La Voz del Silencio
Bajo la luz de la luna, como era ya costumbre en nosotros, dejamos que nuestro silencio acompañara nuestros pensamientos. Mario, Ramón y yo seguíamos compartiendo esos silencios y creo que todos pensábamos en la pequeña aldea que habíamos dejado atrás. Una semana en el tiempo no es nada comparado con lo que llevábamos en nuestros corazones.
Habíamos vuelto al barco para continuar con nuestro viaje. Las despedidas no son nunca alegres y menos aún cuando se tiene la certeza de no volver a estar junto a las personas a las has aprendido a apreciar. Las lágrimas de Mamá Elise se derramaron sin consuelo y pude sentir su estremecimiento cuando me dio un último abrazo. Con un susurro me dio las gracias por la oportunidad que le habíamos brindado junto a la hoguera, cuando su corazón aligeró parte del peso de su desconsuelo.
Una nube solitaria acunó a la luna entre sus brazos, y durante unos breves instantes dejó de lucir su hermosa luz. Mis pensamientos se dirigieron entonces hacia mis amigos Amkro, Turawet y la pequeña Sarah… Hacia ya mucho tiempo que no sabía de ellos y albergaba la esperanza de que a mi llegada a tierras niponas volviese a tener noticias suyas, pues tal como me enseñó mi amigo el Jeque, utilizaría el correo de los mercaderes antes de empezar la travesía por el mar Índico.
Aspiré el aroma de la noche y presté atención a la canción de las olas; era un momento mágico en el que, si hubiera oído cantar a nuestra sirena indecisa, me hubiera tirado al agua sin pensarlo para ayudarla a mitigar el dolor de su corazón. Era una de esas noches en las que el corazón de los hombres se hincha de tal manera que parte de lo que hay encerrado dentro sale sin ni siquiera reparar en ello. Eso es lo que le ocurrió a nuestro amigo Ramón. El callado y silencioso Ramón…
“Aún cuando cierro los ojos la recuerdo con toda claridad; ni siquiera el haberme marchado al otro lado del mundo ha servido de algo.
Nací y me crié en un pueblecito costero en España. Apenas unos días antes de nacer yo, también nació una niña en casa de nuestros vecinos, que le pusieron por nombre Alejandra. Nos criaron juntos y desde muy pequeñitos fuimos inseparables; íbamos a todos los sitios juntos, agarrados de la mano. Si ella lloraba, yo también. Si yo me hacia daño, ella me consolaba. Éramos como dos hermanos. Fuimos creciendo y pasamos de ser hermanos a amigos. No teníamos secretos el uno con el otro. Aquellos días fueron felices… muy felices.
Nuestros cuerpos y quehaceres diarios fueron cambiando. Ella se convirtió en una hermosa mujer y yo en apuesto joven que empezó a mirarla con otros ojos -y no precisamente con los ojos de un hermano-. Poco a poco nos fuimos distanciando. Sin embargo, continuábamos buscándonos al final del día para contarnos todo lo que nos había pasado con el mismo entusiasmo de siempre. Sólo había un problema, y es que yo no le podía confesar todo como antes; no podía contarle lo que me ocurría cuando la veía, porque no sabía lo que me estaba ocurriendo. Tenía miedo de decirle que… tenía miedo.
Pasó el tiempo. Su actitud conmigo no había cambiado en absoluto, y como siempre, nos reuníamos al atardecer junto a un viejo y destartalado bote para ver la puesta de sol. Era nuestro rincón. Yo estaba perdido. Actuaba como si no me ocurriese nada, pero me encontraba confuso y desconcertado junto a ella. Me había perdido en el fondo de sus ojos negros, en el contorno de su cuello, en el aroma de su sedoso pelo. Me había perdido en su sonrisa y en su voz. Estaba perdido de amor.
De madrugada, solía entrar anónimamente por la ventana de su casa y le dejaba una flor en su almohada. Ella me lo contó y quiso saber si había sido yo el autor de aquellos gestos. Ante el temor de que se me escapara todo lo que sentía y de la sola posibilidad de perderla, lo negué. Seguí haciéndolo todos los días. Me animaba el verla salir con una sonrisa y mi flor en el cabello. Ella me decía que al día siguiente descubriría quien era el galán, que se quedaría despierta toda la noche para sorprender a quien le ponía tan hermosa flor todas las mañanas. Yo sonreía y le animaba, pues sabía que el sueño la vencería a mi favor.
