lunes

Filipinas..."Mamá Elise"


De nuevo tomamos tierra, atracando en el puerto de Vigan al amanecer. Tenia ganas de pisar tierra firme y como pude comprobar en seguida, Mario y Ramón compartían el mismo deseo. Desde que vivimos la aventura en busca de la verdad de Breck el Turco, Ramón se había convertido en un fiel compañero, incorporándose después a nuestro grupo el risueño Mario. Bajamos del barco los tres con la intención de adentrarnos un poco en tierra firme, pues el capitán nos comento que estaríamos una o dos semanas esperando un cargamento que se había demorado, y puesto que el fletador pagaba por la espera, podíamos contar con unos días de merecido descanso.

Habíamos decidido ir a pasar esos días en algún pueblecito del interior para despejarnos de tanta mar y alejarnos del salitre; si permanecíamos en el puerto, continuaríamos viendo las mismas caras y el mismo ambiente que habíamos visto a lo largo de la travesía. No tardé mucho en convencer a Mario y Ramón para cumplir el propósito.

Cogimos un ligero equipaje y nos montamos en una pequeña barca que nos condujo río arriba, hasta una aldea de casitas blancas y techumbre de hoja de palma llamada Lingsat. Nos habíamos alejado lo suficiente como para no ver el mar y estábamos lo bastante cerca como para no perder un día de descanso en el viaje de regreso hasta el puerto.

Preguntamos a los lugareños dónde podíamos encontrar alojamiento. Amablemente nos indicaron que hablásemos con mamá Elise, señalándonos con el dedo la dirección a seguir. Pronto llegamos a una casita un poco más grande que las demás, en lo alto de un pequeño altiplano.

Mamá Elise nos sometió a su inquisitiva mirada y, después de meditar un rato, nos dijo que aceptaría hospedarnos en su casa. Acordamos el precio por dos semanas y se lo pagamos por adelantado. Nos fuimos a dar una vuelta y empezamos a intimar con los lugareños. Nos enteramos de que la razón por la cual nuestra anfitriona respondía por aquel curioso apelativo, Mamá Elise, no era porque tuviera muchos hijos, sino porque cuidaba de todos los hijos de sus vecinas; ella era lo más parecido a una escuela que existía por los alrededores.

Volvimos al anochecer a la casa de Mamá Elise, y durante la cena nos comentó que hacía ya mucho tiempo que no venían extranjeros al pueblo, y que habíamos llegado en un buen momento; se celebraría una fiesta por la llegada de las lluvias en la que todo el pueblo participaría. Los hombres se marcharían dentro de unos días, como era costumbre, para cazar y estar solos, mientras las mujeres preparaban la fiesta. Le indiqué mi interés en acompañar a los hombres, y respondió que no era posible, pues apenas nos conocían y aquella tradición tenía mucho de rito de iniciación social para los más jóvenes. En cambio, nos invitó para que la acompañásemos a ella y a una joven que estaba a punto de ser madre. La madre primeriza quería subir a la montaña en busca de unas flores con las que quería lavar la ropa de su primer bebé, una costumbre arraigada y portadora de la buena suerte. Aceptamos encantados la oferta de aquel paseo.

Un par de días después de nuestra llegada, mamá Elise nos habló confidencialmente para pedirnos un favor; había surgido un problema de organización en la fiesta, y no podría ir con nosotros a buscar las flores para el futuro bebé. Nos ofrecimos cortésmente para acompañar a la joven embarazada en su pequeña excursión.

El día amaneció esplendido. Me levanté y me asome a la puerta de la casa, donde ya se encontraba Mario. Cerré los ojos y aspiré el olor de la mañana; era algo que había aprendido de Mario y se convirtió para mí en costumbre. Mamá Elise nos había preparado un ligero almuerzo para que pasáramos el día fuera. María, que así se llamaba la joven, nos estaba esperando cuando volvimos a salir de la casa poco después. Juntos partimos hacia la montaña en busca de las flores.

Llevábamos tres horas andando cuando observé que María se echaba con frecuencia las manos a la espalda y se detenía de repente. Pensé en un principio que se trataba de fatiga, pues habíamos ido ascendiendo por el camino a buen paso, y además volvió a continuar andando. Unos metros más adelante, de su garganta surgió un gemido de dolor. Mario y Ramón, que al igual que yo habían estado pendientes de sus movimientos, la cogieron para que no cayera al suelo. La preguntamos qué le ocurría, y ella nos dijo que el bebé se había adelantado. Nuestras caras de consternación fueron dignas de verse, pues ninguno de nosotros estaba preparado para tal situación. Hicimos un esfuerzo y subimos un poco más por la pendiente, hasta donde existía un pequeño claro, y tumbamos a María a la sombra de dos árboles. Ramón estaba petrificado, alternando su mirada entre la joven y nosotros. Mario no paraba de moverse de un lado a otro, sin dejar de hablar atropelladamente. Yo, sin saber más que mis camaradas sobre el modo de proceder en tal tesitura, sostenía la mano de la muchacha, que se retorcía por las molestias del parto inminente.

