domingo

La Reina de los Lobos



Tenía intención de partir de inmediato una vez me hubiese repuesto de tan largo viaje, pero a petición del jeque y de su amable ofrecimiento decidí permanecer un tiempo para conocer a sus gentes y sus costumbres.

En la casa del jeque era habitual después de la cena escuchar historias y cuentos. Nunca había visto tal costumbre y me interesaba conocer toda leyenda. Quiero relatar una de esas historias, contada por Amira, la cual me sorprendió con su relato pues no imaginé que tuviera tal don de la palabra en su narración. Hacia ya dos semanas del regreso del jeque hasta ese día, y habíamos permanecido en la intimidad sin ofrecer ninguna fiesta ni comida. Esa noche el jeque organizó una cena para sus amigos más allegados, y una vez terminada, cuando todo el mundo estaba relajado después de dar cuenta de la comida aderezada con el buen vino, le pidió cariñosamente a su hija que nos deleitara con una historia. Ésta le preguntó si tenía alguna preferencia, y el jeque respondió que sólo necesitaba que existiera pasión en ella.

Amira se dispuso contar su relato:

Hace tiempo, cuando tenia quince años, mi niñera me contó una bella historia que le contó a su vez su niñera a sus quince años, que a su vez le contó… bueno, sólo deciros que esta historia se remonta mucho tiempo atrás, que ha pasado de mujer a mujer durante muchas generaciones. Ocurrió en un país lejano de grandes montañas y extensos y fértiles valles… En la cumbre de una de aquellas montañas, en un hermoso palacio dirigía su reino Ali Yusuf (que significa el Muy alto y noble José) junto a su hermosa esposa Dunya (que significa mundo).

Era su vida plácida, y su reino inexpugnable; sólo había un paso por donde acceder a él y estaba fuertemente vigilado, siendo casi imposible que ejército alguno pudiera coronar las altas cumbres que lo rodeaban. La reina tenia un don con los animales y solía pasear por el bosque acompañada de sus cinco mascotas, todas peculiares, pues eran cinco hermosos lobos blancos -fieros como el que más aunque que al lado de la reina Dunya se comportaban como cachorros-, motivo por el cual las gentes de lugar la llamaban “La reina de los Lobos”.

Un día llegó a oídos de la reina la llegada a la aldea de un juglar. Entusiasmada, habló con el rey y le pidió preparar un banquete en el que el juglar amenizase la velada. El rey aceptó de inmediato y dio orden de prepararlo todo. Tres noches después, mientras tomaban una suculenta comida, hicieron pasar al juglar Maymum Malik (que significa Afortunado Ángel) que cantó y recitó poesía durante toda la velada para gozo de la reina, que se mostraba encantada. Lo más curioso de Malik era que mientras lo hacía, tenia posada en su hombro una paloma. La Reina, una vez terminada la cena y ya habiéndose retirado los invitados, le hizo llamar aparte y le preguntó por el ave; Malik le contestó que era una paloma mensajera, que servía para hacer llegar mensajes de un sitio a otro, y le prometió que se lo mostraría enviado un mensaje en muestra de agradecimiento por su generosidad de aquella noche.

A los dos días llego a la ventana de los aposentos de la reina la paloma de Malik, y en una de sus patas transportaba un rollito de pergamino atado con un lazo. La reina, con una sonrisa, lo abrió y leyó las palabras escritas:

-Majestad, si no fuerais reina os confesaría que el fulgor de vuestra mirada me cautivó desde el instante en el que os vi. Si no fuerais reina, Majestad.-

La reina, complacida por el halago, respondió:

.-Malik, si no fuera reina os diría que me sentí hechizada por vuestra voz. Si no fuera Reina.-


A partir de aquel día, la paloma traía y llevaba mensajes a diario. Se trató de un juego inocente en un principio, pero poco a poco, Malik se volvió más osado y la reina descuidada; el amor surgió de aquellos mensajes y la reina padeció el conflicto de los sentimientos encontrados y el alma alborotada, pues amaba al rey -su esposo-, pero también amaba a Malik. El rey percibió algo extraño en la reina, y no sabiendo qué le ocurría, la agasajaba con regalos y la colmaba de detalles. Ella le amaba pero su corazón estaba hechizado por las palabras del juglar y no había día que no esperara con ansia su mensaje.

