sábado

Singapore "Zasha"


Después de la muerte de nuestro amigo el Lobo de mar, que había sido nuestro cocinero, le sustituyó Ramón el sevillano. Faltaba poco para llegar a Singapore, donde el Capitán enrolaría a un cocinero reconocido, ya que Ramón hacía lo que buenamente podía, y como dijo el Capitán, no llegaríamos al final de la travesía con sus comidas.

Después de tanto tiempo en el barco, se me hacía raro caminar en tierra firme. Dirigí mis pasos hacia la taberna más cercana, pues permaneceríamos cuatro días varados en puerto mientras se hacían unos arreglos oportunos en la nave y el capitán contrataba un nuevo cocinero.

Me dejé conducir por la corriente de marineros que se dirigía hacia el mismo lugar: la Taberna del Turco, donde también alquilaban habitaciones. Tuve suerte y pude conseguir una, ya que partían dos barcos aquella misma tarde y desalojaron varios dormitorios. Una vez acomodado mi ligero equipaje, bajé a la taberna a comer un poco, con la esperanza de escuchar otra buena historia que poder anotar.

La taberna me sorprendió, pues no era un antro como los que estaba acostumbrado a visitar; limpia y ventilada, olía a jabón y desinfectante, algo inaudito en un puerto de mar. Más tarde me enteré del motivo. El local estaba lleno a rebosar. Ramón el Sevillano se sentó a mi lado con una pinta de cerveza, y amablemente respondió a mis preguntas sacándome de dudas. La Taberna del Turco era regentada en realidad por la hermosa Zasha (que significa defensora de la gente) de origen Ruso y esposa de El Turco, cuyo apodo motivó el nombre del establecimiento. Todo aquel marinero que tuviera aprecio por su integridad, tomaba un baño y se vestía con ropas limpias antes de entrar a la Taberna del Turco, pues de lo contrario sería echado a patadas por los guardias y amantes de Zasha.

De pronto ví aparecer de la barra a una hermosa mujer de curvas sugerentes y mirada inteligente, entrada en años pero de muy buen ver, conservando todo el encanto de una juventud que todavía se adivinaba en su figura. Tenía un saludo para todos y recordaba la multitud de nombres y apodos de los parroquianos, como la anfitriona perfecta que era. Estaba viendo la transformación más increíble que llegaría a ver en mi larga vida; todos esos rudos marineros se convertían en corderitos ante la imponente presencia de aquella mujer cuyo nombre ya conocía: Zasha.

Llegó hasta mi mesa y dio un cariñoso beso a mi compañero de mesa, Ramón, que a pesar de su piel curtida por el sol, pude comprobar cómo cambiaba de color con un rubor intenso. Dirigió su mirada hacia mí y levemente asintió con la cabeza a modo de saludo. Cuidaba hasta el más mínimo detalle de todo lo que hacia. Observé que se acompañaba de dos hombres enormes que no la perdían de vista y ante los que todos cedían el paso.

Así continuamos durante un largo rato. Yo aún no comprendía el porqué de tanta concurrencia, pues sabia apreciar que la dama era todo un espectáculo y un soplo de aire fresco, pero no consideraba motivo suficiente para completar el aforo de aquel local. No tardé en salir de dudas y comprender el motivo. Comenzó a sonar la música de un piano, se hizo el silencio y la bella Zasha entonó una canción con una hermosa voz. Una vez hubo terminado, un estruendoso aplauso inundó la taberna inaugurando la fiesta. Alguien gritó: ¡cuéntanos una historia, Zasha! seguido por otros y otros ruegos, ella se tomó el tiempo justo para acallar las peticiones, y con la voz más sensual que yo haya escuchado jamás en una mujer, empezó a relatar la historia de Breck el Turco.


“Como todos sabéis, hace algún tiempo estuve casada; os voy contar esa historia y de cómo llegue a ser la dueña de este palacio.

Como iba diciendo, hace algún tiempo, cuando vivía en mi tierra, conocí a un hermoso joven. Era dos años mayor que yo, por aquel entonces también más joven pero igual de hermosa.

