Al Calor del Fuego
Sólo nos quedaba un día de estancia en la aldea filipina. Era nuestra última noche y después de todo lo que nos había ocurrido en tan poco tiempo sin darnos cuenta, coincidimos en pasarla en compañía de mamá Elise. Ella, viendo la tristeza de la partida en nuestros rostros, preparó un cálido fuego donde asó una cena ligera en un pequeño patio que tenia detrás de su vivienda. Una vez saciado nuestro apetito, nos ofreció un vaso de un delicioso licor que saboreamos lentamente, contemplando la danza de las llamas en silencio.
El calor del fuego, la luz de las estrellas y el aroma de la noche: un momento mágico en el que las mentes y los corazones se abren y dejan salir todo lo que llevan dentro y solicitan compartir.
Mamá Elise, con la mirada perdida en las llamas, comenzó a hablar:
Hace mucho tiempo que no hablo a nadie de esto, pero hoy lo quiero volver a hacerlo. Vosotros habéis hecho renacer el recuerdo de aquellos tiempos, y no quiero dejar escapar la oportunidad de compartir este trozo de mi vida. Tú, Racsol de Tulohan, buscador de cuentos, historias y leyendas, no abandonarás esta humilde aldea sin llevarte algo de gran valor para mí.
Hace muchos años, mis padres llegaron en un barco, como vosotros. Los viajes son muy largos y se dió la circunstancia de que emprendieron el viaje sin saber que mi madre estaba embarazada. El momento del parto se aproximaba y mi padre no quería que eso ocurriera en un mugriento barco, de modo que cuando tocaron puerto, decidieron quedarse y esperar a que yo naciera.
No os voy a contar mi niñez, ni cómo mis padres decidieron quedarse. Les estoy agradecida por ello. Lo que os contaré es el porqué de mi nombre, “Mamá Elise”, ya se que os han dicho que me llaman así porque cuido a todos los niños de la aldea. Es cierto, pero ese nombre viene de otra situación, de otro momento que aún siendo muy doloroso necesito contar, pues vosotros, hombres del mar, con vuestro comportamiento, habéis hecho florecer esos recuerdos y no hay nada mejor para curar el alma que compartir lo que hace sufrir al corazón.
Hizo una pequeña pausa en la que pude observar a mis compañeros, que tenían puesta la mirada en nuestra anfitriona. Me tumbé junto al fuego mirando a las estrellas cuando Mamá Elise se dispuso a continuar su relato. Cerré los ojos y me propuse disfrutar intensamente de él, pues ya tendría tiempo de anotarlo en mi cuaderno.
Pasaron los años, y a mis dieciocho, se produjo un acontecimiento que sólo ocurre cada lustro, en el que se celebra la fiesta de las lluvias de una forma especial. Todas las aldeas de los alrededores -incluida la nuestra- se reúnen en un valle cercano llamado el Valle de la Concordia. El motivo de estos cónclaves es que los jóvenes de todas las aldeas tengan la oportunidad de conocerse y se acuerden matrimonios que sirvan para estrechar sus lazos.
Hasta esa gran reunión de aldeas sólamente había conocido a los chicos de mi aldea, y a todos ellos los consideraba como hermanos, pues nos habíamos criado juntos. Toda la aldea hizo los preparativos para pasar una semana en el Valle de la Concordia. En el ambiente se respiraba alegría y emoción, era una pequeña histeria colectiva. Todo el mundo estaba nervioso antes de la partida, aunque todo se calmó en cuanto partimos.
Llegamos al valle y allí acampamos. A los más jóvenes nos encomendaron distintas tareas; a las muchachas se nos dijo que fuésemos a por agua. Todo estaba perfectamente pensado y preparado para que se produjeran los encuentros entre los más jóvenes, pues de camino al manantial tendríamos que atravesar un pequeño pero frondoso bosque donde habían mandado a cortar leña a los muchachos.
