Filipinas..."Mamá Elise"
De nuevo tomamos tierra, atracando en el puerto de Vigan al amanecer. Tenia ganas de pisar tierra firme y como pude comprobar en seguida, Mario y Ramón compartían el mismo deseo. Desde que vivimos la aventura en busca de la verdad de Breck el Turco, Ramón se había convertido en un fiel compañero, incorporándose después a nuestro grupo el risueño Mario. Bajamos del barco los tres con la intención de adentrarnos un poco en tierra firme, pues el capitán nos comento que estaríamos una o dos semanas esperando un cargamento que se había demorado, y puesto que el fletador pagaba por la espera, podíamos contar con unos días de merecido descanso.
Habíamos decidido ir a pasar esos días en algún pueblecito del interior para despejarnos de tanta mar y alejarnos del salitre; si permanecíamos en el puerto, continuaríamos viendo las mismas caras y el mismo ambiente que habíamos visto a lo largo de la travesía. No tardé mucho en convencer a Mario y Ramón para cumplir el propósito.
Cogimos un ligero equipaje y nos montamos en una pequeña barca que nos condujo río arriba, hasta una aldea de casitas blancas y techumbre de hoja de palma llamada Lingsat. Nos habíamos alejado lo suficiente como para no ver el mar y estábamos lo bastante cerca como para no perder un día de descanso en el viaje de regreso hasta el puerto.
Preguntamos a los lugareños dónde podíamos encontrar alojamiento. Amablemente nos indicaron que hablásemos con mamá Elise, señalándonos con el dedo la dirección a seguir. Pronto llegamos a una casita un poco más grande que las demás, en lo alto de un pequeño altiplano.
Mamá Elise nos sometió a su inquisitiva mirada y, después de meditar un rato, nos dijo que aceptaría hospedarnos en su casa. Acordamos el precio por dos semanas y se lo pagamos por adelantado. Nos fuimos a dar una vuelta y empezamos a intimar con los lugareños. Nos enteramos de que la razón por la cual nuestra anfitriona respondía por aquel curioso apelativo, Mamá Elise, no era porque tuviera muchos hijos, sino porque cuidaba de todos los hijos de sus vecinas; ella era lo más parecido a una escuela que existía por los alrededores.
Volvimos al anochecer a la casa de Mamá Elise, y durante la cena nos comentó que hacía ya mucho tiempo que no venían extranjeros al pueblo, y que habíamos llegado en un buen momento; se celebraría una fiesta por la llegada de las lluvias en la que todo el pueblo participaría. Los hombres se marcharían dentro de unos días, como era costumbre, para cazar y estar solos, mientras las mujeres preparaban la fiesta. Le indiqué mi interés en acompañar a los hombres, y respondió que no era posible, pues apenas nos conocían y aquella tradición tenía mucho de rito de iniciación social para los más jóvenes. En cambio, nos invitó para que la acompañásemos a ella y a una joven que estaba a punto de ser madre. La madre primeriza quería subir a la montaña en busca de unas flores con las que quería lavar la ropa de su primer bebé, una costumbre arraigada y portadora de la buena suerte. Aceptamos encantados la oferta de aquel paseo.
Un par de días después de nuestra llegada, mamá Elise nos habló confidencialmente para pedirnos un favor; había surgido un problema de organización en la fiesta, y no podría ir con nosotros a buscar las flores para el futuro bebé. Nos ofrecimos cortésmente para acompañar a la joven embarazada en su pequeña excursión.
El día amaneció esplendido. Me levanté y me asome a la puerta de la casa, donde ya se encontraba Mario. Cerré los ojos y aspiré el olor de la mañana; era algo que había aprendido de Mario y se convirtió para mí en costumbre. Mamá Elise nos había preparado un ligero almuerzo para que pasáramos el día fuera. María, que así se llamaba la joven, nos estaba esperando cuando volvimos a salir de la casa poco después. Juntos partimos hacia la montaña en busca de las flores.