Entre muecas de dolor, tuvo que ser la joven quien nos indicara que pidiésemos ayuda en la aldea, de manera que Mario echó a correr ladera abajo. No había recorrido más que unos metros cuando tropezó aparatosamente y se dio de bruces contra el suelo. La joven María no pudo evitar reírse ante tan cómica situación. Mario se levantó apresuradamente y empezó a correr de nuevo, pero cuál no fue mi asombro cuando le vi llegar de nuevo junto a nosotros. Le pregunté porqué había regresado, se golpeó con la mano en la frente castigando su despiste y volvió a ponerse en marcha en la dirección correcta. Tales eran los nervios que el pánico nos nublaba la cabeza.

María nos indico que la incorporásemos y apoyáramos su espalda contra uno de los árboles. Dijo que no creía que pudiese aguantar hasta que llegara la ayuda, y que en tal caso tendríamos que ser nosotros quien la asistiéramos. Cada vez era más irreal la situación, pero con mayor o menor acierto fuimos siguiendo sus instrucciones. Mientras uno la sujetaba, el otro esperaba al bebe. Era un momento crítico y tenso. Los gemidos de María dieron paso a los gritos. Yo observaba a Ramón, pues cada vez le veía mas lívido, si bien no debía yo de tener mejor aspecto. En aquellos instantes no pensaba en nada; estaba aturdido y conmocionado por el momento. De pronto, con un grito estremecedor, entre las piernas de la joven Maria apareció la cabeza del pequeño. Ella, entre jadeos, me indicó que lo cogiera, y sin saber cómo agarre delicadamente al bebe por la cabeza y fui sujetando su cuerpo según iba empujando su madre. Ramón, con los ojos como platos, no perdía detalle del momento. Unos minutos después tenía al pequeño -que resultó ser un varón de aspecto sano- entre mis manos, mientras su madre nos indicaba que debíamos anudar algo al cordón que les unía para cortarlo después y darle un pequeño cachete en el culo al bebé. Hecho esto, el niño empezó a llorar, y quitándome la camisa lo envolví en ella para acomodarlo después en el regazo de su madre.

Me alejé unos pasos con las lágrimas corriendo por mis mejillas, tal era la emoción que me embargaba. Yo, Racsol de Tulohan, había participado del milagro de la vida ayudando a traer a aquel pequeño al mundo. Había sido la experiencia más conmovedora de mi larga vida, pero también la más emocionante e intensa.

Ramón se había recompuesto un poco y preguntó a María cómo eran las flores que habían ido a buscar, y si habría de encontrarlas muy lejos de aquel lugar. Ella respondió que no que estaban cerca y se las describió en detalle. Ramón me dijo que volvería enseguida, que él mismo se ocuparía de que ese niño tuviese su ropa lavada con las dichosas flores, como mandaba la tradición.

Más o menos cuatro horas después de salir corriendo, Mario llego con la ayuda del pueblo; venían casi todas las mujeres alborotadas y exhaustas. La sorpresa fue mayor cuando vieron a la joven madre pletórica, con su hijo en brazos. Su sorpresa duro sólo unos segundos, pues no tardaron en ponerse manos a la obra para acomodarles a ambos. Ramón regresó con las flores y se preparó un baño con ellas. Así limpiaron y asearon también al recién nacido y a su madre.

Mamá Elise se acercó a nosotros para pedirnos que cortáramos unas ramas largas con las que construir una especie de camilla. Se acercaba la noche y era conveniente que el bebé y su joven madre descansaran en su hogar. Así lo hicimos, y transportando a turnos la camilla con ayuda de las mujeres, llegamos a la aldea con el ocaso.

El día había sido agotador y lleno de emociones, pero aún así tuve dificultades para conciliar el sueño pensando en aquella experiencia. Imaginé el futuro de aquel niño y deseé que fuese testigo del lado maravilloso del mundo que yo mismo aspiraba a conocer en mis viajes, y que en días como aquel, sentía como cumplido deseo.

sábado

Camino a Filipinas... "Isernia"



Aún recuerdo aquellos días con total claridad. Fueron de un intenso aprendizaje, en todos los sentidos. La personalidad de Mario era arrolladora; todos los componentes de la tripulación estaban encantados con sus guisos, con su vitalidad y su buen humor. Pero no había que confundirse; tenía su peculiar manera de ser. Había algo en sus ojos que delataban ciertos tormentos.