El rey hizo traer de un país lejano un hermoso corcel Andaluz, negro como la noche; sabía que a la reina le encantaría, y juntos salieron a trotar. La reina se sintió como hacia mucho que no se sentía, y rodeaba con los brazos el torso de su marido cerrando los ojos, y con el cabello al viento dejaba apoyada su cabeza en la espalda del rey durante todo el día, vigilados de cerca por los guardianes de la reina; sus cinco lobos.

Esto hizo recapacitar a la reina, pues confirmo que continuaba amando a su esposo; comprendió que él era su vida, que su amor le pertenecía aún. No entendía porqué también creía amar a ese desconocido que había sabido con sus palabras llegar hasta su corazón. Decidió escribirle:

Maymum Malik, mi corazón esta divido en dos, pues amo a dos hombres a la vez y no encuentro explicación alguna para este hecho. Pero es así; tú me has dado nuevas fuerzas y has hecho que mi cuerpo y mi mente lloren de alegría. También has conseguido que mi alma este en constante lucha con mi razón. Quiero que sepas, juglar mío, que te amo, que si mi corazón no tuviese ya dueño, escaparía contigo a recorrer el mundo, que cuidaría de nosotros durante el resto de nuestras cortas vidas… pero te digo, amor mío, que eso no es posible; aunque te ame, mi corazón pertenece a mi esposo, pues a él he amado siempre. Él sabe curar mi corazón cuando está triste, él sabe hacerme sonreír cuando la sonrisa no acude a mis labios cada mañana… él, silencioso y paciente, sabe que mi corazón esta partido en dos. Me conoce y espera desde el silencio. Me ha dado todavía más si cabe de lo que tengo. Te pido que si me amas, dejes de atormentarme; no me llenes con palabras de amor, no mandes más a tu bella paloma con mensaje alguno, sal de mi reino y de mi corazón y no vuelvas nunca.

Malik, al leer estas palabras, comprendió y demostró cuánto la amaba; sabía que era una batalla perdida, pues ella había escogido y a él le correspondía ofrecerle una paz interior que consistía en su propio silencio y en la distancia. Con su laúd se puso de nuevo en camino y de su corazón surgió una tierna balada… a la Reina de los Lobos.


Amira enmudeció. Todos nos quedamos en silencio, pensando en la extraordinaria historia que acabábamos de escuchar. Yo seguía maravillándome con las contradicciones y los conflictos de las emociones y los sentimientos humanos. Aquella noche tuve mucho en lo que reflexionar. Comprendí que hay amores que sólo se consuman en las derrotas, y que en ocasiones, el más grande sacrificio que alguien puede ofrecer en su nombre, es el de la renuncia.

Amar es Amar



Agazapado bajo la sombra del biombo, conteniendo la respiración, miraba y memorizaba todo cuanto sucedía. Las dos jóvenes, una frente a la otra, se miraban fijamente. Los susurros habían cesado y los ojos eran los únicos que hablaban. Sus respiraciones acompasadas, la suave brisa que acariciaba sus cuerpos semidesnudos y el movimiento ligero de sus cabellos conformaban un momento mágico, y a partir de aquel instante, todo lo que aconteció en aquella habitación se quedó grabado en mi memoria.

Lentamente, y como si fueran una sola, sin dejar de hablarse con la mirada, se aproximaron hasta que sus labios se unieron en un tímido beso. Amira, con una delicadeza que nunca había observado bajo su disfraz de escolta, tomó la cara de su amante entre sus manos y, despacio y con gran ternura, llenó de besos su rostro. Después, agarradas de la mano, se acercaron hasta el lecho donde una vez más tomó la iniciativa, tumbó a Aaminah (que significa Dama de paz y armonía) y lentamente desnudó su cuerpo, recorriendo con la punta de las yemas cada rincón de su tersa piel mientras disfrutaba del momento con los ojos cerrados y sus respiraciones acompasadas a un mismo ritmo. Se fundieron en un abrazo apasionado y comenzaron a llover los besos, esta vez sin control. Había vencido la pasión y el deseo de fundirse en una sola persona. Poco a poco, Amira volvió a tomar las riendas. Durante un respiro, observó los ojos de su amante. Esas miradas, la pasión, el amor, el instante… después acercó su rostro al cuerpo de Aaminah y con los ojos cerrados aspiró su aroma, jugó con su boca mordisqueando los pezones de su amante, arrancándola suspiros de placer. Sus manos acariciaban la piel de Aaminah y después, sin dejar de besar ni un milímetro, se dispuso a darle lo que ansiaba, hundiendo su rostro entre sus piernas y bebiendo del néctar que le brindaba. Jugaron hasta que la tempestad del clímax dejó paso a la serenidad y a la calma. Se volvieron a fundir en un apasionado beso, ahora iniciativa de Aaminah, que complaciente devolvía todo el amor y el placer que había recibido.