Llevábamos tres horas andando cuando observé que María se echaba con frecuencia las manos a la espalda y se detenía de repente. Pensé en un principio que se trataba de fatiga, pues habíamos ido ascendiendo por el camino a buen paso, y además volvió a continuar andando. Unos metros más adelante, de su garganta surgió un gemido de dolor. Mario y Ramón, que al igual que yo habían estado pendientes de sus movimientos, la cogieron para que no cayera al suelo. La preguntamos qué le ocurría, y ella nos dijo que el bebé se había adelantado. Nuestras caras de consternación fueron dignas de verse, pues ninguno de nosotros estaba preparado para tal situación. Hicimos un esfuerzo y subimos un poco más por la pendiente, hasta donde existía un pequeño claro, y tumbamos a María a la sombra de dos árboles. Ramón estaba petrificado, alternando su mirada entre la joven y nosotros. Mario no paraba de moverse de un lado a otro, sin dejar de hablar atropelladamente. Yo, sin saber más que mis camaradas sobre el modo de proceder en tal tesitura, sostenía la mano de la muchacha, que se retorcía por las molestias del parto inminente.
Entre muecas de dolor, tuvo que ser la joven quien nos indicara que pidiésemos ayuda en la aldea, de manera que Mario echó a correr ladera abajo. No había recorrido más que unos metros cuando tropezó aparatosamente y se dio de bruces contra el suelo. La joven María no pudo evitar reírse ante tan cómica situación. Mario se levantó apresuradamente y empezó a correr de nuevo, pero cuál no fue mi asombro cuando le vi llegar de nuevo junto a nosotros. Le pregunté porqué había regresado, se golpeó con la mano en la frente castigando su despiste y volvió a ponerse en marcha en la dirección correcta. Tales eran los nervios que el pánico nos nublaba la cabeza.
María nos indico que la incorporásemos y apoyáramos su espalda contra uno de los árboles. Dijo que no creía que pudiese aguantar hasta que llegara la ayuda, y que en tal caso tendríamos que ser nosotros quien la asistiéramos. Cada vez era más irreal la situación, pero con mayor o menor acierto fuimos siguiendo sus instrucciones. Mientras uno la sujetaba, el otro esperaba al bebe. Era un momento crítico y tenso. Los gemidos de María dieron paso a los gritos. Yo observaba a Ramón, pues cada vez le veía mas lívido, si bien no debía yo de tener mejor aspecto. En aquellos instantes no pensaba en nada; estaba aturdido y conmocionado por el momento. De pronto, con un grito estremecedor, entre las piernas de la joven Maria apareció la cabeza del pequeño. Ella, entre jadeos, me indicó que lo cogiera, y sin saber cómo agarre delicadamente al bebe por la cabeza y fui sujetando su cuerpo según iba empujando su madre. Ramón, con los ojos como platos, no perdía detalle del momento. Unos minutos después tenía al pequeño -que resultó ser un varón de aspecto sano- entre mis manos, mientras su madre nos indicaba que debíamos anudar algo al cordón que les unía para cortarlo después y darle un pequeño cachete en el culo al bebé. Hecho esto, el niño empezó a llorar, y quitándome la camisa lo envolví en ella para acomodarlo después en el regazo de su madre.
Me alejé unos pasos con las lágrimas corriendo por mis mejillas, tal era la emoción que me embargaba. Yo, Racsol de Tulohan, había participado del milagro de la vida ayudando a traer a aquel pequeño al mundo. Había sido la experiencia más conmovedora de mi larga vida, pero también la más emocionante e intensa.
Ramón se había recompuesto un poco y preguntó a María cómo eran las flores que habían ido a buscar, y si habría de encontrarlas muy lejos de aquel lugar. Ella respondió que no que estaban cerca y se las describió en detalle. Ramón me dijo que volvería enseguida, que él mismo se ocuparía de que ese niño tuviese su ropa lavada con las dichosas flores, como mandaba la tradición.
Más o menos cuatro horas después de salir corriendo, Mario llego con la ayuda del pueblo; venían casi todas las mujeres alborotadas y exhaustas. La sorpresa fue mayor cuando vieron a la joven madre pletórica, con su hijo en brazos. Su sorpresa duro sólo unos segundos, pues no tardaron en ponerse manos a la obra para acomodarles a ambos. Ramón regresó con las flores y se preparó un baño con ellas. Así limpiaron y asearon también al recién nacido y a su madre.
Mamá Elise se acercó a nosotros para pedirnos que cortáramos unas ramas largas con las que construir una especie de camilla. Se acercaba la noche y era conveniente que el bebé y su joven madre descansaran en su hogar. Así lo hicimos, y transportando a turnos la camilla con ayuda de las mujeres, llegamos a la aldea con el ocaso.