Entre Brunei y Filipinas pudimos conocernos mejor, y comprobé de primera mano su calidad humana. Como todo hombre, tenía una historia. Y como todo hombre, un momento de debilidad. Unas noches antes de llegar a Filipinas, después de un largo día de trabajo, salimos como se había hecho costumbre en nosotros a respirar aire fresco antes de nuestro merecido descanso. Mario había tomado un poco más de vino de la cuenta. No estaba ebrio, aunque su mirada había cambiado y estaba más alegre y elocuente de lo normal. Estaba en ese estado en el que los sentimientos y la euforia liberan la mente y las palabras. Al principio, compartimos aquellos instantes con algún que otro marinero, pero al poco nos quedamos solos, tan sólo acompañados por los susurros de la brisa marina y el canto del mar acariciando el casco del barco. Durante unos minutos permanecimos en silencio observando las estrellas, hasta que Mario empezó a hablar:

-Hace mucho tiempo que no hablo con nadie de esto. Hecho de menos mi pueblo ¿te he hablado de él?

No contesté y me limité a mirarle. En mi silencio estaba implícita la respuesta, pues él no hablaba conmigo sino con sus propios recuerdos.

“Es un pueblecito rodeado de montañas, en el centro de Italia. Se llama Isernia… hace ya muchos años que me marché de allí con un promesa en los labios… no se si podré cumplirla y si me esperará quien recibió aquella promesa.

Aún recuerdo el aroma del café recién hecho, el del pan horneándose y los complacidos ojos de mi madre observando cómo tomaba el desayuno antes de salir al campo. Recuerdo como cada mañana, al salir por la puerta de casa, aspiraba con fuerza el aire matutino para llenarme de él. Mi madre me enseñó todo lo que sé sobre la cocina. Siempre intentaba terminar lo antes posible para poder estar con ella mientras preparaba la comida. Mi padre movía la cabeza, pues no entendía que me gustaran todos los entresijos y tejemanejes de la cocina, y mis hermanos se burlaban y reían de mí. Pero mi madre sabía de mi pasión y hacía todo lo posible por enseñarme. Con el tiempo me convertí en cocinero terminé trabajando en la casa de verano del Gobernador.

Todavía recuerdo la primera vez que la vi. Fue al principio del verano. Me había levantado pronto para prepararme, pues ese día tenía una prueba de cocina en casa del Gobernador y quería que todo saliera bien. Empecé la mañana como siempre, con el café recién hecho de mi madre y el olor del pan tierno cociéndose.

Cuando llegué a primera hora al lugar de la cita, descubrí una estampa increíble tras una cerca de blanca madera; un jardín precioso oliendo a romero y hierba recién cortada, lleno de flores y de un intenso verde bañado por los tímidos rayos del comienzo del día, con esa luz especial que hace que todo se convierta en un cuento de hadas. Al fondo había una gran casa de dos alturas, y delante, bajo una cubierta de lino blanco, el gobernador estaba tomando el desayuno con su familia. Me acerqué lleno de nervios pero tratando de aparentar seguridad, cuando unas risas hicieron que me quedara clavado en el sitio y girara la cabeza. Nuestras miradas se cruzaron por primera vez… Adrianna… Así se llamaba. Claro está que su nombre lo supe después, pero aquel momento mágico es algo que quedó grabado a fuego en mi memoria y que recuerdo como si fuera un sueño. Sus ojos negros me tenían hechizado. Su sonrisa, prisionero… Un carraspeo me sacó de aquel estado y con paso apresurado terminé de llegar ante la presencia del gobernador. Ese día me esmeré tanto que conseguí el trabajo. No podía perderlo, pues acababa de encontrarme con la futura mujer de mis hijos… o eso creía yo.

Empecé como segundo cocinero, pues era muy joven como para ser el primero. Auque tenía mejores conocimientos y talentos en la cocina que Giuseppe, que era quien ostentaba aquel cargo. Todos los días me tomaba un descanso entre la comida y la cena y salía por la parte de atrás de la casa a dar un paseo por el campo. Aunque me encantaba la cocina, añoraba el aire limpio y puro.

Una de esas tardes el destino hizo que mis pasos se dirigieran hacia un pequeño lago cercano. Quería darme un baño, pues en pleno verano el calor era ya sofocante y necesitaba refrescarme y nadar un rato. Me despojé de mi ropa y me lancé al agua. Después del primer chapuzón cerré los ojos y disfruté de la sensación de frescor y libertad que me embargaba, cuando una risa me hizo girar la cabeza sobresaltado, pues creía estar solo. Era Adriana, que como yo, estaba dándose un baño, aunque al verme llegar se había escondido tras un árbol caído a la orilla del lago.

Nos saludamos tímidamente. Le pregunté que hacia allí, y ella me pidió que no se lo dijera a su padre, pues solía aprovechar la siesta para bañarse y regresar antes de que todos despertaran. Le dije que su secreto estaba a salvo conmigo.