Al día siguiente de llegar se nos había acabado el agua y mi madre me mandó a por más, por lo que me dispuse a ir a por ella buscando la compañía de una amiga que no pudo acompañarme, de forma que tuve que acudir yo sola. Según me acercaba al bosque rezaba para no encontrarme con ningún chico de las otras aldeas. No entendía muy bien que estaba pasando, pero me sentía ruborizar cuando ellos estaban allí. Al internarme en el bosque, bajé la cabeza y apresuré el paso. Sin darme cuenta empecé a correr aún con la mirada en el suelo. De repente tuve un encontronazo y caí rodando por el suelo. Cuando me levanté ví que había tropezado con un chico que me miraba tímidamente, y al igual que yo, estaba rojo de vergüenza… Así fue como conocí a Pedro (1).
Esa noche le busqué entre la muchedumbre en la zona donde se situaban los chicos, y nuestras miradas se cruzaron. Al día siguiente volví yo sola de nuevo a por agua con la esperanza de volver a encontrarlo. Y así ocurrió, pues él estaba esperándome. Se ofreció a acompañarme, a lo que consentí asintiendo con la cabeza, pues mi timidez trababa mis palabras. Desde ese momento pasamos todo el tiempo que pudimos juntos, conversando. Cuando eché una mirada a mi alrededor, como por arte de magia se habían formado muchas parejas entre los jóvenes. La semana de festejos transcurrió muy deprisa y había llegado el momento de las despedidas. Aquella tarde, en el bosque, recibí mi primer beso.
Volvimos a la aldea. Yo sentía una mezcla de sentimientos enfrentados; a la vez que feliz, me encontraba triste, pues no sabía cuando volvería a ver a Pedro. Un mes aproximadamente después de las fiestas, vimos cómo algunos de los chicos de la aldea se marchaban con sus padres, y a los pocos días, para nuestra sorpresa, llegó visita a la aldea… no cabía en mí de gozo, pues había reconocido a Pedro entre los visitantes. Después supe el motivo de la visita: me habían pedido en matrimonio. Mis padres me llamaron y me preguntaron si estaba de acuerdo. De nuevo sin acertar a pronunciar palabra, asentí felizmente con la cabeza.
Un año después de aquello me casé y mi regalo de bodas de Pedro fue esta casa en la que ahora estamos. Poco después de mi boda di la gran noticia a mis padres y mi marido; estaba embarazada. Fueron los nueve meses más hermosos de mi vida, lleno de sensaciones compartidas con el amor de mi esposo. Sentía crecer una nueva vida dentro de mí y se lo trasmitía a Pedro.
Una semana antes de nacer nuestro pequeño, comencé a encontrarme mal. Mi esposo y mis padres no se apartaron de mi lado. Empezó la fiebre y mi vientre se volvió duro. Una de las mujeres que asisten a los partos vino a verme y pude ver cómo miraba a mis padres y negaba con la cabeza. Un sollozo surgió de la garganta de mi marido. De mi garganta solo salía una frase: mi bebé, mi bebé…
Me dieron a beber un brebaje para provocarme el parto. Sabía que mi hijo nacería muerto, pero lo quería estrechar entre mis brazos antes de que se lo llevaran. Veía cruzarse las miradas, pero yo gritaba que quería coger a mi hijo. La matrona me tranquilizó, diciendo que me dejaría ver al pequeño si aquel era mi deseo, pero que primero debía lavarlo y asearme a mi. Ante sus palabras me serené y un poco después, entre sollozos, estreché entre mis brazos el cuerpo inerte del pequeño. Lo habían tapado, pero yo quería verlo. Cuando fui a descubrirlo, la mano de la matrona me sujetó con firmeza, diciéndome que no lo hiciera. Pero yo quería hacerlo. Descubrí su cara, que para mí era el reflejo de un profundo sueño. Grabé en mi mente su rostro angelical y deposité un beso en su frente. Se me partió el corazón; era mi bebé, mi pequeño, era quien había llenado de alegría mi corazón con el anuncio de su llegada, y quien tanto me había hecho sentir en el interior. Después de un tiempo prudencial, me pidieron que les diera al bebé, pero no podía. Era mío…
No pudieron quitármelo hasta que caí dormida por el cansancio. Al día siguiente la casa se llenó de niños, y todos traían flores. Sus padres les habían dicho: acudid a ver a la mamá Elise; llevadla flores para curar su corazón, pues su bebé lo reclamó Dios, y con Él lo llevo al cielo. Así, día tras día, mi casa se llenó de niños y poco a poco me fui acostumbrando a su cariño, a sus risas y sus juegos. Desde ese día, vienen los niños de la aldea y soy para ellos como una segunda madre. Ya es una costumbre que yo no deseo cambiar; no podría vivir sin estar rodeada de su inocencia y de su amor incondicional.
