Singapore "Zasha"
Después de la muerte de nuestro amigo el Lobo de mar, que había sido nuestro cocinero, le sustituyó Ramón el sevillano. Faltaba poco para llegar a Singapore, donde el Capitán enrolaría a un cocinero reconocido, ya que Ramón hacía lo que buenamente podía, y como dijo el Capitán, no llegaríamos al final de la travesía con sus comidas.
Después de tanto tiempo en el barco, se me hacía raro caminar en tierra firme. Dirigí mis pasos hacia la taberna más cercana, pues permaneceríamos cuatro días varados en puerto mientras se hacían unos arreglos oportunos en la nave y el capitán contrataba un nuevo cocinero.
Me dejé conducir por la corriente de marineros que se dirigía hacia el mismo lugar: la Taberna del Turco, donde también alquilaban habitaciones. Tuve suerte y pude conseguir una, ya que partían dos barcos aquella misma tarde y desalojaron varios dormitorios. Una vez acomodado mi ligero equipaje, bajé a la taberna a comer un poco, con la esperanza de escuchar otra buena historia que poder anotar.
La taberna me sorprendió, pues no era un antro como los que estaba acostumbrado a visitar; limpia y ventilada, olía a jabón y desinfectante, algo inaudito en un puerto de mar. Más tarde me enteré del motivo. El local estaba lleno a rebosar. Ramón el Sevillano se sentó a mi lado con una pinta de cerveza, y amablemente respondió a mis preguntas sacándome de dudas. La Taberna del Turco era regentada en realidad por la hermosa Zasha (que significa defensora de la gente) de origen Ruso y esposa de El Turco, cuyo apodo motivó el nombre del establecimiento. Todo aquel marinero que tuviera aprecio por su integridad, tomaba un baño y se vestía con ropas limpias antes de entrar a la Taberna del Turco, pues de lo contrario sería echado a patadas por los guardias y amantes de Zasha.
De pronto ví aparecer de la barra a una hermosa mujer de curvas sugerentes y mirada inteligente, entrada en años pero de muy buen ver, conservando todo el encanto de una juventud que todavía se adivinaba en su figura. Tenía un saludo para todos y recordaba la multitud de nombres y apodos de los parroquianos, como la anfitriona perfecta que era. Estaba viendo la transformación más increíble que llegaría a ver en mi larga vida; todos esos rudos marineros se convertían en corderitos ante la imponente presencia de aquella mujer cuyo nombre ya conocía: Zasha.
Llegó hasta mi mesa y dio un cariñoso beso a mi compañero de mesa, Ramón, que a pesar de su piel curtida por el sol, pude comprobar cómo cambiaba de color con un rubor intenso. Dirigió su mirada hacia mí y levemente asintió con la cabeza a modo de saludo. Cuidaba hasta el más mínimo detalle de todo lo que hacia. Observé que se acompañaba de dos hombres enormes que no la perdían de vista y ante los que todos cedían el paso.
Así continuamos durante un largo rato. Yo aún no comprendía el porqué de tanta concurrencia, pues sabia apreciar que la dama era todo un espectáculo y un soplo de aire fresco, pero no consideraba motivo suficiente para completar el aforo de aquel local. No tardé en salir de dudas y comprender el motivo. Comenzó a sonar la música de un piano, se hizo el silencio y la bella Zasha entonó una canción con una hermosa voz. Una vez hubo terminado, un estruendoso aplauso inundó la taberna inaugurando la fiesta. Alguien gritó: ¡cuéntanos una historia, Zasha! seguido por otros y otros ruegos, ella se tomó el tiempo justo para acallar las peticiones, y con la voz más sensual que yo haya escuchado jamás en una mujer, empezó a relatar la historia de Breck el Turco.
“Como todos sabéis, hace algún tiempo estuve casada; os voy contar esa historia y de cómo llegue a ser la dueña de este palacio.
Como iba diciendo, hace algún tiempo, cuando vivía en mi tierra, conocí a un hermoso joven. Era dos años mayor que yo, por aquel entonces también más joven pero igual de hermosa.
