Sensaciones
Llevaba varios meses bajo la hospitalidad del Jeque y había llegado el momento de volver a ponerme en camino. Había oído a mi amigo hablar de una nueva expedición para comprar sedas de la india, y me invitó a que lo acompañara. Acepté sin dudarlo, ya que estaba en la misma dirección en la que quería dirigir mis pasos.
Amira estaba entristecida ante la inminente partida. Esta vez no nos acompañaría; su padre le rogó que se quedase, pues no tardaría mucho en volver y le prometió que la próxima vez que viajara en busca de sedas, ella le acompañaría.
Al tercer día de trayecto me decidí a escribir algo que mi mente no necesita esforzarse en recordar, porque siempre ha estado y estará presente, y que no obstante me decido a compartir en mi diario como todo lo que me acontece y creo importante relatar:
“Dos noches antes de partir, agotado después de una larga jornada acompañando al jeque de un lado para otro organizando el viaje y ultimando sus pormenores, me di un baño antes de retirarme y al poco rato de tumbarme en el lecho quedé profundamente dormido.
Me desperté. Algo no andaba bien. Cuando me quise mover descubrí que no podía hacerlo, y mis ojos, aún abiertos de par en par, no eran capaces de ver nada en absoluto. En seguida comprendí el motivo; estaba atado de pies y manos y mis ojos habían sido vendados. Empecé a revolverme cuando alguien a mi lado, con un susurro, me indicó que me tranquilizara, callara y permaneciese quieto y tranquilo. Traté de relajarme, comprendiendo en aquel tono que no existía una amenaza que yo debiese temer. De repente unos labios acariciaron los míos tímidamente. No sabia quien era, pero algo en mi interior empezó a revolucionarse y apenas sin darme cuenta respondí también tímidamente a aquel beso. Tenía una sensación extraña de nerviosismo, excitación, anhelo… y volví a poner esfuerzo en relajarme. Lentamente, esos labios que no habían dejado de acariciar los míos y llenarme de dulces besos descendieron por mi cuello mientras una descarga me inducía a lanzar suspiros. Me gustaba aquel juego. Una mano suave se posó en mi pecho y comenzó a jugar cuando de pronto sentí otros labios junto a los míos…
Mis sentidos estaban totalmente desbordados, sometidos por sensaciones indescriptibles. Quería responder a sus caricias fuera quien fuese, pero mis ataduras me lo impedían y eso hacia más excitante aquella situación. Podía recibir placer pero no entregarlo; solo me quedaba dejarme llevar y disfrutar del regalo que estaba recibiendo. Me despojaron de la venda y pude reconocer a quienes me estaban complaciendo tan solícitamente, y pude confirmar lo que mi mente había sospechado. Las jóvenes Amira y Aaminah estaban dándome algo que no había imaginado. Quise hablar cuando Amira, con sus ojos fijos en los míos e imponiéndome silencio con un dedo sobre mis labios, se aproximó sin apartar la mirada y depositó sus carnosos labios tiernamente sobre los míos… quise abrazarla pero mis ataduras me lo impedían. Algo me dejó sin respiración. Aaminah, muy despacio, estaba besando mi virilidad en un ritmo acompasado, jugando y brindándome uno de los mayores placeres que había obtenido en mi vida. No aguanté mucho, pues era imposible evitar que derramase mi esencia ante sus atenciones. Mi ojos no perdían detalle; ahora eran ellas las que se regalaban y llenaban de besos. No pude más que observar a media luz las sensuales curvas del contorno de sus cuerpos, el amor con el que se tomaban la una a la otra, dándome un respiro. No fue necesario prolongarlo; con todos los sentidos a flor de piel, pronto estuve listo de nuevo y Amira, tomando la iniciativa, se sentó sobre mí y muy lentamente nos fundimos en uno. Yo continuaba atado, sin poder acariciar su cuerpo ni su piel. Ella seguía llevando la iniciativa con suaves movimientos, y Aaminah, intuyendo mi necesidad de contacto, finalmente me desató. Al fin pude también disfrutar del sentido del tacto.
Ahora, tres días después, comprendo la magnitud del regalo que me hicieron; del gesto, la naturalidad y la sencillez con la que me amaron y permitieron que las amara, hablándome con sus cuerpos de sentimientos y emociones que no alcanzan a describir las palabras y haciéndome partícipe de una experiencia a un tiempo humana y divina. Jamás las olvidaré, pues bien sé que nunca volveremos a encontrarnos.