Después de ese día, las visitas al lago se transformaron en rutina. Entre juegos, risas y confidencias, me enamoré locamente de ella. Me acostaba recreado en su imagen, me levantaba pensando en ella… soñaba con ella aún en los momentos de vigilia. A punto de terminarse el verano, y antes de que se marchara, le declaré mi amor. Ella, llorando, se abalanzó sobre mis brazos y por fin pude besar tan ansiado rostro. Me dijo que había estado esperando todo el verano ese preciso momento, y que ahora que nos habíamos sincerado, ella tendría que marcharse… Repentinamente se separó de mí y mirándome con un brillo especial, me dijo que tenía una idea. Se marchó corriendo, dejándome sin palabras y con la incertidumbre dibujada en mi rostro.

Esa noche, después de la cena y antes de retirarme a descansar, fui llamado por el Gobernador, que me halagó por mis servicios. Le gustaba mucho el toque especial que ponía en mis guisos. Después de mostrarme tal gratitud, me invitó a acudir a Roma con ellos.

No cabía en mí de gozo. Esa noche no pude dormir, deseando que llegara la tarde para tomarme mi descanso y poder contarle a Adrianna las buenas noticias. Y como cada tarde, allí estaba ella esperándome. Le relataba lo sucedido cuando me di cuenta; ella estaba satisfecha y henchida de gozo, pues había sido idea suya. Me lo confesó después: entre su hermana y ella, habían convencido a su padre de que seria buena idea tener un cocinero como yo en Roma, especialmente apropiado para sorprender a los invitados con mi juventud y buen hacer.

No pude más que sorprenderme de su idea y de cómo habían manipulado la situación a nuestro favor. Después de nuestro baño, nos fuimos a un claro en la arboleda que habíamos descubierto oculto a las miradas. Rodeándola con mis brazos, fui devorándola a besos, y por primera vez hicimos el amor. Nuestra entrega fue tal que suplió con creces nuestra falta de experiencia.

Dormía placidamente después de las emociones del día, cuando fui despertado por un tierno beso. Levanté sobresaltado, aunque se trataba de Adrianna… ella puso un dedo en mis labios obligándome a guardar silencio. Después se levantó y dejó caer su ropa de cama, ofreciéndome una vista espectacular de su esbelto cuerpo bañado por la luz de la luna que atravesaba mi ventana. Ella no perdía de vista mis ojos, y los míos no perdían de vista cada detalle de sus curvas. Durante unos minutos disfrutamos observándonos el uno a el otro, y después me acerqué a ella y nos estrechamos. El contacto de nuestra piel me hizo sentir un escalofrío y un suspiro surgió de mi garganta. Ese momento fue tan especial que no quería que se acabara nunca. Nos tumbamos en mi lecho y así, abrazados, simplemente sintiéndonos uno cerca del otro, caímos en un justo sueño.

Llegamos a Roma. Nuestro romance sólo era conocido por Sidonia, la hermana de Adriana, un año menor que ella. En la casa de Roma se hacían difíciles y peligrosos nuestros encuentros y más de una vez Sidonia nos salvó de ser descubiertos. Poco a poco fuimos distanciando los encuentros, por prudencia según decíamos, aunque no eras así. Había algo más…

A los seis meses de comenzar nuestra estancia en Roma, nuestros encuentros se redujeron a uno por cada quince días, sólo durante la noche, sin la pasión que habían tenido al principio. Sólo quedaba de aquello el deseo de dos cuerpos jóvenes que se atraen y necesitan. Poco a poco, continuaron espaciándose nuestros encuentros hasta que no hubo más. Adrianna entró en sociedad y estaba atareada acompañando a sus padres o asistiendo a actos oficiales. Aproximadamente un año después de nuestra llegada a la ciudad, se anunció su compromiso con un joven abogado hijo de una de las familias más importantes de Roma.

Durante ese tiempo, Sidonia se había convertido en una buena amiga y confidente, haciéndonos mutua compañía. Era una mujer inteligente y de grandes inquietudes, que me enseñó primero a leer y escribir y después todos los conocimientos de los que hoy dispongo. El amor que creí sentir por su hermana se quedó en un bonito recuerdo y me dediqué de lleno a aprender y obtener toda la cultura que mi amiga me brindaba.

Había decidido marcharme de la casa del gobernador tras la boda de Adriana, y así se lo comuniqué a éste, quien me dijo que le apenaba mi partida pero que comprendía que quisiera mejorar y explorar nuevas posibilidades. No sabía que nuestra conversación había sido escuchada por alguien más… Resulto extraño que Sidonia desapareciera de pronto. Hacía varios días que no la veía y estaba preocupado por ella. Esa noche vino a verme Adriana, se sentó en el borde de mi cama y con calma habló conmigo. Me explicó que lo nuestro nunca había sido amor verdadero, que había sido fruto del hechizo del verano y de nuestra juventud. Era cierto que nos atraíamos, pero si alguna vez existió amor, fue más bien una mera ilusión. Afirmé con la cabeza concediéndole la razón. Después me dijo estar preocupada por Sidonia. Le pregunté por su paradero, y me dijo que había ido unos días a la casa de Isernia, pues necesitaba pensar. Al parecer, estaba muy disgustada. Quise conocer los motivos… Adriana, mirándome con sus profundos ojos negros, con la luna reflejada en ellos me dijo: el motivo eres tú.