Una noche, después de la puesta de sol, cuando volví a casa, mi madre me esperaba y me dijo que tenía que hablar conmigo. Me sorprendió su pregunta, pues no pensé que fuera tan obvio. Preguntó si me había enamorado de Alejandra. Yo, rojo como la grana, respondí que sí. Con voz serena hizo la pregunta que me hacia yo todos los días; me preguntó la razón por la cual no le confesaba mis sentimientos, a lo que sólo pude responder: no puedo madre... no puedo.
Esa noche y por primera vez en mi vida, mi confidente fue mi madre. Me acurruqué en su regazo y ella me consoló. Le conté todo lo que mi corazón sentía. Le dije que tenía intención de escribir a Alejandra, pero si lo hacía de mi puño y letra, me descubriría y no quería que así fuese. Después de escribirlo en un papel, mi madre lo transcribió, y esa fue la carta que recibió mi amada. Aún recuerdo el texto perfectamente. Cuando ella lo leyó para mí en voz alta, se me quedaron a fuego grabadas sus palabras.
Tan sólo una flor sencilla y aislada
que escaso valor tuviese en la tierra,
confiesa mi secreto más profundo.
Tan sólo una flor en tu pelo anclada,
todo el amor de este corazón encierra,
y en ella a diario te ofrezco el mundo.
Durante un tiempo todo siguió igual; yo era feliz al verla feliz a ella, y poco me importaba que mi madre insistiera en que su admirador revelase al fin su identidad. Sólo pensar en que podría perderla por ello me hacía enfermar. Un día, en nuestro rincón del atardecer, me preguntó si tenía inconveniente en que viniera una amiga suya a acompañarnos. Aunque me sorprendió, respondí que no me importaba, pues sería egoísmo negarse a compartir aquel trocito de mundo con los demás.
Al día siguiente ella acudió acompañada de Margarita. Yo me sentí un tanto incómodo al principio, pero a ellas dos las veía tan a gusto que enseguida comencé a relajarme. Pensé que tendría tiempo para charlar con Alejandra después. Esa tarde fue muy divertida también, y conseguí sentirme cómodo en compañía de ambas. Poco a poco, Margarita se implicó con nosotros; era una joven alegre y entusiasta en todo lo que hacía. Alejandra le contó lo de la flor y el admirador secreto, y cómo siempre se dormía cuando se proponía sorprenderle. Sin darnos cuenta, con el transcurso del tiempo, después de Margarita se fueron incorporando nuevos amigos, tanto hombres como mujeres.
Desde entonces, apenas tuvimos la intimidad de antaño, aunque siempre buscábamos un momento para contarnos lo más importante. Yo seguía amándola en secreto y más intensamente que antes, aún cuando me había dado cuenta de algo: las miradas de complicidad que intercambiaba con uno de los chicos, Juan, el hermano de Margarita.
Una mañana, toda alborotada y nerviosa, irrumpió en mi cuarto al poco de haberme acostado yo tras situar mi flor en su almohada. Me dijo entrecortadamente que había descubierto quien era su admirador secreto. ¿Cómo era posible? no se había despertado cuando le dejé la flor. Algo confuso, le dije que se tranquilizara y que me contara qué era lo que había pasado. Me dijo que se había despertado de repente y que tenia su flor en la almohada cuando escuchó un ruido fuera, en la ventana, y que al asomarse había visto a Juan doblar la esquina del cobertizo.
No salía de mi asombro. ¿Como podía yo sacarla de su error sin descubrirme? Y además, eso no era todo… Empezó a contarme lo que sentía, y cada palabra que pronunciaba era una daga clavada en mi corazón.
Después de aquella mañana todo surgió mas rápido de lo que yo esperaba. Al poco tiempo, la relación con Juan se hizo oficial yo quedé relegado a un segundo plano en el que tan sólo tenia la compañía silenciosa de Margarita. También ésta encontró pareja, y poco a poco me encontré solo. Sin ser consciente de ello, era yo quien rechazaba cualquier tipo de relación. Mis días se volvieron grises y decidí marcharme, pues no podía soportar ver a Alejandra en brazos de otro hombre. Qué estúpido fui; yo mismo la había dejado en sus brazos. Hablé con mi madre y le conté lo que tenía pensado hacer: enrolarme en un barco mercante para alejarme de allí, ya que de no hacerlo terminaría presa de la locura.