– una carcajada general y algún que otro comentario bien medido sonó en la taberna –
Yo vivía en Riga, en un pueblecito cercano al puerto de mar. Sólo de vez en cuando, y por casualidad, se aceraba algún marinero a ese pueblecito, pues lo mas normal es que sólamente estuvieran un par de días y no precisamente para visitar pueblos… aunque sí había un sitio que visitaban muy a menudo: se llamaba la casita roja, donde unas bellas señoritas atendían sus necesidades más… bueno vosotros ya comprendéis lo que trato de decir…
– Volvió a provocar una carcajada general y aprovechó una pausa para que todos pidieran de beber. Ante todo estaba el negocio, como pude observar –
…pues bien; este joven marinero no era como los demás. Se alejó del puerto y pidió alojamiento por dos días en mi pueblo. La primera vez que le vi, me quedé sin respiración y mi pulso se aceleró, nuestras miradas se cruzaron y rápidamente las apartamos como si estuviesen provocadas por el mismo relámpago. Mirando de reojo pude notar que se había sonrojado, y eso hizo que la siguiente vez le mirara más descaradamente. Esta vez él no retiró la mirada como yo esperaba, y sin darnos cuenta sostuvimos nuestras miradas fijamente, como dos animales preparados para la lucha… o como dos bobos. No sé cuánto tiempo pasó, ni cómo pasó, pero cuando me quise dar cuenta, estábamos conversando como si fuéramos dos viejos conocidos.
En vez de embarcar, encontró trabajo en el pueblo y se quedó conmigo. Todos los días nos veíamos en el mismo sitio y charlábamos. Yo estaba loquita por sus huesos; era un encanto de hombre, cuidadoso, amable, atento… deseaba con toda mi alma que me besara, que esos labios que yo miraba con deseo se fundieran con los míos, que me estrechara con sus brazos y me apretara contra su pecho… Pero él seguía siendo todo un caballero. Un día solicitó hablar con mi padre estando yo ausente. Nunca supe los detalles de aquella conversación, aunque mi padre me dijo que me habían pedido en matrimonio y que había dado el visto bueno.
Un año después de aquella conversación, me convertí en la esposa de Breck (que quiere decir solidó y firme) el Turco, después de tan larga espera. Todo mi cuerpo estaba preparado. Cuando Breck entró en nuestra habitación, había un brillo de deseo en los ojos que llevaba reprimiendo mucho tiempo, y aún así no se precipitó y se acercó hacia mí despacio, recreándose y haciéndome bajar la mirada hasta enrojecer. Tomándome de la barbilla, hizo que le mirase y despacio se acerco a mis labios dudando durante unos segundos…. después toda la tensión y el deseo acumulado se convirtió en pasión. Los besos llovían sin cesar, la sensación de querer más y de no tener nunca suficiente… Las manos recorriendo todos los pliegues y todas las curvas de mi piel… Yo me aferraba a él. No quería dejarle marchar. Me despojó de mis ropas con una velocidad increíble y después se detuvo. Quería beber de mi cuerpo con la vista, y eso relajó la situación y más sosegadamente, se acercó a mi susurrando que me amaba, que ya no podía soportarlo más, que había sido un duro castigo durante tanto tiempo reprimir los besos y las caricias cada día, sin oler mi pelo ni poder estrecharme entre sus brazos. Mientras llenaba mis oídos de dulces palabras, seguía acariciando mi cuerpo y cada suave caricia provocaba que me estremeciera en mi interior. Poco a poco se incorporó, y antes de que nos fundiéramos en uno, me preguntó que si estaba preparada…. no, no estaba preparada, ¡estaba preparadísima! llevaba tanto tiempo esperando ese momento que me dolían el corazón y el alma. El poder tenerlo para mí, el que me amara, era un sueño hecho realidad. Muy despacio, se dejó caer cuando encontró mi virginidad. No se apresuró y espero a que me relajara. Después de un firme empujón, entró en mí y con suaves movimientos me llevó a aquello que jamás había experimentado; vi el cielo unido a la tierra y en lo profundo de sus ojos, el amor…
Después de tanto tiempo en el barco, se me hacía raro caminar en tierra firme. Dirigí mis pasos hacia la taberna más cercana, pues permaneceríamos cuatro días varados en puerto mientras se hacían unos arreglos oportunos en la nave y el capitán contrataba un nuevo cocinero.
