Negreros
Después de dos semanas de intensas reparaciones, el Capitán nos comunicó en la Taberna de Zasha que en dos días más estaríamos listos para zarpar. Podíamos abandonar la posada y volver a instalarnos en los aposentos del barco. Mirando de soslayo a Ramón, nos dijo que todavía le quedaba encontrar al maldito cocinero; no había encontrado ninguno que tuviera los conocimientos suficientes para no matarnos a bordo de una intoxicación durante la travesía. Ramón, hombre habitualmente callado y prudente, afirmó con la cabeza y después dijo evidenciando su buena voluntad que haría lo que buenamente pudiese si no encontraban cocinero, aunque tanto él mismo como todos los demás compartíamos el criterio del capitán.
El día en que nos disponíamos a zarpar, llego un hombre corriendo con un petate a la espalda y saltó justo cuando empezábamos a separarnos del muelle, recogida ya la pasarela. Todos miramos al Capitán que, de pie en el puente, dibujaba media sonrisa. Lo Había conseguido: teníamos cocinero.
Me incorporé a mi trabajo voluntario de ayudante de cocina y pude conocer de primera mano a nuestro nuevo cocinero: Mario, un Italiano de mediana estatura, ancho de espaldas y ojos negros. Era peculiar en su forma de hablar, y por lo que pudimos y apreciamos todos a la hora de la comida, un excelente cocinero con suficientes recursos. Pronto nos dimos cuenta de que no debíamos hacer reproches respecto a su comida, pues nos explicó muy serio que se había marchado del anterior barco ante la falta de aprecio hacia sus guisos.
Llevábamos tres días de viaje cuando el vigía diviso un barco en el horizonte. Según nos anunció el Capitán, parecía navegar a la deriva. Su velamen estaba totalmente destrozado y su palo mayor partido. El Capitán dio orden de acercarse a él para ver si quedaba en la nave tripulación que necesitase ayuda.
Según nos acercamos, la expresión en la cara de nuestro capitán fue cambiando. Al ser yo el único pasajero de abordo, tenía mis privilegios; comía en la mesa del capitán y deambulaba libremente por el barco, de modo que me situé en el puente junto a él. Éste me dijo que no le gustaban nada aquel tipo de barcos. Quise saber de qué tipo de barco se trataba, y me respondió con expresión sombría… “Negreros”.
No sabía el significado de aquello y evité preguntar en esa ocasión, aunque no tardé en descubrirlo, para disgusto personal. Nos fuimos acercando lentamente al barco. Desde la borda nos hacían señas de socorro, y empezamos a percibir un extraño hedor. Era el hedor del sufrimiento, de la angustia, de la desesperación… todo aquello unido al hambre y a la falta de higiene. Todo eso es lo que vieron mis ojos cuando pusimos los pies en ese barco. Un barco de esclavos.
Mis ojos no daban crédito a lo que veían: mujeres y hombres hacinados en la cubierta, bañados en sus propios excrementos, al borde de la extenuación y la desesperación. Un cruce de miradas me indicó que el Capitán opinaba igual que yo. Lo que estaba viendo era inhumano. El Capitán del barco de esclavos nos dio las gracias por prestarles auxilio, y con breves y parcas palabras, explicó que la tempestad les había encontrado desprevenidos y perdiendo el palo mayor y casi todo el velamen. Nos pidió que le remolcasemos al puerto mas próximo, Brunei. Nuestro Capitán accedió, no sin reservas. Al principio, el capitán del barco de esclavos se negó a sus condiciones, pero ante la posibilidad de que se les dejara de nuevo a la deriva, tuvo que aceptarlas de mala gana.
No podíamos evitar que los seres humanos que había en el barco dejaran de ser esclavos, pero si podíamos evitar que murieran por la desidia del hombre. Antes de emprender de nuevo la travesía, mucho más lenta remolcando el otro barco, se alimentó y aseó a las 125 almas que quedaban de los 300 esclavos que componían la partida inicial. Había hombres, mujeres y niños, todos ellos con el terror grabado en la mirada. Mario, nuestro nuevo cocinero, se esmeró para que la comida servida tuviera los suficientes nutrientes para permitirles recuperar sus fuerzas. Esta vez dejó de cantar mientras cocinaba, sustituyendo su habitual desenfado por un ceño fruncido.