Han pasado siete años desde que tomé aquella elección, amigos míos, y hoy es la primera vez que hablo de ello. Vosotros habéis hecho que mire las cosas desde otra perspectiva y tenéis todo mi aprecio y respeto. Creo que ya es tiempo de que entierre en lo más profundo de mi corazón ese dolor y sólo guarde el recuerdo de lo que una vez amé. Ahora estoy en paz y podré dar la oportunidad a quien realmente lo desee.”
Mario y yo continuamos en silencio. Se había hecho demasiado tarde, pero ninguno quería irse a dormir. Era demasiado importante aquel momento como para desperdiciarlo durmiendo. No creo que fuese nada fácil para nuestro silencioso camarada decir todas aquellas palabras, y menos aún compartirlas con dos hombres. Mario rompió el hielo; se levantó y echándole la mano por el hombro a Ramón, le invitó a que fuera con él a su tierra italiana, pues tenía una hermana preciosa a la que deseaba el mejor de los maridos. Nos empezamos a reír a carcajada limpia debido a tan inusual propuesta, pero insistió en ello. Ramón, con una sonrisa en los labios, aceptó la invitación. Era hora de detenerse durante un tiempo en tierra firme.
Me quedé solo en cubierta. No tenía sueño y quería anotar todo en mi cuaderno. Recordé la historia que acababa de escuchar y pensé que en demasiadas ocasiones perdemos lo que amamos porque el miedo al rechazo es más poderoso que el amor propio, sin pensar que el propio amor nos dignifica y es un noble sentimiento que en nada ha de avergonzarse cuando carece de egoísmo.
Se había levantado una ligera brisa y en el horizonte el sol me saludaba, diciendo adiós a su amada luna. Otro nuevo día que me acercaba más a mi destino.
Habíamos vuelto al barco para continuar con nuestro viaje. Las despedidas no son nunca alegres y menos aún cuando se tiene la certeza de no volver a estar junto a las personas a las has aprendido a apreciar. Las lágrimas de Mamá Elise se derramaron sin consuelo y pude sentir su estremecimiento cuando me dio un último abrazo. Con un susurro me dio las gracias por la oportunidad que le habíamos brindado junto a la hoguera, cuando su corazón aligeró parte del peso de su desconsuelo.
Una nube solitaria acunó a la luna entre sus brazos, y durante unos breves instantes dejó de lucir su hermosa luz. Mis pensamientos se dirigieron entonces hacia mis amigos Amkro, Turawet y la pequeña Sarah… Hacia ya mucho tiempo que no sabía de ellos y albergaba la esperanza de que a mi llegada a tierras niponas volviese a tener noticias suyas, pues tal como me enseñó mi amigo el Jeque, utilizaría el correo de los mercaderes antes de empezar la travesía por el mar Índico.
Aspiré el aroma de la noche y presté atención a la canción de las olas; era un momento mágico en el que, si hubiera oído cantar a nuestra sirena indecisa, me hubiera tirado al agua sin pensarlo para ayudarla a mitigar el dolor de su corazón. Era una de esas noches en las que el corazón de los hombres se hincha de tal manera que parte de lo que hay encerrado dentro sale sin ni siquiera reparar en ello. Eso es lo que le ocurrió a nuestro amigo Ramón. El callado y silencioso Ramón…
“Aún cuando cierro los ojos la recuerdo con toda claridad; ni siquiera el haberme marchado al otro lado del mundo ha servido de algo.
Nací y me crié en un pueblecito costero en España. Apenas unos días antes de nacer yo, también nació una niña en casa de nuestros vecinos, que le pusieron por nombre Alejandra. Nos criaron juntos y desde muy pequeñitos fuimos inseparables; íbamos a todos los sitios juntos, agarrados de la mano. Si ella lloraba, yo también. Si yo me hacia daño, ella me consolaba. Éramos como dos hermanos. Fuimos creciendo y pasamos de ser hermanos a amigos. No teníamos secretos el uno con el otro. Aquellos días fueron felices… muy felices.