Me dejé conducir por la corriente de marineros que se dirigía hacia el mismo lugar: la Taberna del Turco, donde también alquilaban habitaciones. Tuve suerte y pude conseguir una, ya que partían dos barcos aquella misma tarde y desalojaron varios dormitorios. Una vez acomodado mi ligero equipaje, bajé a la taberna a comer un poco, con la esperanza de escuchar otra buena historia que poder anotar.
La taberna me sorprendió, pues no era un antro como los que estaba acostumbrado a visitar; limpia y ventilada, olía a jabón y desinfectante, algo inaudito en un puerto de mar. Más tarde me enteré del motivo. El local estaba lleno a rebosar. Ramón el Sevillano se sentó a mi lado con una pinta de cerveza, y amablemente respondió a mis preguntas sacándome de dudas. La Taberna del Turco era regentada en realidad por la hermosa Zasha (que significa defensora de la gente) de origen Ruso y esposa de El Turco, cuyo apodo motivó el nombre del establecimiento. Todo aquel marinero que tuviera aprecio por su integridad, tomaba un baño y se vestía con ropas limpias antes de entrar a la Taberna del Turco, pues de lo contrario sería echado a patadas por los guardias y amantes de Zasha.
De pronto ví aparecer de la barra a una hermosa mujer de curvas sugerentes y mirada inteligente, entrada en años pero de muy buen ver, conservando todo el encanto de una juventud que todavía se adivinaba en su figura. Tenía un saludo para todos y recordaba la multitud de nombres y apodos de los parroquianos, como la anfitriona perfecta que era. Estaba viendo la transformación más increíble que llegaría a ver en mi larga vida; todos esos rudos marineros se convertían en corderitos ante la imponente presencia de aquella mujer cuyo nombre ya conocía: Zasha.
Llegó hasta mi mesa y dio un cariñoso beso a mi compañero de mesa, Ramón, que a pesar de su piel curtida por el sol, pude comprobar cómo cambiaba de color con un rubor intenso. Dirigió su mirada hacia mí y levemente asintió con la cabeza a modo de saludo. Cuidaba hasta el más mínimo detalle de todo lo que hacia. Observé que se acompañaba de dos hombres enormes que no la perdían de vista y ante los que todos cedían el paso.
Así continuamos durante un largo rato. Yo aún no comprendía el porqué de tanta concurrencia, pues sabia apreciar que la dama era todo un espectáculo y un soplo de aire fresco, pero no consideraba motivo suficiente para completar el aforo de aquel local. No tardé en salir de dudas y comprender el motivo. Comenzó a sonar la música de un piano, se hizo el silencio y la bella Zasha entonó una canción con una hermosa voz. Una vez hubo terminado, un estruendoso aplauso inundó la taberna inaugurando la fiesta. Alguien gritó: ¡cuéntanos una historia, Zasha! seguido por otros y otros ruegos, ella se tomó el tiempo justo para acallar las peticiones, y con la voz más sensual que yo haya escuchado jamás en una mujer, empezó a relatar la historia de Breck el Turco.
“Como todos sabéis, hace algún tiempo estuve casada; os voy contar esa historia y de cómo llegue a ser la dueña de este palacio.
Como iba diciendo, hace algún tiempo, cuando vivía en mi tierra, conocí a un hermoso joven. Era dos años mayor que yo, por aquel entonces también más joven pero igual de hermosa.
– una carcajada general y algún que otro comentario bien medido sonó en la taberna –
Yo vivía en Riga, en un pueblecito cercano al puerto de mar. Sólo de vez en cuando, y por casualidad, se aceraba algún marinero a ese pueblecito, pues lo mas normal es que sólamente estuvieran un par de días y no precisamente para visitar pueblos… aunque sí había un sitio que visitaban muy a menudo: se llamaba la casita roja, donde unas bellas señoritas atendían sus necesidades más… bueno vosotros ya comprendéis lo que trato de decir…
– Volvió a provocar una carcajada general y aprovechó una pausa para que todos pidieran de beber. Ante todo estaba el negocio, como pude observar –
…pues bien; este joven marinero no era como los demás. Se alejó del puerto y pidió alojamiento por dos días en mi pueblo. La primera vez que le vi, me quedé sin respiración y mi pulso se aceleró, nuestras miradas se cruzaron y rápidamente las apartamos como si estuviesen provocadas por el mismo relámpago. Mirando de reojo pude notar que se había sonrojado, y eso hizo que la siguiente vez le mirara más descaradamente. Esta vez él no retiró la mirada como yo esperaba, y sin darnos cuenta sostuvimos nuestras miradas fijamente, como dos animales preparados para la lucha… o como dos bobos. No sé cuánto tiempo pasó, ni cómo pasó, pero cuando me quise dar cuenta, estábamos conversando como si fuéramos dos viejos conocidos.