Aquella noche no pude dormir. A la mañana siguiente pedí permiso para ausentarme durante unos días con la excusa de regresar a mi pueblo natal para arreglar ciertos asuntos.

Llegue a Isernia directamente, a la casa del gobernador donde hacia casi dos años que había estado, como aquella primera vez de principios del verano, pero en esta ocasión, durante un atardecer. Traspasé la cerca de madrera y dirigí mis pasos hacia la casa cuando la divisé a lo lejos, en la pradera.

En aquel momento lo comprendí. Mi pulso se aceleró. Mi corazón latía tan deprisa que creí que estallaría, y un nudo en el estómago me dejaba sin respiración. Me acerqué a ella. Se volvió para mirarme. Me perdí en el profundo azul de sus ojos y leí todo el dolor que sentía. Cómo pude haber estado tan ciego…

Me senté junto a ella y allí, en ese prado bañado por la luz del atardecer, acariciados por la tibia brisa veraniega, sin hablar con palabras, nos dijimos todo lo que jamás nos habíamos dicho; lo que ella sabía y yo había ignorado.

Pasaron los días como si fueran horas. Había decidido que yo me marcharía para hacer fortuna y regresaría después a buscarla. Ella no quería. Me dijo que renunciaría a todo; que sólo quería estar junto a mi. Pero fui un joven orgulloso y me marché prometiéndole que volvería a por ella, y arrancándole la promesa de esperarme…”

Un débil sollozo me indicó que había terminado, que todo lo que llevaba dentro y le atormentaba había salido fuera. Decir nada podía, pero sí apretar su hombro con mi mano pora que encontrase en mi gesto una comprensión y apoyo que tal vez necesitaba.

Me miró con lágrimas en los ojos y una sonrisa.
-¿Sabes? He ahorrado hasta la última moneda que he cobrado. Cuando este barco regrese de vuelta de su viaje, yo volveré a buscarla…- me deseó buenas noches y se marchó a su camarote.

Me dejó con mis pensamientos. Pensé en su historia, en cómo se suceden las cosas de nuestro entorno en las que no reparamos, hasta que comprendemos cuánto las apreciamos al sentir su falta. Lo mismo nos ocurre a unos con otros; nos habituamos a quien tenemos a nuestro lado, y olvidamos agradecerles su permanencia. Y es que el amor más intenso se inspira también de las ausencias…

La noche era espléndida y sin darme cuenta me quedé dormido en la cubierta, mecido por las olas del mar, acunado por la nana que cantaba la brisa marina.

Negreros



Después de dos semanas de intensas reparaciones, el Capitán nos comunicó en la Taberna de Zasha que en dos días más estaríamos listos para zarpar. Podíamos abandonar la posada y volver a instalarnos en los aposentos del barco. Mirando de soslayo a Ramón, nos dijo que todavía le quedaba encontrar al maldito cocinero; no había encontrado ninguno que tuviera los conocimientos suficientes para no matarnos a bordo de una intoxicación durante la travesía. Ramón, hombre habitualmente callado y prudente, afirmó con la cabeza y después dijo evidenciando su buena voluntad que haría lo que buenamente pudiese si no encontraban cocinero, aunque tanto él mismo como todos los demás compartíamos el criterio del capitán.

El día en que nos disponíamos a zarpar, llego un hombre corriendo con un petate a la espalda y saltó justo cuando empezábamos a separarnos del muelle, recogida ya la pasarela. Todos miramos al Capitán que, de pie en el puente, dibujaba media sonrisa. Lo Había conseguido: teníamos cocinero.

Me incorporé a mi trabajo voluntario de ayudante de cocina y pude conocer de primera mano a nuestro nuevo cocinero: Mario, un Italiano de mediana estatura, ancho de espaldas y ojos negros. Era peculiar en su forma de hablar, y por lo que pudimos y apreciamos todos a la hora de la comida, un excelente cocinero con suficientes recursos. Pronto nos dimos cuenta de que no debíamos hacer reproches respecto a su comida, pues nos explicó muy serio que se había marchado del anterior barco ante la falta de aprecio hacia sus guisos.

Llevábamos tres días de viaje cuando el vigía diviso un barco en el horizonte. Según nos anunció el Capitán, parecía navegar a la deriva. Su velamen estaba totalmente destrozado y su palo mayor partido. El Capitán dio orden de acercarse a él para ver si quedaba en la nave tripulación que necesitase ayuda.

Según nos acercamos, la expresión en la cara de nuestro capitán fue cambiando. Al ser yo el único pasajero de abordo, tenía mis privilegios; comía en la mesa del capitán y deambulaba libremente por el barco, de modo que me situé en el puente junto a él. Éste me dijo que no le gustaban nada aquel tipo de barcos. Quise saber de qué tipo de barco se trataba, y me respondió con expresión sombría… “Negreros”.