Desde entonces, todos me llaman como me conocéis: Mamá Elise. Sé que en vuestra mente hay una pregunta que ahora voy a responder. Pedro fue paciente durante un tiempo con la esperanza de que cambiara de actitud respecto a tener más hijos, pero ante mi constante negativa, decidió marcharse para fundar una familia. Jamás se lo reprocharé.
Hacía rato que me había incorporado ante el cariz que había tomado el relato y había visto rodar las lágrimas por las mejillas de Mamá Elise mientras lo contaba. No pude más que asombrarme de nuevo; la vida está llena de contradicciones y estaba comprobando que todo estaba compensado en una balanza cuya justicia escapa a nuestras voluntades; no existe dicha sin sufrimiento, ni amor sin desamor, ni odio sin pasión, ni vida sin muerte. Aquello que nos es un día arrebatado, nos puede ser devuelto al siguiente de una forma que jamás hubiésemos imaginado.
(1)Muchos filipinos se convirtieron al catolicismo con la llegada de los españoles en 1521. Cuando la gente se convertía, asumía un nombre Español y un apellido con referencias religiosas, como Santos o De la Cruz.
El calor del fuego, la luz de las estrellas y el aroma de la noche: un momento mágico en el que las mentes y los corazones se abren y dejan salir todo lo que llevan dentro y solicitan compartir.
Mamá Elise, con la mirada perdida en las llamas, comenzó a hablar:
Hace mucho tiempo que no hablo a nadie de esto, pero hoy lo quiero volver a hacerlo. Vosotros habéis hecho renacer el recuerdo de aquellos tiempos, y no quiero dejar escapar la oportunidad de compartir este trozo de mi vida. Tú, Racsol de Tulohan, buscador de cuentos, historias y leyendas, no abandonarás esta humilde aldea sin llevarte algo de gran valor para mí.
Hace muchos años, mis padres llegaron en un barco, como vosotros. Los viajes son muy largos y se dió la circunstancia de que emprendieron el viaje sin saber que mi madre estaba embarazada. El momento del parto se aproximaba y mi padre no quería que eso ocurriera en un mugriento barco, de modo que cuando tocaron puerto, decidieron quedarse y esperar a que yo naciera.
No os voy a contar mi niñez, ni cómo mis padres decidieron quedarse. Les estoy agradecida por ello. Lo que os contaré es el porqué de mi nombre, “Mamá Elise”, ya se que os han dicho que me llaman así porque cuido a todos los niños de la aldea. Es cierto, pero ese nombre viene de otra situación, de otro momento que aún siendo muy doloroso necesito contar, pues vosotros, hombres del mar, con vuestro comportamiento, habéis hecho florecer esos recuerdos y no hay nada mejor para curar el alma que compartir lo que hace sufrir al corazón.
Hizo una pequeña pausa en la que pude observar a mis compañeros, que tenían puesta la mirada en nuestra anfitriona. Me tumbé junto al fuego mirando a las estrellas cuando Mamá Elise se dispuso a continuar su relato. Cerré los ojos y me propuse disfrutar intensamente de él, pues ya tendría tiempo de anotarlo en mi cuaderno.
