viernes

Kurram y Arjumand


Disfruté del viaje y comprendí a mi querido amigo Amkro. Hacía una semana que habíamos llegado a la India. Es increíble la pluralidad de culturas humanas y cómo cambian las costumbres, sus gentes y los estilos de vida en margen de tan sólo unas jornadas de viaje. Que mundo tan dispar se me antoja éste, acostumbrado a la homogeneidad del mundo del que procedo.

En la hostería donde me alojé con el jeque, y a punto de emprender mi viaje hacia la costa para embarcar, escuché la historia de Kurram y Arjumand. Debía retirarme a dormir, pues estaba agotado, pero mi sed de conocimiento y el afán de escuchar cualquier historia del lugar hicieron que tomara buena nota del relato (1).

Sentado sobre un mugriento taburete, un joven estibador de elefantes estaba congregando un corro de gente a su alrededor. Le pusieron un vaso de té en la mano y le animaron a que contase una historia. Por lo que pude observar, debía de ser buen y popular narrador, pues cuando se dispuso a relatar la historia, como por arte de magia cesó el bullicio y acaparó la atención de los presentes.

Cuenta la leyenda que existió un príncipe Llamado Kurram, que había sido formado e las más selectas disciplinas del saber: astronomía, gramática, matemáticas, filosofía… Dominaba además el árabe -la lengua del Corán- y el persa -la lengua de la corte-. Era un joven en plena formación para el gobierno de su país.

Un día, paseando por el bazar entre le bullicio de mercaderes y estibadores de elefantes, observando todo con suma atención y examinando a su futuro pueblo, su mirada se posó sobre una hermosa joven. Era la princesa Arjumand, hija del Primer Ministro de la corte. Ésta, al sentirse observada, dirigió su mirada hacia Kurram. En ese momento sus corazones se detuvieron y cuando volvieron a latir lo hicieron al mismo tiempo, pues con sólo una mirada había nacido uno de los mayores amores jamás conocidos en esta tierra de hombres.

El Príncipe, impresionado por lo que le acababa de ocurrir y por la belleza felina que emanaba de ella, se interesó por el precio del collar de cristal que ella se estaba probando. El mercader, sonriendo, le contestó que no eran cristales, sino diamantes que componían las cuentas de aquel collar. La joya costaba una auténtica fortuna. El príncipe pagó el collar, se giró hacia la princesa y se la colocó en su grácil cuello, firmando de aquel modo en sus corazones aquella mutua entrega.
Tuvieron que esperar durante cinco años para contraer matrimonio; años que se hicieron eternos debido a que no tuvieron contacto alguno durante ese tiempo. Sólo podían oír el latido de su corazón y los ecos de su añoranza. Años después de casarse, cuando el príncipe fue coronado, pasó a llamarse Shah Jahan (Emperador del Mundo) y ella, Mumtaz Mahal (la Elegida del Palacio).

Era un amor intenso y apasionado, y como todos los grandes amores, teñidos de tragedia. Cuatro años después de ocupar el trono, el emperador sufrió el destino más funesto que estaba escrito en el papel de su vida: su amada esposa, su otra mitad, su amor Mumtaz Mahal, no pudo resistir el parto del decimocuarto hijo y falleció. Shah Jahan, destrozado por el dolor, ordenó construir el Taj Mahal para rendirle homenaje en su última morada, como mausoleo en memoria del amor que ambos se profesaron.

Una vez edificado, el Emperador quiso construir otro mausoleo-tumba para él mismo, idéntico al de su esposa pero levantado en mármol negro al otro lado del rió Yamuna, y unir después ambos sepulcros mediante un puente de oro. Lo hubiese hecho de no ser por Aurangzeb.

Aprovechando el estado depresivo y de profunda tristeza en el que estaba sumido el emperador, Aurangzeb, tercer hijo de Shah Jahan, cegado por la ambición y el ansia de poder, traicionó a toda su familia. Asesinó a sus hermanos (excepto a dos mujeres) y arrebató el poder a su padre. Después lo encarceló en una torre del Fuerte Rojo de Agra, frente al Taj Mahal, y a las dos hermanas supervivientes en otra.

El Emperador vivió en su prisión hasta los 74 años de edad. Una vez postrado en su lecho de muerte, pidió que le colocaran un espejo de tal manera que aún tumbado pudiese seguir viendo la tumba de su esposa. Así fue como expiró, observando la huella que su amada esposa había dejado en su corazón y la prueba con la que él lo testimoniaba ante el mundo entero.

La historia me sumió en la reflexión; ¿Que era el amor? ¿cuál es el alcance de ese sentimiento por el cual los hombres llegaban a hacer tales proezas y conservar su devoción hasta la muerte? Sin duda de amor debía tratarse, pues cada vez estaba más convencido de que el amor en sí mismo no es sino magia forjada en los corazones.
(1) La historia del Rey Shah Jahan y la Reina Mumtaz Mahal, es una leyenda popular de la India, que me limito a exponer con alguna licencia.

1 comentarios:

Witilongi dijo...

Bonita historia, sí señor. Da mucho que pensar.