Camino a Filipinas... "Isernia"
Aún recuerdo aquellos días con total claridad. Fueron de un intenso aprendizaje, en todos los sentidos. La personalidad de Mario era arrolladora; todos los componentes de la tripulación estaban encantados con sus guisos, con su vitalidad y su buen humor. Pero no había que confundirse; tenía su peculiar manera de ser. Había algo en sus ojos que delataban ciertos tormentos.
Entre Brunei y Filipinas pudimos conocernos mejor, y comprobé de primera mano su calidad humana. Como todo hombre, tenía una historia. Y como todo hombre, un momento de debilidad. Unas noches antes de llegar a Filipinas, después de un largo día de trabajo, salimos como se había hecho costumbre en nosotros a respirar aire fresco antes de nuestro merecido descanso. Mario había tomado un poco más de vino de la cuenta. No estaba ebrio, aunque su mirada había cambiado y estaba más alegre y elocuente de lo normal. Estaba en ese estado en el que los sentimientos y la euforia liberan la mente y las palabras. Al principio, compartimos aquellos instantes con algún que otro marinero, pero al poco nos quedamos solos, tan sólo acompañados por los susurros de la brisa marina y el canto del mar acariciando el casco del barco. Durante unos minutos permanecimos en silencio observando las estrellas, hasta que Mario empezó a hablar:
-Hace mucho tiempo que no hablo con nadie de esto. Hecho de menos mi pueblo ¿te he hablado de él?
No contesté y me limité a mirarle. En mi silencio estaba implícita la respuesta, pues él no hablaba conmigo sino con sus propios recuerdos.
“Es un pueblecito rodeado de montañas, en el centro de Italia. Se llama Isernia… hace ya muchos años que me marché de allí con un promesa en los labios… no se si podré cumplirla y si me esperará quien recibió aquella promesa.
Aún recuerdo el aroma del café recién hecho, el del pan horneándose y los complacidos ojos de mi madre observando cómo tomaba el desayuno antes de salir al campo. Recuerdo como cada mañana, al salir por la puerta de casa, aspiraba con fuerza el aire matutino para llenarme de él. Mi madre me enseñó todo lo que sé sobre la cocina. Siempre intentaba terminar lo antes posible para poder estar con ella mientras preparaba la comida. Mi padre movía la cabeza, pues no entendía que me gustaran todos los entresijos y tejemanejes de la cocina, y mis hermanos se burlaban y reían de mí. Pero mi madre sabía de mi pasión y hacía todo lo posible por enseñarme. Con el tiempo me convertí en cocinero terminé trabajando en la casa de verano del Gobernador.
Todavía recuerdo la primera vez que la vi. Fue al principio del verano. Me había levantado pronto para prepararme, pues ese día tenía una prueba de cocina en casa del Gobernador y quería que todo saliera bien. Empecé la mañana como siempre, con el café recién hecho de mi madre y el olor del pan tierno cociéndose.
Cuando llegué a primera hora al lugar de la cita, descubrí una estampa increíble tras una cerca de blanca madera; un jardín precioso oliendo a romero y hierba recién cortada, lleno de flores y de un intenso verde bañado por los tímidos rayos del comienzo del día, con esa luz especial que hace que todo se convierta en un cuento de hadas. Al fondo había una gran casa de dos alturas, y delante, bajo una cubierta de lino blanco, el gobernador estaba tomando el desayuno con su familia. Me acerqué lleno de nervios pero tratando de aparentar seguridad, cuando unas risas hicieron que me quedara clavado en el sitio y girara la cabeza. Nuestras miradas se cruzaron por primera vez… Adrianna… Así se llamaba. Claro está que su nombre lo supe después, pero aquel momento mágico es algo que quedó grabado a fuego en mi memoria y que recuerdo como si fuera un sueño. Sus ojos negros me tenían hechizado. Su sonrisa, prisionero… Un carraspeo me sacó de aquel estado y con paso apresurado terminé de llegar ante la presencia del gobernador. Ese día me esmeré tanto que conseguí el trabajo. No podía perderlo, pues acababa de encontrarme con la futura mujer de mis hijos… o eso creía yo.
Empecé como segundo cocinero, pues era muy joven como para ser el primero. Auque tenía mejores conocimientos y talentos en la cocina que Giuseppe, que era quien ostentaba aquel cargo. Todos los días me tomaba un descanso entre la comida y la cena y salía por la parte de atrás de la casa a dar un paseo por el campo. Aunque me encantaba la cocina, añoraba el aire limpio y puro.