Me retiré después de verlas entrelazar sus cuerpos en un tierno abrazo y dejarse llevar por el sueño. Ya no me importaba el no haber encontrado mis aposentos, pues había visto con mis propios ojos amarse a dos personas, siendo testigo de su pasión. Comprobé que nada tenia de particular que se tratase de dos mujeres, pues lo que yo observé en esa noche mágica fue a dos seres humanos regalándose el uno al otro, sin condiciones, con la inocencia y la sinceridad que brinda el amor. No hicieron falta palabras, no fueron necesarias las explicaciones sino la entrega absoluta al amor. Fascinado nuevamente en mi exploración de vuestro mundo, comprendí que amar, lejos de todos los convencionalismos, sólo puede significar eso: amar.

sábado

Los ojos de la verdad



Desde que inicié mi viaje junto al la caravana de mercaderes y fui acogido bajo la protección del jeque, había algo que me incomodaba, una sensación extraña de explicar; alguien me observaba constantemente. El problema no era aquella presencia inexplicable, sino la sensación incómoda que me embargaba y cuyo motivo desconocía. Sentía constantemente la mirada de uno de los guardias del jeque, y cuando nuestras miradas se cruzaban, la suya me turbaba y lograba que rápidamente mirara hacia otro lado.

Al principio intenté ignorarlo, pero mi curiosidad pudo más que mi prudencia y una noche, cuando nos dispusimos a tomar el merecido descanso después de una larga jornada, le pregunté al Jeque si me había hecho vigilar. Él, sorprendido, dijo que no había sido así, y se interesó por mi pregunta. Después le relaté lo que había observado. El jeque asintió con la cabeza y sosegadamente me dijo que faltaban dos jornadas de viaje para llegar a su casa, que no me preocupara y una vez allí, mis dudas se aclararían.

Dos días habían pasado cuando a lo lejos divisamos un hermoso paraje lleno de vida, donde en una pequeña loma un sencillo palacete se alzaba protegiendo a las demás casas de la aldea. Se formó una gran algarabía a nuestro alrededor y todo el mundo saludaba con alegría y entusiasmo. Esa noche se celebraría el regreso de la caravana.

Estaba impaciente por que terminara la cena. Sabía que el jeque saciaría mis dudas, pero que se tomaría su tiempo. Sabía perfectamente lo inquieto e impaciente que estaba. Sólo quedábamos el jeque y yo, cuando éste se levantó y apagó casi todas las antorchas de la estancia, prácticamente toda la luz que quedaba procedía del cálido fuego que había encendido. Me miró y me contó la razón por la cual me incomodaba la mirada del guardia; aquel guardia no era tal, sino su hija Amira Nadiya (que significa Princesa Viva, animada, bonita, atrayente) Dicho esto, la llamó y ante mi apareció una hermosa joven que besó la frente de su padre y que me saludó con una sonrisa. Dijo que llevaba todo el viaje deseando hablar conmigo, pero que no lo había hecho por orden de su padre y para no desvelar su auténtica identidad. Como buen observador, me había dado cuenta de que algo no era lo que parecía.

Ahora lo entendía casi todo, pero no el porqué de su disfraz. No obstante, no tardé en salir de dudas; Amira era la única hija del jeque. No tenía hijos varones, por lo que el negocio pasaría a las manos del marido de su única hija, pero ésta no estaba dispuesta a dejar que nadie llevara los negocios que un día heredaría de su padre. Logró convencerle de que le enseñara las rutas y le presentara a los comerciantes con los que trataba para hacerse cargo del negocio desde las sombras y sutilmente aconsejar a su futuro marido.

