viernes

El correo del Mercader



Cuando reanudé mi viaje desde la aldea africana, no pude haber elegido mejor momento; me uní a una caravana de mercaderes árabes y en ella encontré a un personaje interesante, con más cultura de la que cabría esperar en aquel entorno y que me sorprendió gratamente: el Jeque Ali Hadi khalil, que significa “el que guía por buen camino”.

Sus nobles modales, sus inquietudes y su especial interés por aprender y escuchar, permitió que durante el camino pudiésemos mantener largas conversaciones. Me hizo su huésped y me contó las costumbres de su país así como parte de su vida. Seguía sorprendiéndome su generosidad y hospitalidad para conmigo, y el contraste con la dureza y agresividad con la que trataba a sus sirvientes. Dado su interés, cumplí su petición de narrarle mi historia, al principio vagamente, pero después, viendo el brillo de sus ojos y comprobando que le daba crédito absoluto, le hablé en confianza. Una de las noches en que paramos a descansar a la luz de la luna y junto a un cálido fuego, le relaté todo lo acontecido hasta el momento en el que me encontraba. Al terminar mi relato un cúmulo de sentimientos hizo enmudecer mi garganta y mi mente divagó hacia mi amigo Amkro y su familia. Al verme en aquel estado de conmoción, el jeque quiso saber qué era lo que había entristecido mi corazón y que se reflejaba en mi rostro con tal transparencia. Le dije que hacía mucho tiempo que no recibía noticias de mis amigos y le hablé de mi profundo deseo de comunicarme con ellos. En esto, me observó fijamente y me dijo que aquello era posible; todos los mercaderes tenían un sistema de correo para estar al tanto de todos sus negocios y de esa manera poder atenderlos incluso durante sus largos viajes. Amablemente me ofreció la posibilidad de utilizar aquel sistema.

No podía creer en mi suerte y me dispuse a escribir una carta a mis amigos, relatándoles los pormenores de mi viaje y pidiéndoles que devolviesen unas líneas junto con el emisario que les había llevado mi carta. Semanas después, y como por arte de magia, antes de llegar a las tierras del Jeque, recibí de su mano aquellas ansiadas noticias de los amigos a los que hacia tanto tiempo no veía. El jeque, comprendiendo mi necesidad, propuso un descanso que todo el mundo agradeció aunque nadie del modo en el que yo lo hice.

Me dispuse a leer:

“Querido amigo:

Has llenado de alegría nuestros corazones. No sé como lo has hecho, pero me alegro por ello. He leído tu carta varias veces en voz alta para que toda la familia compartiera tus palabras, y nos alegramos de que tu pequeño percance con esos maleantes no resultara tan grave como para haberte perdido. Es un alivio saber que después de recuperarte continúas tu aventura.

Ahora te contare, amigo mió, que estamos todos bien. Te echo tanto de menos… sé que tú siempre has intentado pasar inadvertido, que te ha gustado permanecer entre las sombras observando, pero aunque te cueste creerlo, jamás podrás pasar inadvertido para la gente que te quiere. Shara te manda mil besos y pregunta cuándo volverás; está loca de alegría y me pide una y otra vez que lea tu carta, e incluso me ha pedido que permita que ella la guarde.

Turawet se ha enfadado mucho cuando he leído la parte en la que fuiste herido, y te pide que reconsideres el volver y establecerte con nosotros. Dice que no vendría mal otro maestro en el pueblo, pero yo la he dicho que tú eres un alma libre en busca de algo, y que seguirás errante hasta encontrarlo. No obstante, te desea lo mejor, aunque sus últimas palabras son para insistir en que dejes de vagar por el mundo y regreses con tu familia.

Tengo que darte una buena nueva; aún no he terminado de asumirlo: ¡voy a ser padre de nuevo! Cómo me gustaría compartir mi alegría contigo, pero comprendo tus inquietudes… a veces añoro el polvo del camino, dormir a cielo abierto, el contemplar las estrellas junto a un fuego tras el largo viaje, la aventura, la adrenalina ante la sensación de peligro, tu compañía silenciosa… Luego miro a mi alrededor y veo cuán afortunado soy con todo lo que tengo aquí. No lo cambiaría por nada del mundo, y se que tú comprendes el motivo por el que no me marché.

Racsol de Tulohan, cuídate mucho, y agradece en nuestro nombre a tu amigo el Jeque esta oportunidad de conocer noticias tuyas y el poder mandarte las nuestras. Sé prudente y vuelve… no dejes que nada malo te ocurra, vive tu aventura, encuentra aquello que hayas salido a buscar –sea lo que sea-, pero ante todo y sobre todo, vuelve.

Tu amigo Amkro.”

Leí la carta mil veces. Era algo inaudito que unas cuantas líneas en un trozo de papel hicieran aflorar tantos sentimientos…. una mano en mi hombro hizo que volviese a la realidad. El Jeque me preguntó si estaba bien, y me comunicó que era hora de continuar nuestro viaje