Pasaron los años, y a mis dieciocho, se produjo un acontecimiento que sólo ocurre cada lustro, en el que se celebra la fiesta de las lluvias de una forma especial. Todas las aldeas de los alrededores -incluida la nuestra- se reúnen en un valle cercano llamado el Valle de la Concordia. El motivo de estos cónclaves es que los jóvenes de todas las aldeas tengan la oportunidad de conocerse y se acuerden matrimonios que sirvan para estrechar sus lazos.
Hasta esa gran reunión de aldeas sólamente había conocido a los chicos de mi aldea, y a todos ellos los consideraba como hermanos, pues nos habíamos criado juntos. Toda la aldea hizo los preparativos para pasar una semana en el Valle de la Concordia. En el ambiente se respiraba alegría y emoción, era una pequeña histeria colectiva. Todo el mundo estaba nervioso antes de la partida, aunque todo se calmó en cuanto partimos.
Llegamos al valle y allí acampamos. A los más jóvenes nos encomendaron distintas tareas; a las muchachas se nos dijo que fuésemos a por agua. Todo estaba perfectamente pensado y preparado para que se produjeran los encuentros entre los más jóvenes, pues de camino al manantial tendríamos que atravesar un pequeño pero frondoso bosque donde habían mandado a cortar leña a los muchachos.
Al día siguiente de llegar se nos había acabado el agua y mi madre me mandó a por más, por lo que me dispuse a ir a por ella buscando la compañía de una amiga que no pudo acompañarme, de forma que tuve que acudir yo sola. Según me acercaba al bosque rezaba para no encontrarme con ningún chico de las otras aldeas. No entendía muy bien que estaba pasando, pero me sentía ruborizar cuando ellos estaban allí. Al internarme en el bosque, bajé la cabeza y apresuré el paso. Sin darme cuenta empecé a correr aún con la mirada en el suelo. De repente tuve un encontronazo y caí rodando por el suelo. Cuando me levanté ví que había tropezado con un chico que me miraba tímidamente, y al igual que yo, estaba rojo de vergüenza… Así fue como conocí a Pedro (1).
Esa noche le busqué entre la muchedumbre en la zona donde se situaban los chicos, y nuestras miradas se cruzaron. Al día siguiente volví yo sola de nuevo a por agua con la esperanza de volver a encontrarlo. Y así ocurrió, pues él estaba esperándome. Se ofreció a acompañarme, a lo que consentí asintiendo con la cabeza, pues mi timidez trababa mis palabras. Desde ese momento pasamos todo el tiempo que pudimos juntos, conversando. Cuando eché una mirada a mi alrededor, como por arte de magia se habían formado muchas parejas entre los jóvenes. La semana de festejos transcurrió muy deprisa y había llegado el momento de las despedidas. Aquella tarde, en el bosque, recibí mi primer beso.
Volvimos a la aldea. Yo sentía una mezcla de sentimientos enfrentados; a la vez que feliz, me encontraba triste, pues no sabía cuando volvería a ver a Pedro. Un mes aproximadamente después de las fiestas, vimos cómo algunos de los chicos de la aldea se marchaban con sus padres, y a los pocos días, para nuestra sorpresa, llegó visita a la aldea… no cabía en mí de gozo, pues había reconocido a Pedro entre los visitantes. Después supe el motivo de la visita: me habían pedido en matrimonio. Mis padres me llamaron y me preguntaron si estaba de acuerdo. De nuevo sin acertar a pronunciar palabra, asentí felizmente con la cabeza.
Un año después de aquello me casé y mi regalo de bodas de Pedro fue esta casa en la que ahora estamos. Poco después de mi boda di la gran noticia a mis padres y mi marido; estaba embarazada. Fueron los nueve meses más hermosos de mi vida, lleno de sensaciones compartidas con el amor de mi esposo. Sentía crecer una nueva vida dentro de mí y se lo trasmitía a Pedro.