No sabía el significado de aquello y evité preguntar en esa ocasión, aunque no tardé en descubrirlo, para disgusto personal. Nos fuimos acercando lentamente al barco. Desde la borda nos hacían señas de socorro, y empezamos a percibir un extraño hedor. Era el hedor del sufrimiento, de la angustia, de la desesperación… todo aquello unido al hambre y a la falta de higiene. Todo eso es lo que vieron mis ojos cuando pusimos los pies en ese barco. Un barco de esclavos.

Mis ojos no daban crédito a lo que veían: mujeres y hombres hacinados en la cubierta, bañados en sus propios excrementos, al borde de la extenuación y la desesperación. Un cruce de miradas me indicó que el Capitán opinaba igual que yo. Lo que estaba viendo era inhumano. El Capitán del barco de esclavos nos dio las gracias por prestarles auxilio, y con breves y parcas palabras, explicó que la tempestad les había encontrado desprevenidos y perdiendo el palo mayor y casi todo el velamen. Nos pidió que le remolcasemos al puerto mas próximo, Brunei. Nuestro Capitán accedió, no sin reservas. Al principio, el capitán del barco de esclavos se negó a sus condiciones, pero ante la posibilidad de que se les dejara de nuevo a la deriva, tuvo que aceptarlas de mala gana.

No podíamos evitar que los seres humanos que había en el barco dejaran de ser esclavos, pero si podíamos evitar que murieran por la desidia del hombre. Antes de emprender de nuevo la travesía, mucho más lenta remolcando el otro barco, se alimentó y aseó a las 125 almas que quedaban de los 300 esclavos que componían la partida inicial. Había hombres, mujeres y niños, todos ellos con el terror grabado en la mirada. Mario, nuestro nuevo cocinero, se esmeró para que la comida servida tuviera los suficientes nutrientes para permitirles recuperar sus fuerzas. Esta vez dejó de cantar mientras cocinaba, sustituyendo su habitual desenfado por un ceño fruncido.

He vuelto a quitar la vida a otro ser humano. No me arrepiento pero no es algo con lo que mi espíritu este en paz. Quitar una vida, por miserable que sea, no se olvida y es una espina clavada con la que hay que aprender a vivir.

El Capitán decidió que algunos de nosotros, incluidos Mario el Cocinero y yo, permaneciéramos en el barco de esclavos. Quería que estuvieran bien alimentados y que hubiera siempre alguien pendiente de los movimientos de su tripulación. La travesía sería lenta, pues un barco tendría que tirar de dos. Al segundo día y después de terminar la preparación de la comida junto con Mario, mi curiosidad y nuestros pasos nos llevaron a la zona mas alejada de la cocina, donde nunca antes habíamos estado. De pronto escuchamos un grito y un sollozo acompañado de carcajadas de una segunda persona. Mario y yo nos miramos para corroborar que ambos habíamos escuchado aquello, y apresuramos nuestro paso hasta el lugar de donde procedía tal algarabía. Algo muy frío recorrió mis venas, y como pude comprobar después, a Mario debió pasarle también. En un rincón de la sala, cuatro hombres tenían sujeta a una joven esclava. Mientras tres de ellos la sujetaban, el cuarto le propinaba golpes y se reía. Ella se resistía a pesar de todo, pero sus fuerzas le traicionaron dándose finalmente por vencida. El cuarto hombre se preparó para una nueva humillación cuando Mario, con un grito, se abalanzó sobre él derribándolo al suelo. Los tres marineros restantes soltaron a la joven esclava y se lanzaron contra Mario. Un segundo después luchábamos codo con codo por nuestras vidas y la de la joven esclava. Éramos dos contra cuatro oponentes, pero no importaba; en nuestra mente no existía el miedo por nuestra integridad, sino el ánimo de impartir justicia y resarcir el daño causado a tanto ser humano.

Cuando desperté tenía un costado vendado y Mario yacía junto a mí. El capitán fue llamado en cuanto abrí los ojos. Me dijo que le habíamos dado un buen susto y que se alegraba de verme de nuevo entre los vivos. Mario tardó un par de días más en despertarse. Estábamos en la casa del marinero de Brunei. Mas tarde me enteraria de lo ocurrido.

Dos semanas después, casi recuperado del todo, el Capitán nos invitó a Mario el cocinero -que no salía de su asombro- y a mí. Por él supimos que nuestra lucha fue a muerte, que matamos a dos de los tres marineros y que el último ya no tendría descendencia, pues nuestro cocinero le había arrancado de cuajo sus partes nobles. Nosotros habíamos salido mejor parados, aunque heridos de gravedad y con más de un golpe en la cabeza que hacía que nuestra memoria más reciente fuese tan difusa. Cuando nos pudieron separar, los hombres del barco negrero nos quisieron linchar, pero previsor como acostumbraba, el capitán había dejado algunos hombres armados a bordo, como bien sabíamos. Cuando llegamos a Brunei, fue puesto en conocimiento de las autoridades el cargamento que llevaba el barco y apresado su capitán. Los esclavos habían sido acogidos por la comunidad y repartidos por los diferentes pueblos. La vida no era nada fácil, pero era mejor sobrevivir libre que atado a una cadena.