– una carcajada general y algún que otro comentario bien medido sonó en la taberna –

Yo vivía en Riga, en un pueblecito cercano al puerto de mar. Sólo de vez en cuando, y por casualidad, se aceraba algún marinero a ese pueblecito, pues lo mas normal es que sólamente estuvieran un par de días y no precisamente para visitar pueblos… aunque sí había un sitio que visitaban muy a menudo: se llamaba la casita roja, donde unas bellas señoritas atendían sus necesidades más… bueno vosotros ya comprendéis lo que trato de decir…

– Volvió a provocar una carcajada general y aprovechó una pausa para que todos pidieran de beber. Ante todo estaba el negocio, como pude observar –

…pues bien; este joven marinero no era como los demás. Se alejó del puerto y pidió alojamiento por dos días en mi pueblo. La primera vez que le vi, me quedé sin respiración y mi pulso se aceleró, nuestras miradas se cruzaron y rápidamente las apartamos como si estuviesen provocadas por el mismo relámpago. Mirando de reojo pude notar que se había sonrojado, y eso hizo que la siguiente vez le mirara más descaradamente. Esta vez él no retiró la mirada como yo esperaba, y sin darnos cuenta sostuvimos nuestras miradas fijamente, como dos animales preparados para la lucha… o como dos bobos. No sé cuánto tiempo pasó, ni cómo pasó, pero cuando me quise dar cuenta, estábamos conversando como si fuéramos dos viejos conocidos.

En vez de embarcar, encontró trabajo en el pueblo y se quedó conmigo. Todos los días nos veíamos en el mismo sitio y charlábamos. Yo estaba loquita por sus huesos; era un encanto de hombre, cuidadoso, amable, atento… deseaba con toda mi alma que me besara, que esos labios que yo miraba con deseo se fundieran con los míos, que me estrechara con sus brazos y me apretara contra su pecho… Pero él seguía siendo todo un caballero. Un día solicitó hablar con mi padre estando yo ausente. Nunca supe los detalles de aquella conversación, aunque mi padre me dijo que me habían pedido en matrimonio y que había dado el visto bueno.

Un año después de aquella conversación, me convertí en la esposa de Breck (que quiere decir solidó y firme) el Turco, después de tan larga espera. Todo mi cuerpo estaba preparado. Cuando Breck entró en nuestra habitación, había un brillo de deseo en los ojos que llevaba reprimiendo mucho tiempo, y aún así no se precipitó y se acercó hacia mí despacio, recreándose y haciéndome bajar la mirada hasta enrojecer. Tomándome de la barbilla, hizo que le mirase y despacio se acerco a mis labios dudando durante unos segundos…. después toda la tensión y el deseo acumulado se convirtió en pasión. Los besos llovían sin cesar, la sensación de querer más y de no tener nunca suficiente… Las manos recorriendo todos los pliegues y todas las curvas de mi piel… Yo me aferraba a él. No quería dejarle marchar. Me despojó de mis ropas con una velocidad increíble y después se detuvo. Quería beber de mi cuerpo con la vista, y eso relajó la situación y más sosegadamente, se acercó a mi susurrando que me amaba, que ya no podía soportarlo más, que había sido un duro castigo durante tanto tiempo reprimir los besos y las caricias cada día, sin oler mi pelo ni poder estrecharme entre sus brazos. Mientras llenaba mis oídos de dulces palabras, seguía acariciando mi cuerpo y cada suave caricia provocaba que me estremeciera en mi interior. Poco a poco se incorporó, y antes de que nos fundiéramos en uno, me preguntó que si estaba preparada…. no, no estaba preparada, ¡estaba preparadísima! llevaba tanto tiempo esperando ese momento que me dolían el corazón y el alma. El poder tenerlo para mí, el que me amara, era un sueño hecho realidad. Muy despacio, se dejó caer cuando encontró mi virginidad. No se apresuró y espero a que me relajara. Después de un firme empujón, entró en mí y con suaves movimientos me llevó a aquello que jamás había experimentado; vi el cielo unido a la tierra y en lo profundo de sus ojos, el amor…


Pasaron los días como un sueño. Cada vez que hacíamos el amor era como si fuera la primera vez. Un día me anunció que escribiría una carta a su familia para contarles dónde se encontraba y que tenia por esposa a una maravillosa y hermosa mujer. Me habló de su madre, de su padre y de su tierra. Cuado lo hacía, su cara se iluminaba de tal manera que me inspiraba a amarle más todavía.

