domingo

De Amkro a Racsol


Una fugaz niebla nos recibió a la entrada a puerto, cuando por fin habíamos llegado a tierras niponas. Durante la travesía había conseguido convencer a mis amigos para que me acompañaran tierra adentro, con la promesa de regresar con ellos y conocer la amada tierra de Mario.

Mario y Ramón hablaron con el Capitán sobre su decisión de quedarse en tierra, y le pidieron que les liberara de su compromiso. Éste aceptó de mala gana, pues habría de prescindir de dos buenos integrantes de su tripulación, sin contar con la pérdida de un cocinero y amigo.

Nada más pisar tierra y después de despedirme del Capitán y de la tripulación, busqué la fonda donde los comerciantes solían dejar sus mensajes, tal y como aprendí de mi gran amigo el Jeque. Nada más llegar a tierras filipinas, y antes de adentrarme en tierra firme, envié una carta a mis amigos Amkro, Turawet, la pequeña Sarah y su hermano. Esperaba encontrar noticias suyas, pues les había indicado a qué destino habían de remitir su carta.

Como preveía, una misiva de Amkro estaba esperándome. Ansioso por saber de él y los suyos, me dispuse a leerla allí mismo, cuando Ramón prudentemente me sugirió que no precipitase una lectura tan esperada, que buscásemos alojamiento y la leyera con total tranquilidad en la intimidad de mis aposentos. Si bien tenía razón en que debía tener paciencia, no deseaba leer la carta de Amkro en un recinto cerrado, sino al aire libre y con la luz natural del día, como solíamos conversar durante nuestros viajes.

Salí de la posada donde nos hospedábamos y en un paseo me dirigí hacia las afueras del puerto, siguiendo un frondoso sendero en dirección norte. Media hora después escuché el ruido que hace el agua cuando encuentra en su camino la piedra que obstaculiza su libertad y me adentré en busca de aquel riachuelo. Unos metros más adelante lo encontré, y sirviéndome de un árbol tumbado a modo de banco y a la sombra de un enorme helecho, me dispuse a leer:

Querido Racsol, amigo mío, no imaginas cómo has llenado de alegría nuestros corazones con tus noticias. Las lágrimas se hicieron dueñas de mis ojos, y por unos instantes me fue imposible leer. Nunca imaginé que me emocionaría tanto un trozo de papel, aunque en realidad fuesen tus palabras y el saber que estás vivo y que nos tienes siempre presentes a mí y a mi familia –que es también la tuya-, lo que realmente me conmueve.

Debo confesar que después de tan largo tiempo sin saber de ti, temíamos lo peor. Siempre he confiado en que estarías a salvo y que tarde o temprano te pondrías en contacto con nosotros, pero en ocasiones incluso mi presencia de ánimo ha flaqueado. Sabes tan bien como yo que a ti y a mí el paso del tiempo no nos afecta de igual manera que a los nativos de este mundo; para nosotros, estos años han representado tan sólo unos meses, pero para Turawet, Sarah y para el pequeño Racsol (a quien así nombramos en homenaje a ti, amigo mío) ha sido un tiempo más difícil de llevar, en el que te han echado en falta.

Te echo de menos, amigo mío. Como te dije anteriormente, estaba acostumbrado a tu silenciosa presencia y me sigue faltando a menudo, pero también debo confesar que me gusta la vida que llevo, que soy feliz y que no cambiaría por nada de este mundo o de cualquier otro lo que Turawet me ha dado a cambio de tan poco.

Sarah se ha convertido en una jovencita hermosa. Me ha pedido de nuevo poder guardar tu carta cuando yo me cansara de leerla y releerla. Aún conserva la anterior, ¿no te parece conmovedor?

Respecto al pequeño Racsol, ¿qué podría decir un padre orgulloso? es la viva imagen mía, según dicen, y resulta fácil de creer por su carácter y atrevimiento. Tendrías que verlo; aún con sus siete años, ya es todo un hombrecito que no le teme a nada, y he de admitir que eso me preocupa, pues bien es sabido que no hay prudencia sin temor, y la imprudencia es manantial de los más caros errores. Tú siempre fuiste mi prudencia, y cuando te marchaste pensé que tendría problemas. Sin embargo, sabías que me dejabas en buenas manos. Me dejabas con Turawet.

Has vuelto a preocuparnos de nuevo con tu relato sobre lo acontecido en el barco que encontrasteis a la deriva, ése al que llamáis de “negreros”. Turawet se volvió a enfadar contigo por hacer peligrar tu vida nuevamente y no pensar en las personas que tanto te quieren. Insiste en que des por terminado tu viaje y que vuelvas con nosotros, para así volver a disfrutar de tu compañía. Me sumo hoy a esa petición, amigo mío, pues ahora a la exigencia de su madre se ha unido Sarah, y no imaginas lo que suponen dos mujeres con un temperamento como el suyo en la misma casa.

Tengo que contarte que, aunque sabes que no me gusta intimar con los extraños, he conseguido adaptarme a las gentes de este lugar y tengo un hueco entre los hombres de este pueblo. Sé que me aprecian y yo correspondo de igual modo. Nos reunimos todos los días al atardecer, para charlar y tomar un trago después de un duro día de trabajo; hablamos del pueblo y de las inquietudes de cada uno. Me gustaría que estuvieras cuando se reúne con nosotros un hombre llamado Andrés, quien posee el don de la palabra, igual que tú, amigo mío. Cuenta historias que en ocasiones no sé si creer, pero que por su arte en la narración, resultan tan reales que todos los que las escuchamos quedamos hechizados por su voz. Sé que acabo de despertar tu interés y me imagino las mil preguntas que me querrías hacer, de modo que me esforzaré en escribirte una de las más hermosas historias que he oído. Quiero que la anotes en ese incansable cuaderno tuyo. Soy consciente de que no será igual que si la escribieras tú o la relatara Andrés, pero no dudo que cuando la transcribas a tu cuaderno, sabrás hacerle honor como el bello relato que es.


Ha llegado el momento de despedirme y enviarte el más grande de los abrazos de parte de todos, rogándote que no demores tus próximas y que vuelvas pronto a nuestro lado, esta vez para quedarte.

Hasta pronto, amigo mío.

PD: Las siguientes páginas corresponden al relato que te prometí.


Tuve que concederme un respiro para empezar a leer el relato que me había trascrito mi amigo Amkro, pues la emoción me embargaba. El tener noticias suyas y de su familia me había hecho añorarles profundamente. Volví a leer la carta de nuevo, recreándome en todo lo que mi amigo me contaba. Había mejorado mucho su forma de expresarse, pues antes era más parco en palabras y ahora se apreciaba mayor soltura en ellas. Turawet habría tenido mucho que ver con aquella evolución que yo apreciaba para bien. Especialmente delataba su cambio las reuniones con los hombres del pueblo, pues tanto él como yo éramos reservados y solitarios por naturaleza.


Continua.....

1 comentarios:

Anónimo dijo...

"AMISTAD"... Es un hermoso regalo...
En dias de soledad... dias de tristeza...
Eso que hace este mundo mas feliz...
"AMIGO"... Es una luz brillando en la oscuridad...
Eso que me hace saber que puedo llamarte a cualquier hora, porque en cualquier momento estas alli para dar me tu apoyo...
"TU AMISTAD"... Es el mejor de los regalos que la vida me ha dado...
Es lo que nos une y nos unira siempre...
Muchas Gracias... Besos...