Los ojos de la verdad
Desde que inicié mi viaje junto al la caravana de mercaderes y fui acogido bajo la protección del jeque, había algo que me incomodaba, una sensación extraña de explicar; alguien me observaba constantemente. El problema no era aquella presencia inexplicable, sino la sensación incómoda que me embargaba y cuyo motivo desconocía. Sentía constantemente la mirada de uno de los guardias del jeque, y cuando nuestras miradas se cruzaban, la suya me turbaba y lograba que rápidamente mirara hacia otro lado.
Al principio intenté ignorarlo, pero mi curiosidad pudo más que mi prudencia y una noche, cuando nos dispusimos a tomar el merecido descanso después de una larga jornada, le pregunté al Jeque si me había hecho vigilar. Él, sorprendido, dijo que no había sido así, y se interesó por mi pregunta. Después le relaté lo que había observado. El jeque asintió con la cabeza y sosegadamente me dijo que faltaban dos jornadas de viaje para llegar a su casa, que no me preocupara y una vez allí, mis dudas se aclararían.
Dos días habían pasado cuando a lo lejos divisamos un hermoso paraje lleno de vida, donde en una pequeña loma un sencillo palacete se alzaba protegiendo a las demás casas de la aldea. Se formó una gran algarabía a nuestro alrededor y todo el mundo saludaba con alegría y entusiasmo. Esa noche se celebraría el regreso de la caravana.
Estaba impaciente por que terminara la cena. Sabía que el jeque saciaría mis dudas, pero que se tomaría su tiempo. Sabía perfectamente lo inquieto e impaciente que estaba. Sólo quedábamos el jeque y yo, cuando éste se levantó y apagó casi todas las antorchas de la estancia, prácticamente toda la luz que quedaba procedía del cálido fuego que había encendido. Me miró y me contó la razón por la cual me incomodaba la mirada del guardia; aquel guardia no era tal, sino su hija Amira Nadiya (que significa Princesa Viva, animada, bonita, atrayente) Dicho esto, la llamó y ante mi apareció una hermosa joven que besó la frente de su padre y que me saludó con una sonrisa. Dijo que llevaba todo el viaje deseando hablar conmigo, pero que no lo había hecho por orden de su padre y para no desvelar su auténtica identidad. Como buen observador, me había dado cuenta de que algo no era lo que parecía.
Ahora lo entendía casi todo, pero no el porqué de su disfraz. No obstante, no tardé en salir de dudas; Amira era la única hija del jeque. No tenía hijos varones, por lo que el negocio pasaría a las manos del marido de su única hija, pero ésta no estaba dispuesta a dejar que nadie llevara los negocios que un día heredaría de su padre. Logró convencerle de que le enseñara las rutas y le presentara a los comerciantes con los que trataba para hacerse cargo del negocio desde las sombras y sutilmente aconsejar a su futuro marido.
Después de contestar a mil preguntas y saciar la curiosidad de la hermosa joven, ésta se retiro y el jeque y yo compartimos el silencio, pues no había más que decir. Sólo mirábamos el fuego y escuchábamos la música del silencio nocturno. Poco después me retiré para descansar. Puesto que no conocía el palacete, me perdí y vagué de una instancia a otra hasta que escuché susurros en una de las estancias. Me acerque hacia el sonido para pedir que me ayudaran a encontrar mis dependencias cuando mi instinto me indicó que me convenía callar, y sigilosamente me acerqué a la puerta entreabierta. Había dos mujeres conversando, pero no podía oír lo que decían claramente, de modo que entré en los aposentos y furtivamente me coloqué tras de un biombo. Oculto en las sombras podía ver la escena que se presentaba ante mi: la Hermosa Amira y otra mujer tan hermosa como ella. Me dispuse a observar, expectante, conteniendo la respiración…….
Al principio intenté ignorarlo, pero mi curiosidad pudo más que mi prudencia y una noche, cuando nos dispusimos a tomar el merecido descanso después de una larga jornada, le pregunté al Jeque si me había hecho vigilar. Él, sorprendido, dijo que no había sido así, y se interesó por mi pregunta. Después le relaté lo que había observado. El jeque asintió con la cabeza y sosegadamente me dijo que faltaban dos jornadas de viaje para llegar a su casa, que no me preocupara y una vez allí, mis dudas se aclararían.
Dos días habían pasado cuando a lo lejos divisamos un hermoso paraje lleno de vida, donde en una pequeña loma un sencillo palacete se alzaba protegiendo a las demás casas de la aldea. Se formó una gran algarabía a nuestro alrededor y todo el mundo saludaba con alegría y entusiasmo. Esa noche se celebraría el regreso de la caravana.
Estaba impaciente por que terminara la cena. Sabía que el jeque saciaría mis dudas, pero que se tomaría su tiempo. Sabía perfectamente lo inquieto e impaciente que estaba. Sólo quedábamos el jeque y yo, cuando éste se levantó y apagó casi todas las antorchas de la estancia, prácticamente toda la luz que quedaba procedía del cálido fuego que había encendido. Me miró y me contó la razón por la cual me incomodaba la mirada del guardia; aquel guardia no era tal, sino su hija Amira Nadiya (que significa Princesa Viva, animada, bonita, atrayente) Dicho esto, la llamó y ante mi apareció una hermosa joven que besó la frente de su padre y que me saludó con una sonrisa. Dijo que llevaba todo el viaje deseando hablar conmigo, pero que no lo había hecho por orden de su padre y para no desvelar su auténtica identidad. Como buen observador, me había dado cuenta de que algo no era lo que parecía.
Ahora lo entendía casi todo, pero no el porqué de su disfraz. No obstante, no tardé en salir de dudas; Amira era la única hija del jeque. No tenía hijos varones, por lo que el negocio pasaría a las manos del marido de su única hija, pero ésta no estaba dispuesta a dejar que nadie llevara los negocios que un día heredaría de su padre. Logró convencerle de que le enseñara las rutas y le presentara a los comerciantes con los que trataba para hacerse cargo del negocio desde las sombras y sutilmente aconsejar a su futuro marido.
Después de contestar a mil preguntas y saciar la curiosidad de la hermosa joven, ésta se retiro y el jeque y yo compartimos el silencio, pues no había más que decir. Sólo mirábamos el fuego y escuchábamos la música del silencio nocturno. Poco después me retiré para descansar. Puesto que no conocía el palacete, me perdí y vagué de una instancia a otra hasta que escuché susurros en una de las estancias. Me acerque hacia el sonido para pedir que me ayudaran a encontrar mis dependencias cuando mi instinto me indicó que me convenía callar, y sigilosamente me acerqué a la puerta entreabierta. Había dos mujeres conversando, pero no podía oír lo que decían claramente, de modo que entré en los aposentos y furtivamente me coloqué tras de un biombo. Oculto en las sombras podía ver la escena que se presentaba ante mi: la Hermosa Amira y otra mujer tan hermosa como ella. Me dispuse a observar, expectante, conteniendo la respiración…….



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