Después de contestar a mil preguntas y saciar la curiosidad de la hermosa joven, ésta se retiro y el jeque y yo compartimos el silencio, pues no había más que decir. Sólo mirábamos el fuego y escuchábamos la música del silencio nocturno. Poco después me retiré para descansar. Puesto que no conocía el palacete, me perdí y vagué de una instancia a otra hasta que escuché susurros en una de las estancias. Me acerque hacia el sonido para pedir que me ayudaran a encontrar mis dependencias cuando mi instinto me indicó que me convenía callar, y sigilosamente me acerqué a la puerta entreabierta. Había dos mujeres conversando, pero no podía oír lo que decían claramente, de modo que entré en los aposentos y furtivamente me coloqué tras de un biombo. Oculto en las sombras podía ver la escena que se presentaba ante mi: la Hermosa Amira y otra mujer tan hermosa como ella. Me dispuse a observar, expectante, conteniendo la respiración…….

viernes

El correo del Mercader



Cuando reanudé mi viaje desde la aldea africana, no pude haber elegido mejor momento; me uní a una caravana de mercaderes árabes y en ella encontré a un personaje interesante, con más cultura de la que cabría esperar en aquel entorno y que me sorprendió gratamente: el Jeque Ali Hadi khalil, que significa “el que guía por buen camino”.

Sus nobles modales, sus inquietudes y su especial interés por aprender y escuchar, permitió que durante el camino pudiésemos mantener largas conversaciones. Me hizo su huésped y me contó las costumbres de su país así como parte de su vida. Seguía sorprendiéndome su generosidad y hospitalidad para conmigo, y el contraste con la dureza y agresividad con la que trataba a sus sirvientes. Dado su interés, cumplí su petición de narrarle mi historia, al principio vagamente, pero después, viendo el brillo de sus ojos y comprobando que le daba crédito absoluto, le hablé en confianza. Una de las noches en que paramos a descansar a la luz de la luna y junto a un cálido fuego, le relaté todo lo acontecido hasta el momento en el que me encontraba. Al terminar mi relato un cúmulo de sentimientos hizo enmudecer mi garganta y mi mente divagó hacia mi amigo Amkro y su familia. Al verme en aquel estado de conmoción, el jeque quiso saber qué era lo que había entristecido mi corazón y que se reflejaba en mi rostro con tal transparencia. Le dije que hacía mucho tiempo que no recibía noticias de mis amigos y le hablé de mi profundo deseo de comunicarme con ellos. En esto, me observó fijamente y me dijo que aquello era posible; todos los mercaderes tenían un sistema de correo para estar al tanto de todos sus negocios y de esa manera poder atenderlos incluso durante sus largos viajes. Amablemente me ofreció la posibilidad de utilizar aquel sistema.

No podía creer en mi suerte y me dispuse a escribir una carta a mis amigos, relatándoles los pormenores de mi viaje y pidiéndoles que devolviesen unas líneas junto con el emisario que les había llevado mi carta. Semanas después, y como por arte de magia, antes de llegar a las tierras del Jeque, recibí de su mano aquellas ansiadas noticias de los amigos a los que hacia tanto tiempo no veía. El jeque, comprendiendo mi necesidad, propuso un descanso que todo el mundo agradeció aunque nadie del modo en el que yo lo hice.

Me dispuse a leer:

“Querido amigo:

Has llenado de alegría nuestros corazones. No sé como lo has hecho, pero me alegro por ello. He leído tu carta varias veces en voz alta para que toda la familia compartiera tus palabras, y nos alegramos de que tu pequeño percance con esos maleantes no resultara tan grave como para haberte perdido. Es un alivio saber que después de recuperarte continúas tu aventura.

Ahora te contare, amigo mió, que estamos todos bien. Te echo tanto de menos… sé que tú siempre has intentado pasar inadvertido, que te ha gustado permanecer entre las sombras observando, pero aunque te cueste creerlo, jamás podrás pasar inadvertido para la gente que te quiere. Shara te manda mil besos y pregunta cuándo volverás; está loca de alegría y me pide una y otra vez que lea tu carta, e incluso me ha pedido que permita que ella la guarde.

Turawet se ha enfadado mucho cuando he leído la parte en la que fuiste herido, y te pide que reconsideres el volver y establecerte con nosotros. Dice que no vendría mal otro maestro en el pueblo, pero yo la he dicho que tú eres un alma libre en busca de algo, y que seguirás errante hasta encontrarlo. No obstante, te desea lo mejor, aunque sus últimas palabras son para insistir en que dejes de vagar por el mundo y regreses con tu familia.