En vez de embarcar, encontró trabajo en el pueblo y se quedó conmigo. Todos los días nos veíamos en el mismo sitio y charlábamos. Yo estaba loquita por sus huesos; era un encanto de hombre, cuidadoso, amable, atento… deseaba con toda mi alma que me besara, que esos labios que yo miraba con deseo se fundieran con los míos, que me estrechara con sus brazos y me apretara contra su pecho… Pero él seguía siendo todo un caballero. Un día solicitó hablar con mi padre estando yo ausente. Nunca supe los detalles de aquella conversación, aunque mi padre me dijo que me habían pedido en matrimonio y que había dado el visto bueno.
Un año después de aquella conversación, me convertí en la esposa de Breck (que quiere decir solidó y firme) el Turco, después de tan larga espera. Todo mi cuerpo estaba preparado. Cuando Breck entró en nuestra habitación, había un brillo de deseo en los ojos que llevaba reprimiendo mucho tiempo, y aún así no se precipitó y se acercó hacia mí despacio, recreándose y haciéndome bajar la mirada hasta enrojecer. Tomándome de la barbilla, hizo que le mirase y despacio se acerco a mis labios dudando durante unos segundos…. después toda la tensión y el deseo acumulado se convirtió en pasión. Los besos llovían sin cesar, la sensación de querer más y de no tener nunca suficiente… Las manos recorriendo todos los pliegues y todas las curvas de mi piel… Yo me aferraba a él. No quería dejarle marchar. Me despojó de mis ropas con una velocidad increíble y después se detuvo. Quería beber de mi cuerpo con la vista, y eso relajó la situación y más sosegadamente, se acercó a mi susurrando que me amaba, que ya no podía soportarlo más, que había sido un duro castigo durante tanto tiempo reprimir los besos y las caricias cada día, sin oler mi pelo ni poder estrecharme entre sus brazos. Mientras llenaba mis oídos de dulces palabras, seguía acariciando mi cuerpo y cada suave caricia provocaba que me estremeciera en mi interior. Poco a poco se incorporó, y antes de que nos fundiéramos en uno, me preguntó que si estaba preparada…. no, no estaba preparada, ¡estaba preparadísima! llevaba tanto tiempo esperando ese momento que me dolían el corazón y el alma. El poder tenerlo para mí, el que me amara, era un sueño hecho realidad. Muy despacio, se dejó caer cuando encontró mi virginidad. No se apresuró y espero a que me relajara. Después de un firme empujón, entró en mí y con suaves movimientos me llevó a aquello que jamás había experimentado; vi el cielo unido a la tierra y en lo profundo de sus ojos, el amor…
Pasaron los días como un sueño. Cada vez que hacíamos el amor era como si fuera la primera vez. Un día me anunció que escribiría una carta a su familia para contarles dónde se encontraba y que tenia por esposa a una maravillosa y hermosa mujer. Me habló de su madre, de su padre y de su tierra. Cuado lo hacía, su cara se iluminaba de tal manera que me inspiraba a amarle más todavía.
Pasó el tiempo y me habló de sus proyectos. Pedimos dinero prestado a mis familiares para realizarlo, y con mucho sacrificio montamos la taberna. Al principio solo acudían indeseables, y sus miradas lascivas hacían que mi Breck se enfrentará a ellos, y más de una vez estuve a punto de perderlo. Poco a poco empezaron a entrar otros marineros más humildes y de mejores modales, consiguiendo así devolver en poco tiempo el dinero prestado. Teníamos un prospero negocio.