Una de esas tardes el destino hizo que mis pasos se dirigieran hacia un pequeño lago cercano. Quería darme un baño, pues en pleno verano el calor era ya sofocante y necesitaba refrescarme y nadar un rato. Me despojé de mi ropa y me lancé al agua. Después del primer chapuzón cerré los ojos y disfruté de la sensación de frescor y libertad que me embargaba, cuando una risa me hizo girar la cabeza sobresaltado, pues creía estar solo. Era Adriana, que como yo, estaba dándose un baño, aunque al verme llegar se había escondido tras un árbol caído a la orilla del lago.
Nos saludamos tímidamente. Le pregunté que hacia allí, y ella me pidió que no se lo dijera a su padre, pues solía aprovechar la siesta para bañarse y regresar antes de que todos despertaran. Le dije que su secreto estaba a salvo conmigo.
Después de ese día, las visitas al lago se transformaron en rutina. Entre juegos, risas y confidencias, me enamoré locamente de ella. Me acostaba recreado en su imagen, me levantaba pensando en ella… soñaba con ella aún en los momentos de vigilia. A punto de terminarse el verano, y antes de que se marchara, le declaré mi amor. Ella, llorando, se abalanzó sobre mis brazos y por fin pude besar tan ansiado rostro. Me dijo que había estado esperando todo el verano ese preciso momento, y que ahora que nos habíamos sincerado, ella tendría que marcharse… Repentinamente se separó de mí y mirándome con un brillo especial, me dijo que tenía una idea. Se marchó corriendo, dejándome sin palabras y con la incertidumbre dibujada en mi rostro.
Esa noche, después de la cena y antes de retirarme a descansar, fui llamado por el Gobernador, que me halagó por mis servicios. Le gustaba mucho el toque especial que ponía en mis guisos. Después de mostrarme tal gratitud, me invitó a acudir a Roma con ellos.
No cabía en mí de gozo. Esa noche no pude dormir, deseando que llegara la tarde para tomarme mi descanso y poder contarle a Adrianna las buenas noticias. Y como cada tarde, allí estaba ella esperándome. Le relataba lo sucedido cuando me di cuenta; ella estaba satisfecha y henchida de gozo, pues había sido idea suya. Me lo confesó después: entre su hermana y ella, habían convencido a su padre de que seria buena idea tener un cocinero como yo en Roma, especialmente apropiado para sorprender a los invitados con mi juventud y buen hacer.
No pude más que sorprenderme de su idea y de cómo habían manipulado la situación a nuestro favor. Después de nuestro baño, nos fuimos a un claro en la arboleda que habíamos descubierto oculto a las miradas. Rodeándola con mis brazos, fui devorándola a besos, y por primera vez hicimos el amor. Nuestra entrega fue tal que suplió con creces nuestra falta de experiencia.
Dormía placidamente después de las emociones del día, cuando fui despertado por un tierno beso. Levanté sobresaltado, aunque se trataba de Adrianna… ella puso un dedo en mis labios obligándome a guardar silencio. Después se levantó y dejó caer su ropa de cama, ofreciéndome una vista espectacular de su esbelto cuerpo bañado por la luz de la luna que atravesaba mi ventana. Ella no perdía de vista mis ojos, y los míos no perdían de vista cada detalle de sus curvas. Durante unos minutos disfrutamos observándonos el uno a el otro, y después me acerqué a ella y nos estrechamos. El contacto de nuestra piel me hizo sentir un escalofrío y un suspiro surgió de mi garganta. Ese momento fue tan especial que no quería que se acabara nunca. Nos tumbamos en mi lecho y así, abrazados, simplemente sintiéndonos uno cerca del otro, caímos en un justo sueño.
Llegamos a Roma. Nuestro romance sólo era conocido por Sidonia, la hermana de Adriana, un año menor que ella. En la casa de Roma se hacían difíciles y peligrosos nuestros encuentros y más de una vez Sidonia nos salvó de ser descubiertos. Poco a poco fuimos distanciando los encuentros, por prudencia según decíamos, aunque no eras así. Había algo más…
A los seis meses de comenzar nuestra estancia en Roma, nuestros encuentros se redujeron a uno por cada quince días, sólo durante la noche, sin la pasión que habían tenido al principio. Sólo quedaba de aquello el deseo de dos cuerpos jóvenes que se atraen y necesitan. Poco a poco, continuaron espaciándose nuestros encuentros hasta que no hubo más. Adrianna entró en sociedad y estaba atareada acompañando a sus padres o asistiendo a actos oficiales. Aproximadamente un año después de nuestra llegada a la ciudad, se anunció su compromiso con un joven abogado hijo de una de las familias más importantes de Roma.