Tengo que darte una buena nueva; aún no he terminado de asumirlo: ¡voy a ser padre de nuevo! Cómo me gustaría compartir mi alegría contigo, pero comprendo tus inquietudes… a veces añoro el polvo del camino, dormir a cielo abierto, el contemplar las estrellas junto a un fuego tras el largo viaje, la aventura, la adrenalina ante la sensación de peligro, tu compañía silenciosa… Luego miro a mi alrededor y veo cuán afortunado soy con todo lo que tengo aquí. No lo cambiaría por nada del mundo, y se que tú comprendes el motivo por el que no me marché.

Racsol de Tulohan, cuídate mucho, y agradece en nuestro nombre a tu amigo el Jeque esta oportunidad de conocer noticias tuyas y el poder mandarte las nuestras. Sé prudente y vuelve… no dejes que nada malo te ocurra, vive tu aventura, encuentra aquello que hayas salido a buscar –sea lo que sea-, pero ante todo y sobre todo, vuelve.

Tu amigo Amkro.”

Leí la carta mil veces. Era algo inaudito que unas cuantas líneas en un trozo de papel hicieran aflorar tantos sentimientos…. una mano en mi hombro hizo que volviese a la realidad. El Jeque me preguntó si estaba bien, y me comunicó que era hora de continuar nuestro viaje

El hijo de la Princesa.


Aun recuerdo aquellos días. Son tan lejanos, ha pasado tanto tiempo… pero siguen en mi memoria como si fuera ayer. Aún no se habían curado completamente de mis heridas cuando un acontecimiento sin precedentes me ocurrió. Jamás podría imaginar que yo mismo, sin saberlo, fuese un día a ser fiel testigo de una leyenda o un cuento.

Cuando ya me encontraba mejor y mis heridas me permitieron incorporarme del lecho, fui visitado en la cabaña por el jefe de la aldea, un hombre fuerte y robusto de unos cuarenta años de edad. Para mi sorpresa, pude entender lo que me decía, no nítidamente pero sí lo suficiente como para comunicarnos. Se preocupó por mi salud y por si tenía todo lo que necesitaba. Fue cortés y preciso, y cuando comprobó que todo estaba en orden, se marchó como había venido.

Una semana después, -aproximadamente, pues aunque recuerdo eventos, personas y lugares con absoluta claridad, en mi memoria vuestra noción del tiempo queda en ocasiones distorsionada-, ya suficientemente recuperado, empecé a dar mis primeros pasos. Era algo increíble el volver a caminar, aunque fuera ayudado por un bastón. Ese día, un pequeño me tomó de la mano y por señas me invitó a seguirle. Despacio y sin anticiparse, me llevó hacia la sombra de un gran árbol que había en el extremo de la aldea. Sentado en un tronco, estaba el jefe. Al principio algo me resultó extraño; no comprendía qué, pero algo inusual había en ese personaje, no sólo exótico como todo en vuestro mundo me resultaba. Con un ademán, me indicó que me sentara frente a él. Estaba atando una especie de tambor, y cuando terminó, con una sonrisa se lo entregó al muchacho. Después se volvió y fijó en mí su mirada. No podía creer lo que veían mis ojos. En aquel momento algo se iluminó en mi mente y comprendí todo: ya sabía qué era lo extraño que había visto; el color de su piel era más claro que el de su tribu, y ahora unos profundos e intensos ojos verdes me observaban elocuentemente.

Había conseguido más de lo que imaginaba, mucho más de lo que me proponía cuando elegí guiar mi empeño en encontrar la aldea; había encontrado otra parte de una historia cuya certeza no tuve en un principio y que sin embargo puedo corroborar ahora.

El Jefe de la aldea era ni más ni menos que el hijo del Lobo de mar y de Naroha, el que nuestro viejo marinero creyó perder junto con su amada madre. Pero no fue así. El padre de Naroha, anticipándose al tiempo y sabiendo que sin Naroha el lobo de mar se marcharía junto a su hijo, le hizo creer que éste había fallecido junto con su madre. Ese niño había nacido de una princesa Africana y su destino era gobernar la aldea.

Un mes después, recuperado por completo, me despedí afectuosamente de aquellas gentes. Nunca revelé a nadie de la aldea mi conocimiento de la otra parte de la historia. No hubiese tenido sentido; las cosas sucedieron hacía mucho tiempo y mi papel en vuestro mundo no debía ser otro que el de mero observador, interviniendo lo menos posible en el devenir de vuestras vidas y siendo solamente partícipe cuando mi propia existencia estuviese en peligro, como ocurrió en las circunstancias que me condujeron a aquella tribu.

Me puse de nuevo en camino, y mi mente vagó hacia otro nuevo lugar….