Ahora, montado sobre un hermoso corcel árabe, mis pasos me llevan hacia otro país. Allí dejaré la compañía y la protección del jeque. He tomado la determinación de que embarcare de nuevo en un carguero que recorra bordeando la costa y así acercarme más rápidamente al destino que me había fijado en un principio.”
Amira estaba entristecida ante la inminente partida. Esta vez no nos acompañaría; su padre le rogó que se quedase, pues no tardaría mucho en volver y le prometió que la próxima vez que viajara en busca de sedas, ella le acompañaría.
Al tercer día de trayecto me decidí a escribir algo que mi mente no necesita esforzarse en recordar, porque siempre ha estado y estará presente, y que no obstante me decido a compartir en mi diario como todo lo que me acontece y creo importante relatar:
“Dos noches antes de partir, agotado después de una larga jornada acompañando al jeque de un lado para otro organizando el viaje y ultimando sus pormenores, me di un baño antes de retirarme y al poco rato de tumbarme en el lecho quedé profundamente dormido.
Me desperté. Algo no andaba bien. Cuando me quise mover descubrí que no podía hacerlo, y mis ojos, aún abiertos de par en par, no eran capaces de ver nada en absoluto. En seguida comprendí el motivo; estaba atado de pies y manos y mis ojos habían sido vendados. Empecé a revolverme cuando alguien a mi lado, con un susurro, me indicó que me tranquilizara, callara y permaneciese quieto y tranquilo. Traté de relajarme, comprendiendo en aquel tono que no existía una amenaza que yo debiese temer. De repente unos labios acariciaron los míos tímidamente. No sabia quien era, pero algo en mi interior empezó a revolucionarse y apenas sin darme cuenta respondí también tímidamente a aquel beso. Tenía una sensación extraña de nerviosismo, excitación, anhelo… y volví a poner esfuerzo en relajarme. Lentamente, esos labios que no habían dejado de acariciar los míos y llenarme de dulces besos descendieron por mi cuello mientras una descarga me inducía a lanzar suspiros. Me gustaba aquel juego. Una mano suave se posó en mi pecho y comenzó a jugar cuando de pronto sentí otros labios junto a los míos…
Mis sentidos estaban totalmente desbordados, sometidos por sensaciones indescriptibles. Quería responder a sus caricias fuera quien fuese, pero mis ataduras me lo impedían y eso hacia más excitante aquella situación. Podía recibir placer pero no entregarlo; solo me quedaba dejarme llevar y disfrutar del regalo que estaba recibiendo. Me despojaron de la venda y pude reconocer a quienes me estaban complaciendo tan solícitamente, y pude confirmar lo que mi mente había sospechado. Las jóvenes Amira y Aaminah estaban dándome algo que no había imaginado. Quise hablar cuando Amira, con sus ojos fijos en los míos e imponiéndome silencio con un dedo sobre mis labios, se aproximó sin apartar la mirada y depositó sus carnosos labios tiernamente sobre los míos… quise abrazarla pero mis ataduras me lo impedían. Algo me dejó sin respiración. Aaminah, muy despacio, estaba besando mi virilidad en un ritmo acompasado, jugando y brindándome uno de los mayores placeres que había obtenido en mi vida. No aguanté mucho, pues era imposible evitar que derramase mi esencia ante sus atenciones. Mi ojos no perdían detalle; ahora eran ellas las que se regalaban y llenaban de besos. No pude más que observar a media luz las sensuales curvas del contorno de sus cuerpos, el amor con el que se tomaban la una a la otra, dándome un respiro. No fue necesario prolongarlo; con todos los sentidos a flor de piel, pronto estuve listo de nuevo y Amira, tomando la iniciativa, se sentó sobre mí y muy lentamente nos fundimos en uno. Yo continuaba atado, sin poder acariciar su cuerpo ni su piel. Ella seguía llevando la iniciativa con suaves movimientos, y Aaminah, intuyendo mi necesidad de contacto, finalmente me desató. Al fin pude también disfrutar del sentido del tacto.
Ahora, tres días después, comprendo la magnitud del regalo que me hicieron; del gesto, la naturalidad y la sencillez con la que me amaron y permitieron que las amara, hablándome con sus cuerpos de sentimientos y emociones que no alcanzan a describir las palabras y haciéndome partícipe de una experiencia a un tiempo humana y divina. Jamás las olvidaré, pues bien sé que nunca volveremos a encontrarnos.
Ahora, montado sobre un hermoso corcel árabe, mis pasos me llevan hacia otro país. Allí dejaré la compañía y la protección del jeque. He tomado la determinación de que embarcare de nuevo en un carguero que recorra bordeando la costa y así acercarme más rápidamente al destino que me había fijado en un principio.”



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