Nuestros cuerpos y quehaceres diarios fueron cambiando. Ella se convirtió en una hermosa mujer y yo en apuesto joven que empezó a mirarla con otros ojos -y no precisamente con los ojos de un hermano-. Poco a poco nos fuimos distanciando. Sin embargo, continuábamos buscándonos al final del día para contarnos todo lo que nos había pasado con el mismo entusiasmo de siempre. Sólo había un problema, y es que yo no le podía confesar todo como antes; no podía contarle lo que me ocurría cuando la veía, porque no sabía lo que me estaba ocurriendo. Tenía miedo de decirle que… tenía miedo.
Pasó el tiempo. Su actitud conmigo no había cambiado en absoluto, y como siempre, nos reuníamos al atardecer junto a un viejo y destartalado bote para ver la puesta de sol. Era nuestro rincón. Yo estaba perdido. Actuaba como si no me ocurriese nada, pero me encontraba confuso y desconcertado junto a ella. Me había perdido en el fondo de sus ojos negros, en el contorno de su cuello, en el aroma de su sedoso pelo. Me había perdido en su sonrisa y en su voz. Estaba perdido de amor.
De madrugada, solía entrar anónimamente por la ventana de su casa y le dejaba una flor en su almohada. Ella me lo contó y quiso saber si había sido yo el autor de aquellos gestos. Ante el temor de que se me escapara todo lo que sentía y de la sola posibilidad de perderla, lo negué. Seguí haciéndolo todos los días. Me animaba el verla salir con una sonrisa y mi flor en el cabello. Ella me decía que al día siguiente descubriría quien era el galán, que se quedaría despierta toda la noche para sorprender a quien le ponía tan hermosa flor todas las mañanas. Yo sonreía y le animaba, pues sabía que el sueño la vencería a mi favor.
Una noche, después de la puesta de sol, cuando volví a casa, mi madre me esperaba y me dijo que tenía que hablar conmigo. Me sorprendió su pregunta, pues no pensé que fuera tan obvio. Preguntó si me había enamorado de Alejandra. Yo, rojo como la grana, respondí que sí. Con voz serena hizo la pregunta que me hacia yo todos los días; me preguntó la razón por la cual no le confesaba mis sentimientos, a lo que sólo pude responder: no puedo madre... no puedo.
Esa noche y por primera vez en mi vida, mi confidente fue mi madre. Me acurruqué en su regazo y ella me consoló. Le conté todo lo que mi corazón sentía. Le dije que tenía intención de escribir a Alejandra, pero si lo hacía de mi puño y letra, me descubriría y no quería que así fuese. Después de escribirlo en un papel, mi madre lo transcribió, y esa fue la carta que recibió mi amada. Aún recuerdo el texto perfectamente. Cuando ella lo leyó para mí en voz alta, se me quedaron a fuego grabadas sus palabras.
Tan sólo una flor sencilla y aislada
que escaso valor tuviese en la tierra,
confiesa mi secreto más profundo.
Tan sólo una flor en tu pelo anclada,
todo el amor de este corazón encierra,
y en ella a diario te ofrezco el mundo.
Durante un tiempo todo siguió igual; yo era feliz al verla feliz a ella, y poco me importaba que mi madre insistiera en que su admirador revelase al fin su identidad. Sólo pensar en que podría perderla por ello me hacía enfermar. Un día, en nuestro rincón del atardecer, me preguntó si tenía inconveniente en que viniera una amiga suya a acompañarnos. Aunque me sorprendió, respondí que no me importaba, pues sería egoísmo negarse a compartir aquel trocito de mundo con los demás.
Al día siguiente ella acudió acompañada de Margarita. Yo me sentí un tanto incómodo al principio, pero a ellas dos las veía tan a gusto que enseguida comencé a relajarme. Pensé que tendría tiempo para charlar con Alejandra después. Esa tarde fue muy divertida también, y conseguí sentirme cómodo en compañía de ambas. Poco a poco, Margarita se implicó con nosotros; era una joven alegre y entusiasta en todo lo que hacía. Alejandra le contó lo de la flor y el admirador secreto, y cómo siempre se dormía cuando se proponía sorprenderle. Sin darnos cuenta, con el transcurso del tiempo, después de Margarita se fueron incorporando nuevos amigos, tanto hombres como mujeres.