Durante ese tiempo, Sidonia se había convertido en una buena amiga y confidente, haciéndonos mutua compañía. Era una mujer inteligente y de grandes inquietudes, que me enseñó primero a leer y escribir y después todos los conocimientos de los que hoy dispongo. El amor que creí sentir por su hermana se quedó en un bonito recuerdo y me dediqué de lleno a aprender y obtener toda la cultura que mi amiga me brindaba.
Había decidido marcharme de la casa del gobernador tras la boda de Adriana, y así se lo comuniqué a éste, quien me dijo que le apenaba mi partida pero que comprendía que quisiera mejorar y explorar nuevas posibilidades. No sabía que nuestra conversación había sido escuchada por alguien más… Resulto extraño que Sidonia desapareciera de pronto. Hacía varios días que no la veía y estaba preocupado por ella. Esa noche vino a verme Adriana, se sentó en el borde de mi cama y con calma habló conmigo. Me explicó que lo nuestro nunca había sido amor verdadero, que había sido fruto del hechizo del verano y de nuestra juventud. Era cierto que nos atraíamos, pero si alguna vez existió amor, fue más bien una mera ilusión. Afirmé con la cabeza concediéndole la razón. Después me dijo estar preocupada por Sidonia. Le pregunté por su paradero, y me dijo que había ido unos días a la casa de Isernia, pues necesitaba pensar. Al parecer, estaba muy disgustada. Quise conocer los motivos… Adriana, mirándome con sus profundos ojos negros, con la luna reflejada en ellos me dijo: el motivo eres tú.
Aquella noche no pude dormir. A la mañana siguiente pedí permiso para ausentarme durante unos días con la excusa de regresar a mi pueblo natal para arreglar ciertos asuntos.
Llegue a Isernia directamente, a la casa del gobernador donde hacia casi dos años que había estado, como aquella primera vez de principios del verano, pero en esta ocasión, durante un atardecer. Traspasé la cerca de madrera y dirigí mis pasos hacia la casa cuando la divisé a lo lejos, en la pradera.
En aquel momento lo comprendí. Mi pulso se aceleró. Mi corazón latía tan deprisa que creí que estallaría, y un nudo en el estómago me dejaba sin respiración. Me acerqué a ella. Se volvió para mirarme. Me perdí en el profundo azul de sus ojos y leí todo el dolor que sentía. Cómo pude haber estado tan ciego…
Me senté junto a ella y allí, en ese prado bañado por la luz del atardecer, acariciados por la tibia brisa veraniega, sin hablar con palabras, nos dijimos todo lo que jamás nos habíamos dicho; lo que ella sabía y yo había ignorado.
Pasaron los días como si fueran horas. Había decidido que yo me marcharía para hacer fortuna y regresaría después a buscarla. Ella no quería. Me dijo que renunciaría a todo; que sólo quería estar junto a mi. Pero fui un joven orgulloso y me marché prometiéndole que volvería a por ella, y arrancándole la promesa de esperarme…”
Un débil sollozo me indicó que había terminado, que todo lo que llevaba dentro y le atormentaba había salido fuera. Decir nada podía, pero sí apretar su hombro con mi mano pora que encontrase en mi gesto una comprensión y apoyo que tal vez necesitaba.
Me miró con lágrimas en los ojos y una sonrisa.
-¿Sabes? He ahorrado hasta la última moneda que he cobrado. Cuando este barco regrese de vuelta de su viaje, yo volveré a buscarla…- me deseó buenas noches y se marchó a su camarote.
Me dejó con mis pensamientos. Pensé en su historia, en cómo se suceden las cosas de nuestro entorno en las que no reparamos, hasta que comprendemos cuánto las apreciamos al sentir su falta. Lo mismo nos ocurre a unos con otros; nos habituamos a quien tenemos a nuestro lado, y olvidamos agradecerles su permanencia. Y es que el amor más intenso se inspira también de las ausencias…
La noche era espléndida y sin darme cuenta me quedé dormido en la cubierta, mecido por las olas del mar, acunado por la nana que cantaba la brisa marina.