El Capitán, con una sonrisa, nos dijo que tenía una sorpresa para nosotros dos, quienes le miramos con cara de asombro. Se abrió la puerta y apareció una jovencita de apenas quince años; una belleza inmaculada con la mirada tímidamente puesta en el suelo. En sus manos, sólo dos flores que nos entregó a Mario y a mí. Cuando lo hizo, su mirada se cruzó con cada uno de nosotros. No sé lo que sintió Mario, pero yo no pude más que maravillarme de lo que me dijo sin haber hablado. Era la joven que habíamos salvado de las garras de aquellos depredadores. En sus ojos puros y transparentes, con el brillo de alguien que empieza a vivir pero que ya ha vivido demasiado, delatando una extraña mezcla de juventud y sabiduría, pudimos leer su silenciosa gratitud por haberla liberado de un mal tan frecuente como el de la tiranía del hombre contra el hombre.

El Capitán nos dijo que estaba todo listo para partir al día siguiente, y que estuviéramos preparados al amanecer. Unas horas después nos despidió la aurora antes de ponernos en marcha.

El Misterio del Turco



Unos días después el Capitán vino a hablar conmigo. Me comentó que nos retrasaríamos en la partida, pues los daños provocados por la tormenta eran más importantes de lo esperado y prefería repararlos a tener problemas después. Me ofreció buscarme otro transporte en otro buque. Le dije que esperaría; no tenia prisa por llegar y además ese retraso me daría ocasión para intentar descubrir algo que me tenía intrigado.

Hable con Ramón, quizás por proximidad o quizás porque no había nadie mas con el que poder hablar, y le conté mis intenciones. Después de haber oído el relato de Zasha estaba intrigado por algo: esa carta… ¿que pondría en esa carta?

Quería hacer averiguaciones, descubrir dónde se metió Breck e intentar averiguar si alguien sabía algo del asunto.

Ramón, amablemente, se prestó a acompañarme, pues él no había pensado en aquello y también sentía curiosidad. Aquella noche empezamos a frecuentar los diversos antros que había en el Puerto. En la cuarta noche, obtuvimos nuestra recompensa.

Entramos en un local mugriento e insalubre, nada comparado con la taberna de Zasha. Olía a rancio, y los parroquianos no eran menos dignos del local. Era una casa de putas, como bien me indicó Ramón. Según entramos, se acercaron dos señoritas con aroma a perfume barato. Sus sonrisas contradecían la falta de brillo de sus ojos, y declinamos amablemente sus servicios preguntando por la dueña del establecimiento.

La Señora, como la llamaban, acudió a nuestro encuentro y después de pedir varios vasos de vino y hablar de banalidades, le preguntamos si conocía a Breck el Turco. Entonces nos observó más detenidamente y después nos indicó que la siguiéramos. Entramos en unos aposentos medianamente limpios y sencillos, donde nos invitó a tomar asiento y quiso saber qué era lo que andábamos buscando. Le conté lo que me proponía; el relato de Zasha, la curiosidad que me embargaba… Ella asintió con la cabeza, y empezó a hablar con sosiego.

“Si, conocí a Breck el Turco antes de que se casara, y también después…
Antes de casarse con Zasha, estaba enrolado en un barco que varaba cada quince días en este puerto. Él venia aquí con sus amigotes y se embriagaba. Entonces ese joven se convertía en un demonio, pendenciero y violento; no era el mismo. Elegía a una de mis chicas y se la llevaba a un cuarto. Lo que pasaba allí arriba no se lo diré, pero mi chicas siempre salían con algún que otro moratón… Un buen día dejó de acudir y después supe de su cambio, que había encontrado el amor, se había quedado en tierra y que iba a formar una familia. Pero yo sabía que tarde o temprano, el demonio que llevaba dentro surgiría despertado por la primera gota de alcohol.

Un día, de pronto, entró por la puerta todo enfurecido y amargado, pidió de beber sin parar y solicitó los servicios de dos chicas…. ante sus gritos a solas con él, tuve que pedir ayuda para lograr sacarlo a la fuerza de aquí. Se habían confirmado mis sospechas y ahora sólo temía por la pobre muchacha con la que se había casado. No le volví a ver sobrio hasta que tuvo el percance con su mujer y ella le cortó los bajos… yo no lo hubiera dejado vivo a ese canalla. El caso es que, antes de que eso ocurriera, una noche en medio de la embriaguez le escuché decir algo… bajo los vapores del alcohol empezó a hablar de su tierra. Pensé que era añoranza cuando un sollozo hizo que prestara más atención:

-Ellos, esos perros… ellos… mi madre, mi padre mis hermanos… mis hermosas y angelicales sobrinas todos… perros…

Durante unos minutos permaneció sollozando y después, con un arrebato de locura, se levantó, pidió más vino y se fue de nuevo con una de mis chicas… con un miedo atroz preparé a un par de hombres por si hacia falta volver a sacarlo de la habitación.