He vuelto a quitar la vida a otro ser humano. No me arrepiento pero no es algo con lo que mi espíritu este en paz. Quitar una vida, por miserable que sea, no se olvida y es una espina clavada con la que hay que aprender a vivir.
El Capitán decidió que algunos de nosotros, incluidos Mario el Cocinero y yo, permaneciéramos en el barco de esclavos. Quería que estuvieran bien alimentados y que hubiera siempre alguien pendiente de los movimientos de su tripulación. La travesía sería lenta, pues un barco tendría que tirar de dos. Al segundo día y después de terminar la preparación de la comida junto con Mario, mi curiosidad y nuestros pasos nos llevaron a la zona mas alejada de la cocina, donde nunca antes habíamos estado. De pronto escuchamos un grito y un sollozo acompañado de carcajadas de una segunda persona. Mario y yo nos miramos para corroborar que ambos habíamos escuchado aquello, y apresuramos nuestro paso hasta el lugar de donde procedía tal algarabía. Algo muy frío recorrió mis venas, y como pude comprobar después, a Mario debió pasarle también. En un rincón de la sala, cuatro hombres tenían sujeta a una joven esclava. Mientras tres de ellos la sujetaban, el cuarto le propinaba golpes y se reía. Ella se resistía a pesar de todo, pero sus fuerzas le traicionaron dándose finalmente por vencida. El cuarto hombre se preparó para una nueva humillación cuando Mario, con un grito, se abalanzó sobre él derribándolo al suelo. Los tres marineros restantes soltaron a la joven esclava y se lanzaron contra Mario. Un segundo después luchábamos codo con codo por nuestras vidas y la de la joven esclava. Éramos dos contra cuatro oponentes, pero no importaba; en nuestra mente no existía el miedo por nuestra integridad, sino el ánimo de impartir justicia y resarcir el daño causado a tanto ser humano.
Cuando desperté tenía un costado vendado y Mario yacía junto a mí. El capitán fue llamado en cuanto abrí los ojos. Me dijo que le habíamos dado un buen susto y que se alegraba de verme de nuevo entre los vivos. Mario tardó un par de días más en despertarse. Estábamos en la casa del marinero de Brunei. Mas tarde me enteraria de lo ocurrido.
Dos semanas después, casi recuperado del todo, el Capitán nos invitó a Mario el cocinero -que no salía de su asombro- y a mí. Por él supimos que nuestra lucha fue a muerte, que matamos a dos de los tres marineros y que el último ya no tendría descendencia, pues nuestro cocinero le había arrancado de cuajo sus partes nobles. Nosotros habíamos salido mejor parados, aunque heridos de gravedad y con más de un golpe en la cabeza que hacía que nuestra memoria más reciente fuese tan difusa. Cuando nos pudieron separar, los hombres del barco negrero nos quisieron linchar, pero previsor como acostumbraba, el capitán había dejado algunos hombres armados a bordo, como bien sabíamos. Cuando llegamos a Brunei, fue puesto en conocimiento de las autoridades el cargamento que llevaba el barco y apresado su capitán. Los esclavos habían sido acogidos por la comunidad y repartidos por los diferentes pueblos. La vida no era nada fácil, pero era mejor sobrevivir libre que atado a una cadena.
El Capitán, con una sonrisa, nos dijo que tenía una sorpresa para nosotros dos, quienes le miramos con cara de asombro. Se abrió la puerta y apareció una jovencita de apenas quince años; una belleza inmaculada con la mirada tímidamente puesta en el suelo. En sus manos, sólo dos flores que nos entregó a Mario y a mí. Cuando lo hizo, su mirada se cruzó con cada uno de nosotros. No sé lo que sintió Mario, pero yo no pude más que maravillarme de lo que me dijo sin haber hablado. Era la joven que habíamos salvado de las garras de aquellos depredadores. En sus ojos puros y transparentes, con el brillo de alguien que empieza a vivir pero que ya ha vivido demasiado, delatando una extraña mezcla de juventud y sabiduría, pudimos leer su silenciosa gratitud por haberla liberado de un mal tan frecuente como el de la tiranía del hombre contra el hombre.