Entre Brunei y Filipinas pudimos conocernos mejor, y comprobé de primera mano su calidad humana. Como todo hombre, tenía una historia. Y como todo hombre, un momento de debilidad. Unas noches antes de llegar a Filipinas, después de un largo día de trabajo, salimos como se había hecho costumbre en nosotros a respirar aire fresco antes de nuestro merecido descanso. Mario había tomado un poco más de vino de la cuenta. No estaba ebrio, aunque su mirada había cambiado y estaba más alegre y elocuente de lo normal. Estaba en ese estado en el que los sentimientos y la euforia liberan la mente y las palabras. Al principio, compartimos aquellos instantes con algún que otro marinero, pero al poco nos quedamos solos, tan sólo acompañados por los susurros de la brisa marina y el canto del mar acariciando el casco del barco. Durante unos minutos permanecimos en silencio observando las estrellas, hasta que Mario empezó a hablar:
-Hace mucho tiempo que no hablo con nadie de esto. Hecho de menos mi pueblo ¿te he hablado de él?
No contesté y me limité a mirarle. En mi silencio estaba implícita la respuesta, pues él no hablaba conmigo sino con sus propios recuerdos.
“Es un pueblecito rodeado de montañas, en el centro de Italia. Se llama Isernia… hace ya muchos años que me marché de allí con un promesa en los labios… no se si podré cumplirla y si me esperará quien recibió aquella promesa.
Aún recuerdo el aroma del café recién hecho, el del pan horneándose y los complacidos ojos de mi madre observando cómo tomaba el desayuno antes de salir al campo. Recuerdo como cada mañana, al salir por la puerta de casa, aspiraba con fuerza el aire matutino para llenarme de él. Mi madre me enseñó todo lo que sé sobre la cocina. Siempre intentaba terminar lo antes posible para poder estar con ella mientras preparaba la comida. Mi padre movía la cabeza, pues no entendía que me gustaran todos los entresijos y tejemanejes de la cocina, y mis hermanos se burlaban y reían de mí. Pero mi madre sabía de mi pasión y hacía todo lo posible por enseñarme. Con el tiempo me convertí en cocinero terminé trabajando en la casa de verano del Gobernador.
Todavía recuerdo la primera vez que la vi. Fue al principio del verano. Me había levantado pronto para prepararme, pues ese día tenía una prueba de cocina en casa del Gobernador y quería que todo saliera bien. Empecé la mañana como siempre, con el café recién hecho de mi madre y el olor del pan tierno cociéndose.
Cuando llegué a primera hora al lugar de la cita, descubrí una estampa increíble tras una cerca de blanca madera; un jardín precioso oliendo a romero y hierba recién cortada, lleno de flores y de un intenso verde bañado por los tímidos rayos del comienzo del día, con esa luz especial que hace que todo se convierta en un cuento de hadas. Al fondo había una gran casa de dos alturas, y delante, bajo una cubierta de lino blanco, el gobernador estaba tomando el desayuno con su familia. Me acerqué lleno de nervios pero tratando de aparentar seguridad, cuando unas risas hicieron que me quedara clavado en el sitio y girara la cabeza. Nuestras miradas se cruzaron por primera vez… Adrianna… Así se llamaba. Claro está que su nombre lo supe después, pero aquel momento mágico es algo que quedó grabado a fuego en mi memoria y que recuerdo como si fuera un sueño. Sus ojos negros me tenían hechizado. Su sonrisa, prisionero… Un carraspeo me sacó de aquel estado y con paso apresurado terminé de llegar ante la presencia del gobernador. Ese día me esmeré tanto que conseguí el trabajo. No podía perderlo, pues acababa de encontrarme con la futura mujer de mis hijos… o eso creía yo.
Empecé como segundo cocinero, pues era muy joven como para ser el primero. Auque tenía mejores conocimientos y talentos en la cocina que Giuseppe, que era quien ostentaba aquel cargo. Todos los días me tomaba un descanso entre la comida y la cena y salía por la parte de atrás de la casa a dar un paseo por el campo. Aunque me encantaba la cocina, añoraba el aire limpio y puro.
Una de esas tardes el destino hizo que mis pasos se dirigieran hacia un pequeño lago cercano. Quería darme un baño, pues en pleno verano el calor era ya sofocante y necesitaba refrescarme y nadar un rato. Me despojé de mi ropa y me lancé al agua. Después del primer chapuzón cerré los ojos y disfruté de la sensación de frescor y libertad que me embargaba, cuando una risa me hizo girar la cabeza sobresaltado, pues creía estar solo. Era Adriana, que como yo, estaba dándose un baño, aunque al verme llegar se había escondido tras un árbol caído a la orilla del lago.
Nos saludamos tímidamente. Le pregunté que hacia allí, y ella me pidió que no se lo dijera a su padre, pues solía aprovechar la siesta para bañarse y regresar antes de que todos despertaran. Le dije que su secreto estaba a salvo conmigo.
Después de ese día, las visitas al lago se transformaron en rutina. Entre juegos, risas y confidencias, me enamoré locamente de ella. Me acostaba recreado en su imagen, me levantaba pensando en ella… soñaba con ella aún en los momentos de vigilia. A punto de terminarse el verano, y antes de que se marchara, le declaré mi amor. Ella, llorando, se abalanzó sobre mis brazos y por fin pude besar tan ansiado rostro. Me dijo que había estado esperando todo el verano ese preciso momento, y que ahora que nos habíamos sincerado, ella tendría que marcharse… Repentinamente se separó de mí y mirándome con un brillo especial, me dijo que tenía una idea. Se marchó corriendo, dejándome sin palabras y con la incertidumbre dibujada en mi rostro.
Esa noche, después de la cena y antes de retirarme a descansar, fui llamado por el Gobernador, que me halagó por mis servicios. Le gustaba mucho el toque especial que ponía en mis guisos. Después de mostrarme tal gratitud, me invitó a acudir a Roma con ellos.
No cabía en mí de gozo. Esa noche no pude dormir, deseando que llegara la tarde para tomarme mi descanso y poder contarle a Adrianna las buenas noticias. Y como cada tarde, allí estaba ella esperándome. Le relataba lo sucedido cuando me di cuenta; ella estaba satisfecha y henchida de gozo, pues había sido idea suya. Me lo confesó después: entre su hermana y ella, habían convencido a su padre de que seria buena idea tener un cocinero como yo en Roma, especialmente apropiado para sorprender a los invitados con mi juventud y buen hacer.
No pude más que sorprenderme de su idea y de cómo habían manipulado la situación a nuestro favor. Después de nuestro baño, nos fuimos a un claro en la arboleda que habíamos descubierto oculto a las miradas. Rodeándola con mis brazos, fui devorándola a besos, y por primera vez hicimos el amor. Nuestra entrega fue tal que suplió con creces nuestra falta de experiencia.
Dormía placidamente después de las emociones del día, cuando fui despertado por un tierno beso. Levanté sobresaltado, aunque se trataba de Adrianna… ella puso un dedo en mis labios obligándome a guardar silencio. Después se levantó y dejó caer su ropa de cama, ofreciéndome una vista espectacular de su esbelto cuerpo bañado por la luz de la luna que atravesaba mi ventana. Ella no perdía de vista mis ojos, y los míos no perdían de vista cada detalle de sus curvas. Durante unos minutos disfrutamos observándonos el uno a el otro, y después me acerqué a ella y nos estrechamos. El contacto de nuestra piel me hizo sentir un escalofrío y un suspiro surgió de mi garganta. Ese momento fue tan especial que no quería que se acabara nunca. Nos tumbamos en mi lecho y así, abrazados, simplemente sintiéndonos uno cerca del otro, caímos en un justo sueño.
Llegamos a Roma. Nuestro romance sólo era conocido por Sidonia, la hermana de Adriana, un año menor que ella. En la casa de Roma se hacían difíciles y peligrosos nuestros encuentros y más de una vez Sidonia nos salvó de ser descubiertos. Poco a poco fuimos distanciando los encuentros, por prudencia según decíamos, aunque no eras así. Había algo más…
A los seis meses de comenzar nuestra estancia en Roma, nuestros encuentros se redujeron a uno por cada quince días, sólo durante la noche, sin la pasión que habían tenido al principio. Sólo quedaba de aquello el deseo de dos cuerpos jóvenes que se atraen y necesitan. Poco a poco, continuaron espaciándose nuestros encuentros hasta que no hubo más. Adrianna entró en sociedad y estaba atareada acompañando a sus padres o asistiendo a actos oficiales. Aproximadamente un año después de nuestra llegada a la ciudad, se anunció su compromiso con un joven abogado hijo de una de las familias más importantes de Roma.
Durante ese tiempo, Sidonia se había convertido en una buena amiga y confidente, haciéndonos mutua compañía. Era una mujer inteligente y de grandes inquietudes, que me enseñó primero a leer y escribir y después todos los conocimientos de los que hoy dispongo. El amor que creí sentir por su hermana se quedó en un bonito recuerdo y me dediqué de lleno a aprender y obtener toda la cultura que mi amiga me brindaba.
Había decidido marcharme de la casa del gobernador tras la boda de Adriana, y así se lo comuniqué a éste, quien me dijo que le apenaba mi partida pero que comprendía que quisiera mejorar y explorar nuevas posibilidades. No sabía que nuestra conversación había sido escuchada por alguien más… Resulto extraño que Sidonia desapareciera de pronto. Hacía varios días que no la veía y estaba preocupado por ella. Esa noche vino a verme Adriana, se sentó en el borde de mi cama y con calma habló conmigo. Me explicó que lo nuestro nunca había sido amor verdadero, que había sido fruto del hechizo del verano y de nuestra juventud. Era cierto que nos atraíamos, pero si alguna vez existió amor, fue más bien una mera ilusión. Afirmé con la cabeza concediéndole la razón. Después me dijo estar preocupada por Sidonia. Le pregunté por su paradero, y me dijo que había ido unos días a la casa de Isernia, pues necesitaba pensar. Al parecer, estaba muy disgustada. Quise conocer los motivos… Adriana, mirándome con sus profundos ojos negros, con la luna reflejada en ellos me dijo: el motivo eres tú.
Aquella noche no pude dormir. A la mañana siguiente pedí permiso para ausentarme durante unos días con la excusa de regresar a mi pueblo natal para arreglar ciertos asuntos.
Llegue a Isernia directamente, a la casa del gobernador donde hacia casi dos años que había estado, como aquella primera vez de principios del verano, pero en esta ocasión, durante un atardecer. Traspasé la cerca de madrera y dirigí mis pasos hacia la casa cuando la divisé a lo lejos, en la pradera.
En aquel momento lo comprendí. Mi pulso se aceleró. Mi corazón latía tan deprisa que creí que estallaría, y un nudo en el estómago me dejaba sin respiración. Me acerqué a ella. Se volvió para mirarme. Me perdí en el profundo azul de sus ojos y leí todo el dolor que sentía. Cómo pude haber estado tan ciego…
Me senté junto a ella y allí, en ese prado bañado por la luz del atardecer, acariciados por la tibia brisa veraniega, sin hablar con palabras, nos dijimos todo lo que jamás nos habíamos dicho; lo que ella sabía y yo había ignorado.
Pasaron los días como si fueran horas. Había decidido que yo me marcharía para hacer fortuna y regresaría después a buscarla. Ella no quería. Me dijo que renunciaría a todo; que sólo quería estar junto a mi. Pero fui un joven orgulloso y me marché prometiéndole que volvería a por ella, y arrancándole la promesa de esperarme…”
Un débil sollozo me indicó que había terminado, que todo lo que llevaba dentro y le atormentaba había salido fuera. Decir nada podía, pero sí apretar su hombro con mi mano pora que encontrase en mi gesto una comprensión y apoyo que tal vez necesitaba.
Me miró con lágrimas en los ojos y una sonrisa.
-¿Sabes? He ahorrado hasta la última moneda que he cobrado. Cuando este barco regrese de vuelta de su viaje, yo volveré a buscarla…- me deseó buenas noches y se marchó a su camarote.
Me dejó con mis pensamientos. Pensé en su historia, en cómo se suceden las cosas de nuestro entorno en las que no reparamos, hasta que comprendemos cuánto las apreciamos al sentir su falta. Lo mismo nos ocurre a unos con otros; nos habituamos a quien tenemos a nuestro lado, y olvidamos agradecerles su permanencia. Y es que el amor más intenso se inspira también de las ausencias…
La noche era espléndida y sin darme cuenta me quedé dormido en la cubierta, mecido por las olas del mar, acunado por la nana que cantaba la brisa marina.



2 comentarios:
Q historia mas bonita... Llena de ternura y "verdades". Es cierto, a veces no nos damos cuenta de q tenemos personas cerca de nosotros sin percatamos de sus sentimientos porque estamos "cegados por otros". Te repito q me encanta como describes las imagenes, olores, tacto... se nota q eres un buen observador ;) Enhorabuena de nuevo. Ciao caro.
una ternura increible, contada de una manera sublime
Gracias por tus relatos.
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