viernes

El hijo de la Princesa.


Aun recuerdo aquellos días. Son tan lejanos, ha pasado tanto tiempo… pero siguen en mi memoria como si fuera ayer. Aún no se habían curado completamente de mis heridas cuando un acontecimiento sin precedentes me ocurrió. Jamás podría imaginar que yo mismo, sin saberlo, fuese un día a ser fiel testigo de una leyenda o un cuento.

Cuando ya me encontraba mejor y mis heridas me permitieron incorporarme del lecho, fui visitado en la cabaña por el jefe de la aldea, un hombre fuerte y robusto de unos cuarenta años de edad. Para mi sorpresa, pude entender lo que me decía, no nítidamente pero sí lo suficiente como para comunicarnos. Se preocupó por mi salud y por si tenía todo lo que necesitaba. Fue cortés y preciso, y cuando comprobó que todo estaba en orden, se marchó como había venido.

Una semana después, -aproximadamente, pues aunque recuerdo eventos, personas y lugares con absoluta claridad, en mi memoria vuestra noción del tiempo queda en ocasiones distorsionada-, ya suficientemente recuperado, empecé a dar mis primeros pasos. Era algo increíble el volver a caminar, aunque fuera ayudado por un bastón. Ese día, un pequeño me tomó de la mano y por señas me invitó a seguirle. Despacio y sin anticiparse, me llevó hacia la sombra de un gran árbol que había en el extremo de la aldea. Sentado en un tronco, estaba el jefe. Al principio algo me resultó extraño; no comprendía qué, pero algo inusual había en ese personaje, no sólo exótico como todo en vuestro mundo me resultaba. Con un ademán, me indicó que me sentara frente a él. Estaba atando una especie de tambor, y cuando terminó, con una sonrisa se lo entregó al muchacho. Después se volvió y fijó en mí su mirada. No podía creer lo que veían mis ojos. En aquel momento algo se iluminó en mi mente y comprendí todo: ya sabía qué era lo extraño que había visto; el color de su piel era más claro que el de su tribu, y ahora unos profundos e intensos ojos verdes me observaban elocuentemente.

Había conseguido más de lo que imaginaba, mucho más de lo que me proponía cuando elegí guiar mi empeño en encontrar la aldea; había encontrado otra parte de una historia cuya certeza no tuve en un principio y que sin embargo puedo corroborar ahora.

El Jefe de la aldea era ni más ni menos que el hijo del Lobo de mar y de Naroha, el que nuestro viejo marinero creyó perder junto con su amada madre. Pero no fue así. El padre de Naroha, anticipándose al tiempo y sabiendo que sin Naroha el lobo de mar se marcharía junto a su hijo, le hizo creer que éste había fallecido junto con su madre. Ese niño había nacido de una princesa Africana y su destino era gobernar la aldea.

Un mes después, recuperado por completo, me despedí afectuosamente de aquellas gentes. Nunca revelé a nadie de la aldea mi conocimiento de la otra parte de la historia. No hubiese tenido sentido; las cosas sucedieron hacía mucho tiempo y mi papel en vuestro mundo no debía ser otro que el de mero observador, interviniendo lo menos posible en el devenir de vuestras vidas y siendo solamente partícipe cuando mi propia existencia estuviese en peligro, como ocurrió en las circunstancias que me condujeron a aquella tribu.

Me puse de nuevo en camino, y mi mente vagó hacia otro nuevo lugar….

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Que fuerte!!! Que esta vivo el hijo!!! si se man puesto hasta los pelos de punta!!! Y ahora k va a pasar??? Cuenta cuenta cuenta jajaja -Ainos-

Malevola dijo...

Vamos, que yo hace tiempo que me he puesto al dia, pero tu no.