El día había sido agotador y lleno de emociones, pero aún así tuve dificultades para conciliar el sueño pensando en aquella experiencia. Imaginé el futuro de aquel niño y deseé que fuese testigo del lado maravilloso del mundo que yo mismo aspiraba a conocer en mis viajes, y que en días como aquel, sentía como cumplido deseo.
Habíamos decidido ir a pasar esos días en algún pueblecito del interior para despejarnos de tanta mar y alejarnos del salitre; si permanecíamos en el puerto, continuaríamos viendo las mismas caras y el mismo ambiente que habíamos visto a lo largo de la travesía. No tardé mucho en convencer a Mario y Ramón para cumplir el propósito.
Cogimos un ligero equipaje y nos montamos en una pequeña barca que nos condujo río arriba, hasta una aldea de casitas blancas y techumbre de hoja de palma llamada Lingsat. Nos habíamos alejado lo suficiente como para no ver el mar y estábamos lo bastante cerca como para no perder un día de descanso en el viaje de regreso hasta el puerto.
Preguntamos a los lugareños dónde podíamos encontrar alojamiento. Amablemente nos indicaron que hablásemos con mamá Elise, señalándonos con el dedo la dirección a seguir. Pronto llegamos a una casita un poco más grande que las demás, en lo alto de un pequeño altiplano.
Mamá Elise nos sometió a su inquisitiva mirada y, después de meditar un rato, nos dijo que aceptaría hospedarnos en su casa. Acordamos el precio por dos semanas y se lo pagamos por adelantado. Nos fuimos a dar una vuelta y empezamos a intimar con los lugareños. Nos enteramos de que la razón por la cual nuestra anfitriona respondía por aquel curioso apelativo, Mamá Elise, no era porque tuviera muchos hijos, sino porque cuidaba de todos los hijos de sus vecinas; ella era lo más parecido a una escuela que existía por los alrededores.
Volvimos al anochecer a la casa de Mamá Elise, y durante la cena nos comentó que hacía ya mucho tiempo que no venían extranjeros al pueblo, y que habíamos llegado en un buen momento; se celebraría una fiesta por la llegada de las lluvias en la que todo el pueblo participaría. Los hombres se marcharían dentro de unos días, como era costumbre, para cazar y estar solos, mientras las mujeres preparaban la fiesta. Le indiqué mi interés en acompañar a los hombres, y respondió que no era posible, pues apenas nos conocían y aquella tradición tenía mucho de rito de iniciación social para los más jóvenes. En cambio, nos invitó para que la acompañásemos a ella y a una joven que estaba a punto de ser madre. La madre primeriza quería subir a la montaña en busca de unas flores con las que quería lavar la ropa de su primer bebé, una costumbre arraigada y portadora de la buena suerte. Aceptamos encantados la oferta de aquel paseo.
Un par de días después de nuestra llegada, mamá Elise nos habló confidencialmente para pedirnos un favor; había surgido un problema de organización en la fiesta, y no podría ir con nosotros a buscar las flores para el futuro bebé. Nos ofrecimos cortésmente para acompañar a la joven embarazada en su pequeña excursión.
El día amaneció esplendido. Me levanté y me asome a la puerta de la casa, donde ya se encontraba Mario. Cerré los ojos y aspiré el olor de la mañana; era algo que había aprendido de Mario y se convirtió para mí en costumbre. Mamá Elise nos había preparado un ligero almuerzo para que pasáramos el día fuera. María, que así se llamaba la joven, nos estaba esperando cuando volvimos a salir de la casa poco después. Juntos partimos hacia la montaña en busca de las flores.
Llevábamos tres horas andando cuando observé que María se echaba con frecuencia las manos a la espalda y se detenía de repente. Pensé en un principio que se trataba de fatiga, pues habíamos ido ascendiendo por el camino a buen paso, y además volvió a continuar andando. Unos metros más adelante, de su garganta surgió un gemido de dolor. Mario y Ramón, que al igual que yo habían estado pendientes de sus movimientos, la cogieron para que no cayera al suelo. La preguntamos qué le ocurría, y ella nos dijo que el bebé se había adelantado. Nuestras caras de consternación fueron dignas de verse, pues ninguno de nosotros estaba preparado para tal situación. Hicimos un esfuerzo y subimos un poco más por la pendiente, hasta donde existía un pequeño claro, y tumbamos a María a la sombra de dos árboles. Ramón estaba petrificado, alternando su mirada entre la joven y nosotros. Mario no paraba de moverse de un lado a otro, sin dejar de hablar atropelladamente. Yo, sin saber más que mis camaradas sobre el modo de proceder en tal tesitura, sostenía la mano de la muchacha, que se retorcía por las molestias del parto inminente.