Pasó el tiempo y me habló de sus proyectos. Pedimos dinero prestado a mis familiares para realizarlo, y con mucho sacrificio montamos la taberna. Al principio solo acudían indeseables, y sus miradas lascivas hacían que mi Breck se enfrentará a ellos, y más de una vez estuve a punto de perderlo. Poco a poco empezaron a entrar otros marineros más humildes y de mejores modales, consiguiendo así devolver en poco tiempo el dinero prestado. Teníamos un prospero negocio.

Unos meses después, llegó una carta de su tierra. Él, completamente alborotado, la abrió y se apartó en un rincón de la taberna para leerla. Yo le observaba desde la distancia, pues no quería romper el hechizo del momento. Su rostro fue cambiando, y paso de la alegría a la amargura en un instante. Entonces me acerqué a él para saber que noticias le provocaban tal zozobra y poder consolarle cuando, de un manotazo, me apartó de él y salió corriendo de nuestra taberna.

Nunca supe que había escrito en esa carta, pues cuando volvió por la noche, ebrio por los aromas de vino y mujeres, quemó la carta en la chimenea. Después, mirándome como jamás lo ha hecho -ni consentiré que lo haga nunca más hombre alguno- me abofeteó y me poseyó en el suelo. Ese día fue el primero de un auténtico infierno.

Del sueño pase a la pesadilla como de la noche al día. Yo quería hablar con él, pero el no me lo permitía. Cuando lo intentaba, recibía una paliza. Ya ni siquiera me tomaba por la fuerza; sólo cuando venia borracho como una cuba, me pegaba y después me humillaba. Las palabras dulces fueron sustituidas por insultos y el desprecio de su mirada fueron mucho más dolorosos que los golpes. Todas las noches sollozaba y me lamentaba; quería que volviese el hombre del que me enamoré, y todas las mañanas despertaba con el demonio en el que se había transformado.

Transcurrieron los días y cada vez caía mas bajo. Ya no me importaba nada. Ya no sentía nada. Me estaba convirtiendo en un fantasma, hasta el día en que supe que estaba embarazada y recibí la mayor paliza de mi vida. Él, con su veneno interior, hizo que perdiera la vida que llevaba dentro y entonces algo en mi se rebeló... no había miedo en mi mirada, sino desprecio. Eso le enfurecía y me pegaba más duro aún, pero ya no afectaba en mi interior. Una noche no aguante más, y cuando levantó de mi magullado cuerpo su asquerosa presencia, esperé pacientemente a que se durmiera y, cuando había caído en su sueño profundo, cogí el cuchillo que durante días afilaba cuidadosamente y le rebané eso que tanto aprecian los hombres, convirtiéndole desde entonces en un eunuco.

Regresé a casa de mis padres, pues no quería saber nada de él. Estaba rota por fuera y por dentro, pero sentía cierta satisfacción interior. Una amarga satisfacción. Unos meses después, y a causa de la infección de las heridas, el turco murió y yo me convertí en la propietaria de este hermoso local. No quería que fuese un mugrienta y asquerosa taberna, por lo que decidí poner mis condiciones. Había sufrido mucho y un hombre me había destrozado la vida. Ahora era el momento de tomar las riendas y decidir siempre yo el curso de mi destino.

Contraté los servicios de dos guardias y les di instrucciones: sólo entrarían en mi taberna aquellos que fueran dignos y siguieran las reglas de la casa. Solo entrarían aquellos que usaran mis baños. No resultó fácil, pero poco a poco todos vosotros supisteis apreciar los encantos de esta dama y adoptar las virtudes del aseo. Yo, por mi parte, tengo todos mis apetitos satisfechos con estos dos pedazos de ejemplares del género masculino, que son mis guardias.”


Una carcajada general dio por finalizado el relato. Todavía estaba asimilando lo que acababa de escuchar. Como buen observador, algo llamó mi atención: un cuchillo que había colocado bien visible en medio de la barra de la taberna. Con un sobresalto, miré a Ramón y éste, con un movimiento de cabeza, confirmó lo que estaba pensando. No sentí compasión alguna por el destino que sufrió Breck el Turco, y aún a día de hoy no consigo entender la frágil barrera que separa el amor y el odio de los hombres débiles de carácter. Miré de nuevo a aquella mujer con otros ojos; estaba viendo a una luchadora que desde un pozo profundo había logrado salir y volver a florecer convirtiéndose en una persona independiente y arrolladora que transpiraba serenidad y energía por cada poro. Lo que sin lugar a dudas comprendí fue el respeto que todos profesaban a aquella mujer, capaz de repartir afecto a tantos hombres sin renunciar al amor y al respeto por sí misma.




domingo

La Sirena Indecisa





Llegó el momento de ponerme de nuevo en marcha y continuar mi viaje hacia Japón como era mi intención, y decidí entonces embarcarme. El Jeque, ante la amistad que habíamos forjado, me acompañó hasta Chennai.

Una vez buscado alojamiento, y de nuevo haciendo gala de su amabilidad y preocupación por mi bienestar, buscó un buque que me llevara en la dirección correcta. Ante mi sorpresa, el buque elegido fue un carguero Español. El Capitán del carguero, Fernando del Campillo, me explicó que su viaje era largo y que nos detendríamos en los puertos de Singapore, Brunei, y Filipinas antes de atracar en Macau, tierras japonesas. Me pareció una situación excelente, pues conocería más sitios y ciudades de las que había esperado en un principio, y por ende, la aventura del mar y del navegante.

Dos días después me despedí del Jeque y embarqué. El carguero tenía un aspecto desaliñado pero como pude comprobar algún tiempo después, aunque sólo exteriormente, pues era robusto y tenía todo lo que necesitaba para navegar en buenas condiciones.

Al poco tiempo, en alta mar, me lleve una gran sorpresa. Un barco, por muy grande que sea, llega a ser aburrido una vez superada la curiosidad inicial. Solicité al Capitán que me diera algún trabajo para no permanecer ocioso y así poder dedicar mi tiempo a otra cosa que el ir de un lado para otro. Éste me indicó que ayudara al cocinero. Bajé a la cocina, y cuando el cocinero se dio la vuelta, me quedé boquiabierto; ante mí encontré a Juan el Lobo de Mar… Por supuesto, seguía siendo un viejo, pero algo en su actitud había cambiado; había una chispa en su mirada en la que no había reparado en la taberna. Al verme, se acercó para observarme bien y me preguntó si nos conocíamos de antes. Yo le dije que le había oído contar una historia en una taberna en el puerto de Garachico y se le iluminaron los ojos. Con una sonrisa, me dio la mano a modo de bienvenida. Le pregunté porqué se había vuelto a embarcar y respondió que él era un hombre de mar y la tierra terminaría por pudrirle si permanecía demasiado tiempo en ella.

Una vez por semana y como algo especial, el capitán, que conocía bien el valor de los hombres, dejaba que la mitad de la tripulación tomara unos vasos de vino y se divirtiera un rato mientras la otra mitad trabajaba, turnándose y rompiendo la monotonía del duro trabajo diario. Como no era de esperar menos Juan el Lobo de Mar, ahora convertido en Juan el cocinero, era al que todos esperaban, pues la costumbre de contar una historia estaba arraigada en él y se había convertido en algo muy especial para sus camaradas. Pude observar que todos se colocaban en torno a él y esperaban expectantes su relato. Se sentó en un barrilillo de especias vacío y pausadamente, después de llenar su pipa, se dispuso a hablar.

-Todos sabéis aunque ninguno hablamos de ello como marineros que somos, del mito de la existencia o no de las sirenas…. – un leve murmullo se oyó, y hasta los que estaban trabajando bajaron el ritmo y prestaron atención a Juan – bueno, esta historia tiene mucho que ver con ese mito y con las razones por las que ya no se dejan ver; esta historia pasa de padres a hijos en mi familia y durante muchas generaciones ha sido así. Ahora la compartiré con todos vosotros, claro está si le permitís un sorbo de vino a este anciano.-

Se escuchó una carcajada y rápidamente le ofrecieron un vaso de vino. Después de mojarse los labios con el noble néctar, continuó-

-Esto ocurrió en mi tierra. Había allí un joven pescador llamado Felipe, que todos los días a la misma hora se marchaba a pescar. Cogía su pequeño bote y se adentraba mas lejos de donde termina la prudencia. Llegaba siempre justo al lado del islote del diablo, que así era como lo llamaban los lugareños, pues cuando algún barco se acercaba por la noche y su capitán no era conocedor de esas aguas, muchas posibilidades había de que el diablo le guiara hasta él y hiciera naufragar su barco.

Era joven y de brazos vigorosos, no le asustaba el tener que remar y sabía que cuanto más lejos, mejor era la pesca. De hecho, él siempre llevaba el mejor pescado de la lonja. Desde hacia varias semanas tenia una extraña sensación, como si alguien le observara. Él miraba a su alrededor, pero no era posible que sus sospechas estuvieran fundadas estando en medio del mar.

Un día llego con su pequeña embarcación al mismo sitio de siempre, justo cuando apuntaba el sol por el horizonte. Aún no se veía con claridad, cuando una dulce melodía le llegó como un susurro. Se quedó quieto y escuchó; era la voz dulce de una mujer, y procedía del islote. Remó hacia el, y al llegar, el sol asomó por el horizonte iluminando con sus primeros destellos a una hermosa joven de pelo rizado y chispeantes ojos.

Se sorprendió; aquella muchacha… ¡era una sirena! había escuchado hablar de ellas, las amazonas del mar, que protegían a los marineros y les ayudaban cuando estaban en apuros, pero nunca había visto a ninguna. Él no estaba en apuros; ¿por qué entonces estaba allí? Se aproximó y la saludó. Ella estaba allí por pura curiosidad; le explicó que su madre le había contado cosas de los hombres de la tierra, de cómo había ayudado a muchos de ellos, y sintió la necesidad de saber más.

A partir de ese día, durante los meses siguientes, la sirena y el marinero charlaban mientras él hacia su trabajo. Ella preguntaba y él pacientemente respondía. Poco a poco empezaron a conocerse. La sirena comenzó a sentir la necesidad de hablar con Felipe, pues ya no era sólo curiosidad, sino algo que a lo largo de esos meses había hecho que el corazón le palpitara más deprisa cuando veía acercarse su barca.

Un día, la sirena le contó a su madre lo que le sucedía, explicándole que había conocido a un hombre y que no podía dejar de pensar en él, soñar con él. Tenía un nudo en el estómago cuando le veía aparecer cada día y le hacía suspirar cuando él le dedicaba una sonrisa. Su madre, la estrechó tiernamente entre sus brazos y le dijo que había sido una imprudente involucrándose de ese modo con un hombre; siempre eran ellas las que ayudaban y ahora la que necesitaba ayuda era su propia hija. Le preguntó si era correspondida con el amor de él, y respondió que no estaba segura. Sin embargo, ella albergaba la esperanza de que así fuese, pero dado el carácter reservado de Felipe y de cómo había guardado las distancias en el plano personal, no tenia la certeza. Su madre le animó a que se lo dijera. La sirena estaba indecisa. además ¿qué podía importar? los separaba un gran diferencia: ella era mitad pez, mitad humana. Su madre, con una sonrisa en los labios, le explicó que había una forma de ser humana por completo, pero que el sacrificio consistía en no volver a ver nunca más a sus seres queridos. No volvería a ser sirena, pues el fenómeno era irreversible.

Pasó el tiempo. La sirena se moría de amor, pero no le decía nada a Felipe. Él, por su parte, estaba locamente enamorado de aquella criatura, pero no creía ser correspondido por ella; ¿una sirena amando a un humilde pescador? Imposible. Para no sufrir más, fue distanciando sus visitas al islote del diablo y cambió su sitio de pesca. Poco a poco se alejó de la sirena. Con el transcurso de los días empezó a ver a una muchacha de su pueblo, y tiempo después se casó con ella.



La sirena se sumergió en lo más profundo del mar, se volvió taciturna y no habló con nadie. Estaba triste y la sonrisa se había borrado de su rostro. Empezó a languidecer hasta que un día se marchó de la colonia y nunca más volvió a ser vista.

Sus hermanas estuvieron semanas buscándola y toda la colonia quedó sumida en la tristeza, pues algo como aquello jamás antes había ocurrido. No pudieron entenderlo.

Su madre expuso el caso ante la colonia y explicó lo que había ocurrido. Entre todas las sirenas, se llegó a un acuerdo: por el bien de su especie, nunca más se dejarían ver por los humanos; todo contacto sería evitado y jamás se les volvería a ayudar, pues resultaba demasiado peligroso para ellas.

Desde entonces, nunca se ha vuelto a ver a una sirena. Tan sólo cuando llega la fecha en la que la triste sirena enamorada se marchó, salen a la superficie y cantan su canción. Si algún marinero está cerca y la escucha, su corazón añora aquello que ama y se entristece su alma. Por eso dicen que hay que taparse los oídos cuando se escucha el canto de la sirena, pues es capaz de embrujarte.


Todos quedaron en silencio como siempre. Nadie habló durante unos minutos, hasta que una broma hizo romper el hechizo del relato. Juan lo había vuelto a conseguir.

Todos empezaron a recoger y a retirarse cuando de repente el tiempo empezó a cambiar. El mar se agitó y el viento empezó a soplar con fuerza. Nunca había estado embarcado en medio de una tempestad, y ese día fue mi primera experiencia. Todos los marineros se pusieron a trabajar frenéticamente. El capitán daba órdenes sin parar y todos sabían exactamente lo que hacer. Yo, para no estorbar, me retiré como pude a mi camarote, donde estuve dando bandazos durante las dos horas que duró el temporal.


Cuando amainó, volví a subir al puente, donde permanecía el capitán muy serio. Con gesto cansado, me dijo que tenía otro trabajo para mí. Juan el Cocinero había tenido un percance en la cocina y estaba gravemente herido. Quería que me ocupara de él; el médico de a bordo le había dicho que nada podía hacerse, salvo evitar que permaneciese solo en sus últimas horas.

Pasé los últimos momentos con Juan, agarrándole la mano para que no sintiera soledad. Ante mí tenia a un hombre que lo había tenido todo y todo lo había perdido, pero que se había superado a sí mismo y se había convertido en un hombre excepcional, en una persona querida y respetada por todos. Yo guardaba un secreto que él no conocía. Me acerqué a su oído y en un susurro le conté lo que me propuse nunca confesarle: la verdad sobre su hijo. Me miró y con un débil hilo de voz, me dio las gracias. Cerró los ojos y pude oír muy débilmente lo que susurraba: “Naroha Mayni, Naroha Mayni”. Se marchó de este mundo con una sonrisa en sus labios.

A la mañana siguiente, entregamos el cuerpo de Juan el Lobo de Mar, el Cocinero, a aquella a quien siempre había amado: a la mar.

viernes

Kurram y Arjumand


Disfruté del viaje y comprendí a mi querido amigo Amkro. Hacía una semana que habíamos llegado a la India. Es increíble la pluralidad de culturas humanas y cómo cambian las costumbres, sus gentes y los estilos de vida en margen de tan sólo unas jornadas de viaje. Que mundo tan dispar se me antoja éste, acostumbrado a la homogeneidad del mundo del que procedo.

En la hostería donde me alojé con el jeque, y a punto de emprender mi viaje hacia la costa para embarcar, escuché la historia de Kurram y Arjumand. Debía retirarme a dormir, pues estaba agotado, pero mi sed de conocimiento y el afán de escuchar cualquier historia del lugar hicieron que tomara buena nota del relato (1).

Sentado sobre un mugriento taburete, un joven estibador de elefantes estaba congregando un corro de gente a su alrededor. Le pusieron un vaso de té en la mano y le animaron a que contase una historia. Por lo que pude observar, debía de ser buen y popular narrador, pues cuando se dispuso a relatar la historia, como por arte de magia cesó el bullicio y acaparó la atención de los presentes.

Cuenta la leyenda que existió un príncipe Llamado Kurram, que había sido formado e las más selectas disciplinas del saber: astronomía, gramática, matemáticas, filosofía… Dominaba además el árabe -la lengua del Corán- y el persa -la lengua de la corte-. Era un joven en plena formación para el gobierno de su país.

Un día, paseando por el bazar entre le bullicio de mercaderes y estibadores de elefantes, observando todo con suma atención y examinando a su futuro pueblo, su mirada se posó sobre una hermosa joven. Era la princesa Arjumand, hija del Primer Ministro de la corte. Ésta, al sentirse observada, dirigió su mirada hacia Kurram. En ese momento sus corazones se detuvieron y cuando volvieron a latir lo hicieron al mismo tiempo, pues con sólo una mirada había nacido uno de los mayores amores jamás conocidos en esta tierra de hombres.

El Príncipe, impresionado por lo que le acababa de ocurrir y por la belleza felina que emanaba de ella, se interesó por el precio del collar de cristal que ella se estaba probando. El mercader, sonriendo, le contestó que no eran cristales, sino diamantes que componían las cuentas de aquel collar. La joya costaba una auténtica fortuna. El príncipe pagó el collar, se giró hacia la princesa y se la colocó en su grácil cuello, firmando de aquel modo en sus corazones aquella mutua entrega.
Tuvieron que esperar durante cinco años para contraer matrimonio; años que se hicieron eternos debido a que no tuvieron contacto alguno durante ese tiempo. Sólo podían oír el latido de su corazón y los ecos de su añoranza. Años después de casarse, cuando el príncipe fue coronado, pasó a llamarse Shah Jahan (Emperador del Mundo) y ella, Mumtaz Mahal (la Elegida del Palacio).

Era un amor intenso y apasionado, y como todos los grandes amores, teñidos de tragedia. Cuatro años después de ocupar el trono, el emperador sufrió el destino más funesto que estaba escrito en el papel de su vida: su amada esposa, su otra mitad, su amor Mumtaz Mahal, no pudo resistir el parto del decimocuarto hijo y falleció. Shah Jahan, destrozado por el dolor, ordenó construir el Taj Mahal para rendirle homenaje en su última morada, como mausoleo en memoria del amor que ambos se profesaron.

Una vez edificado, el Emperador quiso construir otro mausoleo-tumba para él mismo, idéntico al de su esposa pero levantado en mármol negro al otro lado del rió Yamuna, y unir después ambos sepulcros mediante un puente de oro. Lo hubiese hecho de no ser por Aurangzeb.

Aprovechando el estado depresivo y de profunda tristeza en el que estaba sumido el emperador, Aurangzeb, tercer hijo de Shah Jahan, cegado por la ambición y el ansia de poder, traicionó a toda su familia. Asesinó a sus hermanos (excepto a dos mujeres) y arrebató el poder a su padre. Después lo encarceló en una torre del Fuerte Rojo de Agra, frente al Taj Mahal, y a las dos hermanas supervivientes en otra.

El Emperador vivió en su prisión hasta los 74 años de edad. Una vez postrado en su lecho de muerte, pidió que le colocaran un espejo de tal manera que aún tumbado pudiese seguir viendo la tumba de su esposa. Así fue como expiró, observando la huella que su amada esposa había dejado en su corazón y la prueba con la que él lo testimoniaba ante el mundo entero.

La historia me sumió en la reflexión; ¿Que era el amor? ¿cuál es el alcance de ese sentimiento por el cual los hombres llegaban a hacer tales proezas y conservar su devoción hasta la muerte? Sin duda de amor debía tratarse, pues cada vez estaba más convencido de que el amor en sí mismo no es sino magia forjada en los corazones.
(1) La historia del Rey Shah Jahan y la Reina Mumtaz Mahal, es una leyenda popular de la India, que me limito a exponer con alguna licencia.

domingo

Sensaciones



Llevaba varios meses bajo la hospitalidad del Jeque y había llegado el momento de volver a ponerme en camino. Había oído a mi amigo hablar de una nueva expedición para comprar sedas de la india, y me invitó a que lo acompañara. Acepté sin dudarlo, ya que estaba en la misma dirección en la que quería dirigir mis pasos.

Amira estaba entristecida ante la inminente partida. Esta vez no nos acompañaría; su padre le rogó que se quedase, pues no tardaría mucho en volver y le prometió que la próxima vez que viajara en busca de sedas, ella le acompañaría.

Al tercer día de trayecto me decidí a escribir algo que mi mente no necesita esforzarse en recordar, porque siempre ha estado y estará presente, y que no obstante me decido a compartir en mi diario como todo lo que me acontece y creo importante relatar:

“Dos noches antes de partir, agotado después de una larga jornada acompañando al jeque de un lado para otro organizando el viaje y ultimando sus pormenores, me di un baño antes de retirarme y al poco rato de tumbarme en el lecho quedé profundamente dormido.

Me desperté. Algo no andaba bien. Cuando me quise mover descubrí que no podía hacerlo, y mis ojos, aún abiertos de par en par, no eran capaces de ver nada en absoluto. En seguida comprendí el motivo; estaba atado de pies y manos y mis ojos habían sido vendados. Empecé a revolverme cuando alguien a mi lado, con un susurro, me indicó que me tranquilizara, callara y permaneciese quieto y tranquilo. Traté de relajarme, comprendiendo en aquel tono que no existía una amenaza que yo debiese temer. De repente unos labios acariciaron los míos tímidamente. No sabia quien era, pero algo en mi interior empezó a revolucionarse y apenas sin darme cuenta respondí también tímidamente a aquel beso. Tenía una sensación extraña de nerviosismo, excitación, anhelo… y volví a poner esfuerzo en relajarme. Lentamente, esos labios que no habían dejado de acariciar los míos y llenarme de dulces besos descendieron por mi cuello mientras una descarga me inducía a lanzar suspiros. Me gustaba aquel juego. Una mano suave se posó en mi pecho y comenzó a jugar cuando de pronto sentí otros labios junto a los míos…

Mis sentidos estaban totalmente desbordados, sometidos por sensaciones indescriptibles. Quería responder a sus caricias fuera quien fuese, pero mis ataduras me lo impedían y eso hacia más excitante aquella situación. Podía recibir placer pero no entregarlo; solo me quedaba dejarme llevar y disfrutar del regalo que estaba recibiendo. Me despojaron de la venda y pude reconocer a quienes me estaban complaciendo tan solícitamente, y pude confirmar lo que mi mente había sospechado. Las jóvenes Amira y Aaminah estaban dándome algo que no había imaginado. Quise hablar cuando Amira, con sus ojos fijos en los míos e imponiéndome silencio con un dedo sobre mis labios, se aproximó sin apartar la mirada y depositó sus carnosos labios tiernamente sobre los míos… quise abrazarla pero mis ataduras me lo impedían. Algo me dejó sin respiración. Aaminah, muy despacio, estaba besando mi virilidad en un ritmo acompasado, jugando y brindándome uno de los mayores placeres que había obtenido en mi vida. No aguanté mucho, pues era imposible evitar que derramase mi esencia ante sus atenciones. Mi ojos no perdían detalle; ahora eran ellas las que se regalaban y llenaban de besos. No pude más que observar a media luz las sensuales curvas del contorno de sus cuerpos, el amor con el que se tomaban la una a la otra, dándome un respiro. No fue necesario prolongarlo; con todos los sentidos a flor de piel, pronto estuve listo de nuevo y Amira, tomando la iniciativa, se sentó sobre mí y muy lentamente nos fundimos en uno. Yo continuaba atado, sin poder acariciar su cuerpo ni su piel. Ella seguía llevando la iniciativa con suaves movimientos, y Aaminah, intuyendo mi necesidad de contacto, finalmente me desató. Al fin pude también disfrutar del sentido del tacto.

Ahora, tres días después, comprendo la magnitud del regalo que me hicieron; del gesto, la naturalidad y la sencillez con la que me amaron y permitieron que las amara, hablándome con sus cuerpos de sentimientos y emociones que no alcanzan a describir las palabras y haciéndome partícipe de una experiencia a un tiempo humana y divina. Jamás las olvidaré, pues bien sé que nunca volveremos a encontrarnos.

Ahora, montado sobre un hermoso corcel árabe, mis pasos me llevan hacia otro país. Allí dejaré la compañía y la protección del jeque. He tomado la determinación de que embarcare de nuevo en un carguero que recorra bordeando la costa y así acercarme más rápidamente al destino que me había fijado en un principio.”