Esas palabras me hicieron suponer que algo terrible había pasado a su familia. Un tiempo después vino acompañado por alguien, otro turco con el que pude hablar más detenidamente y me contó lo que le ocurrió a la familia de Breck.

Breck se marchó de Turquía porque habían puesto precio a su cabeza. Una noche de borrachera, había matado a un joven comerciante y a su esposa después de haber hecho dios sabe qué cosas con ella. Él se enroló en un barco y desapareció. Le estuvieron buscando y al no encontrarlo, hicieron una proclama: si no aparecía y se entregaba en un tiempo razonablemente corto, toda su familia sería ajusticiada en su lugar. Nunca se enteró de ese ultimátum. Para dar ejemplo, se ejecutó la sentencia y toda la familia fue apresada, incluidos los niños. Una mañana, delante de toda la multitud, uno por uno todos los miembros de la familia fueron pasados a cuchillo. Primero lo hicieron con los niños, que con el terror en la mirada buscaban la ayuda de sus mayores sin entender qué es lo que estaba pasando, y ante los ojos de sus padres y abuelos que gritaban de desesperación. Después las mujeres, quienes para mayor humillación antes fueron despojadas de sus ropas y expuestas a los ojos de todo el mundo. Y por ultimo, los hombres. Los cuerpos fueron expuestos ante el pueblo para que cundiera el ejemplo y jamás lo olvidaran.

Después llego la carta de Breck a su pueblo y le fue contestada por un vecino. Lo que sigue ya lo sabéis. Aquel hombre era un demonio y nunca lo dejó de ser.”

Ramón y yo dimos las gracias, pagamos y nos marchamos. No hablamos palabra, pues cada uno caminamos en compañía de nuestros pensamientos. Si Breck fue un diablo, no menos lo fueron aquellos que impartieron presunta justicia sobre los inocentes.

Dirigimos nuestros pasos hacia la Taberna de Zasha, que como siempre, estaba llena a rebosar. Llegamos justo a tiempo, pues había llegado un cuenta cuentos y ante la coquetería de nuestra anfitriona Zasha, se dispuso a interpretar su papel:

“Hace mucho, mucho tiempo, en un lejano lugar, Vivian las cualidades humanas, juntas y amigas.

Un día que estaban algo aburridas, la Locura, les planteo jugar al escondite.

Locura: Jugamos al escondite y así el tiempo se nos pasara más rápido y de una forma divertida. Yo me la quedo.

-Si, si, dijeron los demás, y comenzaron el juego.

Locura: uno, dos, tres…,

Todas comenzaron a correr y buscar su lugar, bueno todas no, pues la Pereza, como era muy perezosa se quedo en medio del camino, solo por no moverse más.

La Indecisión, como era tan indecisa se quedo corriendo entre un árbol y un seto.

El Romanticismo, se subió a la copa de un árbol para poder contemplar la luna.

La Envidia, como era tan envidiosa, se subió a la copa del árbol de al lado.

Los Celos, se pegaron a la Envidia, y no se separaron de ella.

La Amistad como era tan atenta, cedió su escondite junto a una roca al Miedo, para que así pudiera jugar, ya que este escondite estaba al aire y no era oscuro, y ella se escondió en el tronco de un árbol.

Y por ultimo, el Amor, que se metió entre una zarza.

Locura: cincuenta y ocho, cincuenta y nueve y sesenta… Voy.

Uno a uno los fue descubriendo.

Locura:
-Por la Pereza, que esta en medio del camino.
- Por la Indecisión, que esta entre el árbol y el seto.
- Por el Romanticismo, que esta en la copa de un árbol.
- Por la Envidia, que esta en la copa de otro árbol…

Así fue encontrando uno a uno, hasta que solo falto por encontrar… El Amor.

Locura: ¿Amor donde estas?

Cuando ya estaban por rendirse, vio una zarza que se movía, y decidió coger un palo en forma de horquilla que había en el camino y con el pinchar dentro de la zarza,

De pronto se oyó un grito de dolor.

Era el Amor, que la Locura, sin querer, le había pinchado con el palo en los ojos.
La Locura: Amor no te preocupes, pues por lo que te he hecho, a partir de hoy yo seré tus ojos.

Y por eso, desde ese día se dice que el AMOR ES CIEGO Y SIEMPRE VA ACOMPAÑADO POR LA LOCURA.”

Esto me hizo pensar en la historia de Zasha y Breck el turco. En su caso, la locura la llevaba siempre por dentro y sólo el amor, por un breve espacio de tiempo, la había mantenido a raya.