Entre muecas de dolor, tuvo que ser la joven quien nos indicara que pidiésemos ayuda en la aldea, de manera que Mario echó a correr ladera abajo. No había recorrido más que unos metros cuando tropezó aparatosamente y se dio de bruces contra el suelo. La joven María no pudo evitar reírse ante tan cómica situación. Mario se levantó apresuradamente y empezó a correr de nuevo, pero cuál no fue mi asombro cuando le vi llegar de nuevo junto a nosotros. Le pregunté porqué había regresado, se golpeó con la mano en la frente castigando su despiste y volvió a ponerse en marcha en la dirección correcta. Tales eran los nervios que el pánico nos nublaba la cabeza.
María nos indico que la incorporásemos y apoyáramos su espalda contra uno de los árboles. Dijo que no creía que pudiese aguantar hasta que llegara la ayuda, y que en tal caso tendríamos que ser nosotros quien la asistiéramos. Cada vez era más irreal la situación, pero con mayor o menor acierto fuimos siguiendo sus instrucciones. Mientras uno la sujetaba, el otro esperaba al bebe. Era un momento crítico y tenso. Los gemidos de María dieron paso a los gritos. Yo observaba a Ramón, pues cada vez le veía mas lívido, si bien no debía yo de tener mejor aspecto. En aquellos instantes no pensaba en nada; estaba aturdido y conmocionado por el momento. De pronto, con un grito estremecedor, entre las piernas de la joven Maria apareció la cabeza del pequeño. Ella, entre jadeos, me indicó que lo cogiera, y sin saber cómo agarre delicadamente al bebe por la cabeza y fui sujetando su cuerpo según iba empujando su madre. Ramón, con los ojos como platos, no perdía detalle del momento. Unos minutos después tenía al pequeño -que resultó ser un varón de aspecto sano- entre mis manos, mientras su madre nos indicaba que debíamos anudar algo al cordón que les unía para cortarlo después y darle un pequeño cachete en el culo al bebé. Hecho esto, el niño empezó a llorar, y quitándome la camisa lo envolví en ella para acomodarlo después en el regazo de su madre.
Me alejé unos pasos con las lágrimas corriendo por mis mejillas, tal era la emoción que me embargaba. Yo, Racsol de Tulohan, había participado del milagro de la vida ayudando a traer a aquel pequeño al mundo. Había sido la experiencia más conmovedora de mi larga vida, pero también la más emocionante e intensa.
Ramón se había recompuesto un poco y preguntó a María cómo eran las flores que habían ido a buscar, y si habría de encontrarlas muy lejos de aquel lugar. Ella respondió que no que estaban cerca y se las describió en detalle. Ramón me dijo que volvería enseguida, que él mismo se ocuparía de que ese niño tuviese su ropa lavada con las dichosas flores, como mandaba la tradición.
Más o menos cuatro horas después de salir corriendo, Mario llego con la ayuda del pueblo; venían casi todas las mujeres alborotadas y exhaustas. La sorpresa fue mayor cuando vieron a la joven madre pletórica, con su hijo en brazos. Su sorpresa duro sólo unos segundos, pues no tardaron en ponerse manos a la obra para acomodarles a ambos. Ramón regresó con las flores y se preparó un baño con ellas. Así limpiaron y asearon también al recién nacido y a su madre.
Mamá Elise se acercó a nosotros para pedirnos que cortáramos unas ramas largas con las que construir una especie de camilla. Se acercaba la noche y era conveniente que el bebé y su joven madre descansaran en su hogar. Así lo hicimos, y transportando a turnos la camilla con ayuda de las mujeres, llegamos a la aldea con el ocaso.
El día había sido agotador y lleno de emociones, pero aún así tuve dificultades para conciliar el sueño pensando en aquella experiencia. Imaginé el futuro de aquel niño y deseé que fuese testigo del lado maravilloso del mundo que yo mismo aspiraba a conocer en mis viajes, y que en días como aquel, sentía como cumplido deseo.



1 comentarios:
soy una seguidora de este relato y espero ke siempre sea asi,intrigante,aventurero,humano y sobre todo atrayente para llegar hasta el final.
ya sabes kien soy ..jajaja
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