El Capitán nos dijo que estaba todo listo para partir al día siguiente, y que estuviéramos preparados al amanecer. Unas horas después nos despidió la aurora antes de ponernos en marcha.
El día en que nos disponíamos a zarpar, llego un hombre corriendo con un petate a la espalda y saltó justo cuando empezábamos a separarnos del muelle, recogida ya la pasarela. Todos miramos al Capitán que, de pie en el puente, dibujaba media sonrisa. Lo Había conseguido: teníamos cocinero.
Me incorporé a mi trabajo voluntario de ayudante de cocina y pude conocer de primera mano a nuestro nuevo cocinero: Mario, un Italiano de mediana estatura, ancho de espaldas y ojos negros. Era peculiar en su forma de hablar, y por lo que pudimos y apreciamos todos a la hora de la comida, un excelente cocinero con suficientes recursos. Pronto nos dimos cuenta de que no debíamos hacer reproches respecto a su comida, pues nos explicó muy serio que se había marchado del anterior barco ante la falta de aprecio hacia sus guisos.
Llevábamos tres días de viaje cuando el vigía diviso un barco en el horizonte. Según nos anunció el Capitán, parecía navegar a la deriva. Su velamen estaba totalmente destrozado y su palo mayor partido. El Capitán dio orden de acercarse a él para ver si quedaba en la nave tripulación que necesitase ayuda.
Según nos acercamos, la expresión en la cara de nuestro capitán fue cambiando. Al ser yo el único pasajero de abordo, tenía mis privilegios; comía en la mesa del capitán y deambulaba libremente por el barco, de modo que me situé en el puente junto a él. Éste me dijo que no le gustaban nada aquel tipo de barcos. Quise saber de qué tipo de barco se trataba, y me respondió con expresión sombría… “Negreros”.
No sabía el significado de aquello y evité preguntar en esa ocasión, aunque no tardé en descubrirlo, para disgusto personal. Nos fuimos acercando lentamente al barco. Desde la borda nos hacían señas de socorro, y empezamos a percibir un extraño hedor. Era el hedor del sufrimiento, de la angustia, de la desesperación… todo aquello unido al hambre y a la falta de higiene. Todo eso es lo que vieron mis ojos cuando pusimos los pies en ese barco. Un barco de esclavos.
Mis ojos no daban crédito a lo que veían: mujeres y hombres hacinados en la cubierta, bañados en sus propios excrementos, al borde de la extenuación y la desesperación. Un cruce de miradas me indicó que el Capitán opinaba igual que yo. Lo que estaba viendo era inhumano. El Capitán del barco de esclavos nos dio las gracias por prestarles auxilio, y con breves y parcas palabras, explicó que la tempestad les había encontrado desprevenidos y perdiendo el palo mayor y casi todo el velamen. Nos pidió que le remolcasemos al puerto mas próximo, Brunei. Nuestro Capitán accedió, no sin reservas. Al principio, el capitán del barco de esclavos se negó a sus condiciones, pero ante la posibilidad de que se les dejara de nuevo a la deriva, tuvo que aceptarlas de mala gana.
No podíamos evitar que los seres humanos que había en el barco dejaran de ser esclavos, pero si podíamos evitar que murieran por la desidia del hombre. Antes de emprender de nuevo la travesía, mucho más lenta remolcando el otro barco, se alimentó y aseó a las 125 almas que quedaban de los 300 esclavos que componían la partida inicial. Había hombres, mujeres y niños, todos ellos con el terror grabado en la mirada. Mario, nuestro nuevo cocinero, se esmeró para que la comida servida tuviera los suficientes nutrientes para permitirles recuperar sus fuerzas. Esta vez dejó de cantar mientras cocinaba, sustituyendo su habitual desenfado por un ceño fruncido.
He vuelto a quitar la vida a otro ser humano. No me arrepiento pero no es algo con lo que mi espíritu este en paz. Quitar una vida, por miserable que sea, no se olvida y es una espina clavada con la que hay que aprender a vivir.
El Capitán decidió que algunos de nosotros, incluidos Mario el Cocinero y yo, permaneciéramos en el barco de esclavos. Quería que estuvieran bien alimentados y que hubiera siempre alguien pendiente de los movimientos de su tripulación. La travesía sería lenta, pues un barco tendría que tirar de dos. Al segundo día y después de terminar la preparación de la comida junto con Mario, mi curiosidad y nuestros pasos nos llevaron a la zona mas alejada de la cocina, donde nunca antes habíamos estado. De pronto escuchamos un grito y un sollozo acompañado de carcajadas de una segunda persona. Mario y yo nos miramos para corroborar que ambos habíamos escuchado aquello, y apresuramos nuestro paso hasta el lugar de donde procedía tal algarabía. Algo muy frío recorrió mis venas, y como pude comprobar después, a Mario debió pasarle también. En un rincón de la sala, cuatro hombres tenían sujeta a una joven esclava. Mientras tres de ellos la sujetaban, el cuarto le propinaba golpes y se reía. Ella se resistía a pesar de todo, pero sus fuerzas le traicionaron dándose finalmente por vencida. El cuarto hombre se preparó para una nueva humillación cuando Mario, con un grito, se abalanzó sobre él derribándolo al suelo. Los tres marineros restantes soltaron a la joven esclava y se lanzaron contra Mario. Un segundo después luchábamos codo con codo por nuestras vidas y la de la joven esclava. Éramos dos contra cuatro oponentes, pero no importaba; en nuestra mente no existía el miedo por nuestra integridad, sino el ánimo de impartir justicia y resarcir el daño causado a tanto ser humano.
Cuando desperté tenía un costado vendado y Mario yacía junto a mí. El capitán fue llamado en cuanto abrí los ojos. Me dijo que le habíamos dado un buen susto y que se alegraba de verme de nuevo entre los vivos. Mario tardó un par de días más en despertarse. Estábamos en la casa del marinero de Brunei. Mas tarde me enteraria de lo ocurrido.
Dos semanas después, casi recuperado del todo, el Capitán nos invitó a Mario el cocinero -que no salía de su asombro- y a mí. Por él supimos que nuestra lucha fue a muerte, que matamos a dos de los tres marineros y que el último ya no tendría descendencia, pues nuestro cocinero le había arrancado de cuajo sus partes nobles. Nosotros habíamos salido mejor parados, aunque heridos de gravedad y con más de un golpe en la cabeza que hacía que nuestra memoria más reciente fuese tan difusa. Cuando nos pudieron separar, los hombres del barco negrero nos quisieron linchar, pero previsor como acostumbraba, el capitán había dejado algunos hombres armados a bordo, como bien sabíamos. Cuando llegamos a Brunei, fue puesto en conocimiento de las autoridades el cargamento que llevaba el barco y apresado su capitán. Los esclavos habían sido acogidos por la comunidad y repartidos por los diferentes pueblos. La vida no era nada fácil, pero era mejor sobrevivir libre que atado a una cadena.
El Capitán, con una sonrisa, nos dijo que tenía una sorpresa para nosotros dos, quienes le miramos con cara de asombro. Se abrió la puerta y apareció una jovencita de apenas quince años; una belleza inmaculada con la mirada tímidamente puesta en el suelo. En sus manos, sólo dos flores que nos entregó a Mario y a mí. Cuando lo hizo, su mirada se cruzó con cada uno de nosotros. No sé lo que sintió Mario, pero yo no pude más que maravillarme de lo que me dijo sin haber hablado. Era la joven que habíamos salvado de las garras de aquellos depredadores. En sus ojos puros y transparentes, con el brillo de alguien que empieza a vivir pero que ya ha vivido demasiado, delatando una extraña mezcla de juventud y sabiduría, pudimos leer su silenciosa gratitud por haberla liberado de un mal tan frecuente como el de la tiranía del hombre contra el hombre.
El Capitán nos dijo que estaba todo listo para partir al día siguiente, y que estuviéramos preparados al amanecer. Unas horas después nos despidió la aurora antes de ponernos en marcha.



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