Unos meses después, llegó una carta de su tierra. Él, completamente alborotado, la abrió y se apartó en un rincón de la taberna para leerla. Yo le observaba desde la distancia, pues no quería romper el hechizo del momento. Su rostro fue cambiando, y paso de la alegría a la amargura en un instante. Entonces me acerqué a él para saber que noticias le provocaban tal zozobra y poder consolarle cuando, de un manotazo, me apartó de él y salió corriendo de nuestra taberna.
Nunca supe que había escrito en esa carta, pues cuando volvió por la noche, ebrio por los aromas de vino y mujeres, quemó la carta en la chimenea. Después, mirándome como jamás lo ha hecho -ni consentiré que lo haga nunca más hombre alguno- me abofeteó y me poseyó en el suelo. Ese día fue el primero de un auténtico infierno.
Del sueño pase a la pesadilla como de la noche al día. Yo quería hablar con él, pero el no me lo permitía. Cuando lo intentaba, recibía una paliza. Ya ni siquiera me tomaba por la fuerza; sólo cuando venia borracho como una cuba, me pegaba y después me humillaba. Las palabras dulces fueron sustituidas por insultos y el desprecio de su mirada fueron mucho más dolorosos que los golpes. Todas las noches sollozaba y me lamentaba; quería que volviese el hombre del que me enamoré, y todas las mañanas despertaba con el demonio en el que se había transformado.
Transcurrieron los días y cada vez caía mas bajo. Ya no me importaba nada. Ya no sentía nada. Me estaba convirtiendo en un fantasma, hasta el día en que supe que estaba embarazada y recibí la mayor paliza de mi vida. Él, con su veneno interior, hizo que perdiera la vida que llevaba dentro y entonces algo en mi se rebeló... no había miedo en mi mirada, sino desprecio. Eso le enfurecía y me pegaba más duro aún, pero ya no afectaba en mi interior. Una noche no aguante más, y cuando levantó de mi magullado cuerpo su asquerosa presencia, esperé pacientemente a que se durmiera y, cuando había caído en su sueño profundo, cogí el cuchillo que durante días afilaba cuidadosamente y le rebané eso que tanto aprecian los hombres, convirtiéndole desde entonces en un eunuco.
Regresé a casa de mis padres, pues no quería saber nada de él. Estaba rota por fuera y por dentro, pero sentía cierta satisfacción interior. Una amarga satisfacción. Unos meses después, y a causa de la infección de las heridas, el turco murió y yo me convertí en la propietaria de este hermoso local. No quería que fuese un mugrienta y asquerosa taberna, por lo que decidí poner mis condiciones. Había sufrido mucho y un hombre me había destrozado la vida. Ahora era el momento de tomar las riendas y decidir siempre yo el curso de mi destino.
Contraté los servicios de dos guardias y les di instrucciones: sólo entrarían en mi taberna aquellos que fueran dignos y siguieran las reglas de la casa. Solo entrarían aquellos que usaran mis baños. No resultó fácil, pero poco a poco todos vosotros supisteis apreciar los encantos de esta dama y adoptar las virtudes del aseo. Yo, por mi parte, tengo todos mis apetitos satisfechos con estos dos pedazos de ejemplares del género masculino, que son mis guardias.”
Una carcajada general dio por finalizado el relato. Todavía estaba asimilando lo que acababa de escuchar. Como buen observador, algo llamó mi atención: un cuchillo que había colocado bien visible en medio de la barra de la taberna. Con un sobresalto, miré a Ramón y éste, con un movimiento de cabeza, confirmó lo que estaba pensando. No sentí compasión alguna por el destino que sufrió Breck el Turco, y aún a día de hoy no consigo entender la frágil barrera que separa el amor y el odio de los hombres débiles de carácter. Miré de nuevo a aquella mujer con otros ojos; estaba viendo a una luchadora que desde un pozo profundo había logrado salir y volver a florecer convirtiéndose en una persona independiente y arrolladora que transpiraba serenidad y energía por cada poro. Lo que sin lugar a dudas comprendí fue el respeto que todos profesaban a aquella mujer, capaz de repartir afecto a tantos hombres sin renunciar al amor y al respeto por sí misma.



0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada