domingo

La Sirena Indecisa





Llegó el momento de ponerme de nuevo en marcha y continuar mi viaje hacia Japón como era mi intención, y decidí entonces embarcarme. El Jeque, ante la amistad que habíamos forjado, me acompañó hasta Chennai.

Una vez buscado alojamiento, y de nuevo haciendo gala de su amabilidad y preocupación por mi bienestar, buscó un buque que me llevara en la dirección correcta. Ante mi sorpresa, el buque elegido fue un carguero Español. El Capitán del carguero, Fernando del Campillo, me explicó que su viaje era largo y que nos detendríamos en los puertos de Singapore, Brunei, y Filipinas antes de atracar en Macau, tierras japonesas. Me pareció una situación excelente, pues conocería más sitios y ciudades de las que había esperado en un principio, y por ende, la aventura del mar y del navegante.

Dos días después me despedí del Jeque y embarqué. El carguero tenía un aspecto desaliñado pero como pude comprobar algún tiempo después, aunque sólo exteriormente, pues era robusto y tenía todo lo que necesitaba para navegar en buenas condiciones.

Al poco tiempo, en alta mar, me lleve una gran sorpresa. Un barco, por muy grande que sea, llega a ser aburrido una vez superada la curiosidad inicial. Solicité al Capitán que me diera algún trabajo para no permanecer ocioso y así poder dedicar mi tiempo a otra cosa que el ir de un lado para otro. Éste me indicó que ayudara al cocinero. Bajé a la cocina, y cuando el cocinero se dio la vuelta, me quedé boquiabierto; ante mí encontré a Juan el Lobo de Mar… Por supuesto, seguía siendo un viejo, pero algo en su actitud había cambiado; había una chispa en su mirada en la que no había reparado en la taberna. Al verme, se acercó para observarme bien y me preguntó si nos conocíamos de antes. Yo le dije que le había oído contar una historia en una taberna en el puerto de Garachico y se le iluminaron los ojos. Con una sonrisa, me dio la mano a modo de bienvenida. Le pregunté porqué se había vuelto a embarcar y respondió que él era un hombre de mar y la tierra terminaría por pudrirle si permanecía demasiado tiempo en ella.

Una vez por semana y como algo especial, el capitán, que conocía bien el valor de los hombres, dejaba que la mitad de la tripulación tomara unos vasos de vino y se divirtiera un rato mientras la otra mitad trabajaba, turnándose y rompiendo la monotonía del duro trabajo diario. Como no era de esperar menos Juan el Lobo de Mar, ahora convertido en Juan el cocinero, era al que todos esperaban, pues la costumbre de contar una historia estaba arraigada en él y se había convertido en algo muy especial para sus camaradas. Pude observar que todos se colocaban en torno a él y esperaban expectantes su relato. Se sentó en un barrilillo de especias vacío y pausadamente, después de llenar su pipa, se dispuso a hablar.

-Todos sabéis aunque ninguno hablamos de ello como marineros que somos, del mito de la existencia o no de las sirenas…. – un leve murmullo se oyó, y hasta los que estaban trabajando bajaron el ritmo y prestaron atención a Juan – bueno, esta historia tiene mucho que ver con ese mito y con las razones por las que ya no se dejan ver; esta historia pasa de padres a hijos en mi familia y durante muchas generaciones ha sido así. Ahora la compartiré con todos vosotros, claro está si le permitís un sorbo de vino a este anciano.-

Se escuchó una carcajada y rápidamente le ofrecieron un vaso de vino. Después de mojarse los labios con el noble néctar, continuó-

-Esto ocurrió en mi tierra. Había allí un joven pescador llamado Felipe, que todos los días a la misma hora se marchaba a pescar. Cogía su pequeño bote y se adentraba mas lejos de donde termina la prudencia. Llegaba siempre justo al lado del islote del diablo, que así era como lo llamaban los lugareños, pues cuando algún barco se acercaba por la noche y su capitán no era conocedor de esas aguas, muchas posibilidades había de que el diablo le guiara hasta él y hiciera naufragar su barco.

Era joven y de brazos vigorosos, no le asustaba el tener que remar y sabía que cuanto más lejos, mejor era la pesca. De hecho, él siempre llevaba el mejor pescado de la lonja. Desde hacia varias semanas tenia una extraña sensación, como si alguien le observara. Él miraba a su alrededor, pero no era posible que sus sospechas estuvieran fundadas estando en medio del mar.

Un día llego con su pequeña embarcación al mismo sitio de siempre, justo cuando apuntaba el sol por el horizonte. Aún no se veía con claridad, cuando una dulce melodía le llegó como un susurro. Se quedó quieto y escuchó; era la voz dulce de una mujer, y procedía del islote. Remó hacia el, y al llegar, el sol asomó por el horizonte iluminando con sus primeros destellos a una hermosa joven de pelo rizado y chispeantes ojos.

Se sorprendió; aquella muchacha… ¡era una sirena! había escuchado hablar de ellas, las amazonas del mar, que protegían a los marineros y les ayudaban cuando estaban en apuros, pero nunca había visto a ninguna. Él no estaba en apuros; ¿por qué entonces estaba allí? Se aproximó y la saludó. Ella estaba allí por pura curiosidad; le explicó que su madre le había contado cosas de los hombres de la tierra, de cómo había ayudado a muchos de ellos, y sintió la necesidad de saber más.

A partir de ese día, durante los meses siguientes, la sirena y el marinero charlaban mientras él hacia su trabajo. Ella preguntaba y él pacientemente respondía. Poco a poco empezaron a conocerse. La sirena comenzó a sentir la necesidad de hablar con Felipe, pues ya no era sólo curiosidad, sino algo que a lo largo de esos meses había hecho que el corazón le palpitara más deprisa cuando veía acercarse su barca.

Un día, la sirena le contó a su madre lo que le sucedía, explicándole que había conocido a un hombre y que no podía dejar de pensar en él, soñar con él. Tenía un nudo en el estómago cuando le veía aparecer cada día y le hacía suspirar cuando él le dedicaba una sonrisa. Su madre, la estrechó tiernamente entre sus brazos y le dijo que había sido una imprudente involucrándose de ese modo con un hombre; siempre eran ellas las que ayudaban y ahora la que necesitaba ayuda era su propia hija. Le preguntó si era correspondida con el amor de él, y respondió que no estaba segura. Sin embargo, ella albergaba la esperanza de que así fuese, pero dado el carácter reservado de Felipe y de cómo había guardado las distancias en el plano personal, no tenia la certeza. Su madre le animó a que se lo dijera. La sirena estaba indecisa. además ¿qué podía importar? los separaba un gran diferencia: ella era mitad pez, mitad humana. Su madre, con una sonrisa en los labios, le explicó que había una forma de ser humana por completo, pero que el sacrificio consistía en no volver a ver nunca más a sus seres queridos. No volvería a ser sirena, pues el fenómeno era irreversible.

Pasó el tiempo. La sirena se moría de amor, pero no le decía nada a Felipe. Él, por su parte, estaba locamente enamorado de aquella criatura, pero no creía ser correspondido por ella; ¿una sirena amando a un humilde pescador? Imposible. Para no sufrir más, fue distanciando sus visitas al islote del diablo y cambió su sitio de pesca. Poco a poco se alejó de la sirena. Con el transcurso de los días empezó a ver a una muchacha de su pueblo, y tiempo después se casó con ella.



La sirena se sumergió en lo más profundo del mar, se volvió taciturna y no habló con nadie. Estaba triste y la sonrisa se había borrado de su rostro. Empezó a languidecer hasta que un día se marchó de la colonia y nunca más volvió a ser vista.

Sus hermanas estuvieron semanas buscándola y toda la colonia quedó sumida en la tristeza, pues algo como aquello jamás antes había ocurrido. No pudieron entenderlo.

Su madre expuso el caso ante la colonia y explicó lo que había ocurrido. Entre todas las sirenas, se llegó a un acuerdo: por el bien de su especie, nunca más se dejarían ver por los humanos; todo contacto sería evitado y jamás se les volvería a ayudar, pues resultaba demasiado peligroso para ellas.

Desde entonces, nunca se ha vuelto a ver a una sirena. Tan sólo cuando llega la fecha en la que la triste sirena enamorada se marchó, salen a la superficie y cantan su canción. Si algún marinero está cerca y la escucha, su corazón añora aquello que ama y se entristece su alma. Por eso dicen que hay que taparse los oídos cuando se escucha el canto de la sirena, pues es capaz de embrujarte.


Todos quedaron en silencio como siempre. Nadie habló durante unos minutos, hasta que una broma hizo romper el hechizo del relato. Juan lo había vuelto a conseguir.

Todos empezaron a recoger y a retirarse cuando de repente el tiempo empezó a cambiar. El mar se agitó y el viento empezó a soplar con fuerza. Nunca había estado embarcado en medio de una tempestad, y ese día fue mi primera experiencia. Todos los marineros se pusieron a trabajar frenéticamente. El capitán daba órdenes sin parar y todos sabían exactamente lo que hacer. Yo, para no estorbar, me retiré como pude a mi camarote, donde estuve dando bandazos durante las dos horas que duró el temporal.


Cuando amainó, volví a subir al puente, donde permanecía el capitán muy serio. Con gesto cansado, me dijo que tenía otro trabajo para mí. Juan el Cocinero había tenido un percance en la cocina y estaba gravemente herido. Quería que me ocupara de él; el médico de a bordo le había dicho que nada podía hacerse, salvo evitar que permaneciese solo en sus últimas horas.

Pasé los últimos momentos con Juan, agarrándole la mano para que no sintiera soledad. Ante mí tenia a un hombre que lo había tenido todo y todo lo había perdido, pero que se había superado a sí mismo y se había convertido en un hombre excepcional, en una persona querida y respetada por todos. Yo guardaba un secreto que él no conocía. Me acerqué a su oído y en un susurro le conté lo que me propuse nunca confesarle: la verdad sobre su hijo. Me miró y con un débil hilo de voz, me dio las gracias. Cerró los ojos y pude oír muy débilmente lo que susurraba: “Naroha Mayni, Naroha Mayni”. Se marchó de este mundo con una sonrisa en sus labios.

A la mañana siguiente, entregamos el cuerpo de Juan el Lobo de Mar, el Cocinero, a aquella a quien siempre había amado: a la mar.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

atrapaste mi mente nuevamente, olvide mi trizteza... he aqui he interpretado palabras de este texto, me ha gustado mucho, a ver cuando me mandas mi angel una edicion a argentina.... ^_^ gracias escritor......