Desde entonces, apenas tuvimos la intimidad de antaño, aunque siempre buscábamos un momento para contarnos lo más importante. Yo seguía amándola en secreto y más intensamente que antes, aún cuando me había dado cuenta de algo: las miradas de complicidad que intercambiaba con uno de los chicos, Juan, el hermano de Margarita.
Una mañana, toda alborotada y nerviosa, irrumpió en mi cuarto al poco de haberme acostado yo tras situar mi flor en su almohada. Me dijo entrecortadamente que había descubierto quien era su admirador secreto. ¿Cómo era posible? no se había despertado cuando le dejé la flor. Algo confuso, le dije que se tranquilizara y que me contara qué era lo que había pasado. Me dijo que se había despertado de repente y que tenia su flor en la almohada cuando escuchó un ruido fuera, en la ventana, y que al asomarse había visto a Juan doblar la esquina del cobertizo.
No salía de mi asombro. ¿Como podía yo sacarla de su error sin descubrirme? Y además, eso no era todo… Empezó a contarme lo que sentía, y cada palabra que pronunciaba era una daga clavada en mi corazón.
Después de aquella mañana todo surgió mas rápido de lo que yo esperaba. Al poco tiempo, la relación con Juan se hizo oficial yo quedé relegado a un segundo plano en el que tan sólo tenia la compañía silenciosa de Margarita. También ésta encontró pareja, y poco a poco me encontré solo. Sin ser consciente de ello, era yo quien rechazaba cualquier tipo de relación. Mis días se volvieron grises y decidí marcharme, pues no podía soportar ver a Alejandra en brazos de otro hombre. Qué estúpido fui; yo mismo la había dejado en sus brazos. Hablé con mi madre y le conté lo que tenía pensado hacer: enrolarme en un barco mercante para alejarme de allí, ya que de no hacerlo terminaría presa de la locura.
Han pasado siete años desde que tomé aquella elección, amigos míos, y hoy es la primera vez que hablo de ello. Vosotros habéis hecho que mire las cosas desde otra perspectiva y tenéis todo mi aprecio y respeto. Creo que ya es tiempo de que entierre en lo más profundo de mi corazón ese dolor y sólo guarde el recuerdo de lo que una vez amé. Ahora estoy en paz y podré dar la oportunidad a quien realmente lo desee.”
Mario y yo continuamos en silencio. Se había hecho demasiado tarde, pero ninguno quería irse a dormir. Era demasiado importante aquel momento como para desperdiciarlo durmiendo. No creo que fuese nada fácil para nuestro silencioso camarada decir todas aquellas palabras, y menos aún compartirlas con dos hombres. Mario rompió el hielo; se levantó y echándole la mano por el hombro a Ramón, le invitó a que fuera con él a su tierra italiana, pues tenía una hermana preciosa a la que deseaba el mejor de los maridos. Nos empezamos a reír a carcajada limpia debido a tan inusual propuesta, pero insistió en ello. Ramón, con una sonrisa en los labios, aceptó la invitación. Era hora de detenerse durante un tiempo en tierra firme.
Me quedé solo en cubierta. No tenía sueño y quería anotar todo en mi cuaderno. Recordé la historia que acababa de escuchar y pensé que en demasiadas ocasiones perdemos lo que amamos porque el miedo al rechazo es más poderoso que el amor propio, sin pensar que el propio amor nos dignifica y es un noble sentimiento que en nada ha de avergonzarse cuando carece de egoísmo.
Se había levantado una ligera brisa y en el horizonte el sol me saludaba, diciendo adiós a su amada luna. Otro nuevo día que me acercaba más a mi destino.



3 comentarios:
Como transmitir por aqui un "silencio"???. Preciosa, bella, magnifica...(me quedo sin mas adjetivos)historia. Bravo!!!
creo ke todos deseamos una noche asi...para vaciar el alma y esa es la perfecta.El silencio es un regalo ke a veces nos puede salir caro....pero es un paraiso.Sabes ke seguire por aki ... jajajajaja
Olá: Nada como um dia após o outro... Finalmente conseguei lar... Lindaaa!!!
Desejo para vc muito Sucesso... Beijos!!!
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