Una semana antes de nacer nuestro pequeño, comencé a encontrarme mal. Mi esposo y mis padres no se apartaron de mi lado. Empezó la fiebre y mi vientre se volvió duro. Una de las mujeres que asisten a los partos vino a verme y pude ver cómo miraba a mis padres y negaba con la cabeza. Un sollozo surgió de la garganta de mi marido. De mi garganta solo salía una frase: mi bebé, mi bebé…
Me dieron a beber un brebaje para provocarme el parto. Sabía que mi hijo nacería muerto, pero lo quería estrechar entre mis brazos antes de que se lo llevaran. Veía cruzarse las miradas, pero yo gritaba que quería coger a mi hijo. La matrona me tranquilizó, diciendo que me dejaría ver al pequeño si aquel era mi deseo, pero que primero debía lavarlo y asearme a mi. Ante sus palabras me serené y un poco después, entre sollozos, estreché entre mis brazos el cuerpo inerte del pequeño. Lo habían tapado, pero yo quería verlo. Cuando fui a descubrirlo, la mano de la matrona me sujetó con firmeza, diciéndome que no lo hiciera. Pero yo quería hacerlo. Descubrí su cara, que para mí era el reflejo de un profundo sueño. Grabé en mi mente su rostro angelical y deposité un beso en su frente. Se me partió el corazón; era mi bebé, mi pequeño, era quien había llenado de alegría mi corazón con el anuncio de su llegada, y quien tanto me había hecho sentir en el interior. Después de un tiempo prudencial, me pidieron que les diera al bebé, pero no podía. Era mío…
No pudieron quitármelo hasta que caí dormida por el cansancio. Al día siguiente la casa se llenó de niños, y todos traían flores. Sus padres les habían dicho: acudid a ver a la mamá Elise; llevadla flores para curar su corazón, pues su bebé lo reclamó Dios, y con Él lo llevo al cielo. Así, día tras día, mi casa se llenó de niños y poco a poco me fui acostumbrando a su cariño, a sus risas y sus juegos. Desde ese día, vienen los niños de la aldea y soy para ellos como una segunda madre. Ya es una costumbre que yo no deseo cambiar; no podría vivir sin estar rodeada de su inocencia y de su amor incondicional.
Desde entonces, todos me llaman como me conocéis: Mamá Elise. Sé que en vuestra mente hay una pregunta que ahora voy a responder. Pedro fue paciente durante un tiempo con la esperanza de que cambiara de actitud respecto a tener más hijos, pero ante mi constante negativa, decidió marcharse para fundar una familia. Jamás se lo reprocharé.
Hacía rato que me había incorporado ante el cariz que había tomado el relato y había visto rodar las lágrimas por las mejillas de Mamá Elise mientras lo contaba. No pude más que asombrarme de nuevo; la vida está llena de contradicciones y estaba comprobando que todo estaba compensado en una balanza cuya justicia escapa a nuestras voluntades; no existe dicha sin sufrimiento, ni amor sin desamor, ni odio sin pasión, ni vida sin muerte. Aquello que nos es un día arrebatado, nos puede ser devuelto al siguiente de una forma que jamás hubiésemos imaginado.
(1)Muchos filipinos se convirtieron al catolicismo con la llegada de los españoles en 1521. Cuando la gente se convertía, asumía un nombre Español y un apellido con referencias religiosas, como Santos o De la Cruz.



2 comentarios:
Otra vez lo has conseguido, la historia de Racsol me atrapa y me quedo absorta en la lectura. Me gusta la manera que tienes de contar estos relatos cortos. Por eso escribo este comentario, para animarte a que las aventuras de Racsol sigan una temporadilla.
En tus relatos se nota que tienes muy presente la maternidad y la paternidad, la ternura y el encanto de la infancia. Todo ello aderezado por una forma muy especial de contarlo.
Te felicito por ello.
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