sábado

El claro del bosque


Quiero contaros una leyenda, como tantas otras, milenaria. Iremos a un bosque donde el sol juega y hace dibujos en la sombra. Es en un claro entre la espesura, donde un árbol dormido fue testigo de un gran romance; un amor que sin embargo no fue tal en un principio, sino que surgió – paradójicamente-, de la burla y el desprecio.

Hace mucho tiempo, este hermoso bosque rebosaba una vida que ahora es difícil de apreciar, pues se oculta con empeño a los ojos extraños, fenómeno digno de otra historia que no corresponde explicar ahora. Como decía, hace miles de años, los duendes, las hadas, los elfos y demás seres del bosque se ocupaban de sus asuntos, mirando con recelo a todo aquel que entraba en el bosque, pero sin llegar a ocultarse de ellos. Entre estos mágicos habitantes existía un hada llamada Titania. Como todas las hadas, era guardiana de los bosques y de la naturaleza y llenaba de felicidad y alegría a los seres mortales cuando estaba cerca de ellos. Pero Titania no era un Hada como las demás; tenía sangre humana, pues su madre se enamoró de un hombre humano, y ella nació como resultado de aquel amor.

Había heredado de su madre la magia y el aspecto propios de su raza, y de su padre, el carácter burlón, la arrogancia y la falsa superioridad arraigada en los humanos. Se creía superior por ser quien era. Siempre se reía de todo y de todos, y poco a poco fue quedándose sin amigos con los que hablar. Ella, creyendo que se alejaban por sus envidias y complejos, los dejo ir sin más.

Vagaba por el bosque cantando y riendo siempre en solitario, y así pasó mucho tiempo. Poco a poco, fue notando que algo no iba bien. La soledad como compañera no era tan buena como cabría esperar y su permanencia fue haciéndose más pesada día a día. Sus paseos por el bosque fueron prolongándose cada vez más, hasta alejarse de las zonas que ella conocía.

Un día, en uno de estos largos paseos, escuchó en la lejanía que alguien cantaba con una bonita voz. Aún se encontraba lejos y no llegaba a entender del todo las palabras que acompañaban aquella melodía, así que se fue aproximando con ánimo de comprender. Cuanto más se acercaba, más crecía su curiosidad. Cerró los ojos y se balanceó al ritmo del canto, dejando que su mente absorbiera esas palabras que jamás había oído antes, pues aquella voz era como un hechizo y por primera vez en mucho tiempo le inundó el bienestar.

Era una balada que había tocado su corazón; quien la cantara debía de ser un ser extraordinario. Pensó que después de tanto tiempo en soledad, alguien que pudiese cantar así sería necesariamente una grata compañía. Decidió saludar al extraño y dirigió sus pasos hacia donde sonaba la melodía. Entre el follaje pudo vislumbrar un claro del bosque en el cual los rayos del sol jugueteaban con el polen y acariciaban la verde hierba llenando de magia ese pequeño rincón del profundo bosque. Justo en mitad del claro, el tronco de un árbol servía de asiento para la criatura que cantaba. Vestía ropas de vivos colores que hacían juego con el brillo de la hierba iluminada por la luz del astro rey.

Titania, aún llena de curiosidad, continuó avanzando hasta ver de cerca quién era. Una mueca de burla y sorpresa asomó a su rostro, pues no se trataba de otra cosa que un duende. Aún a pesar de su decepción, su soledad la empujó a entablar conversación con él.

Se saludaron cortésmente, y se dieron los nombres: Titania el Hada; Oberón el Duende.

La curiosidad de Titania no disminuyó mientras observaba a Oberón. Había visto a otros duendes, claro está, y siempre le habían parecido criaturas ridículas y elementales, que hacían un buen trabajo protegiendo el bosque pero que resultaban seres feos y despreciables… Este Oberón, sin embargo, era distinto; tenía otro porte, su voz era algo especial, su mirada clara, atenta y llena de la misma curiosidad que la suya. Hablaron durante un rato de cosas banales mientras se observaban mutuamente. Oberón con aquella divertida curiosidad, y Titania con cierta burla intencionada.

Pasaron los días y Titania seguía en su lastimera soledad. Sólamente la compañía sincera y silenciosa de los animales del bosque la mitigaban. Sin darse cuenta, sus pasos se dirigieron hacia el oculto claro del bosque. Conforme se aproximaba, volvió a escuchar la melodía y se acercó hasta el límite del claro oculto entre los árboles, cerrando los ojos y escuchando nuevamente a Oberón.

Después de que el terminase de cantar, entró en el claro, tomo asiento en el tronco junto a Oberón y empezó a saciar su curiosidad asaltándole con preguntas sobre su ridícula vestimenta. Él contestó que le gustaba llevar los colores del arcoíris, y que el aspecto exterior no tenía importancia, pues se trataba tan sólo de la superficie; lo importante, al igual que en el bosque, no es su linde, sino lo que alberga en su interior.

Día tras día, Titania regresaba al claro donde Oberón la esperaba pacientemente. Aunque él no pertenecía a aquellas tierras, decidió quedarse conmovido por la tristeza y la soledad que delataban los ojos de Titania y que ella jamás confesaba. No sabía muy bien la razón, pero aquella hada de tersa piel blanquecina le atraía sobremanera, y quería averiguar cómo sería su rostro cuando regresara el brillo del entusiasmo a sus ojos.

Sus encuentros fueron constantes. Cada día que pasaba el tiempo que permanecían juntos aumentaba, y Titania fue dejando de burlarse sobre el aspecto y la apariencia de su colorido amigo.

Un día, mientras Oberón cantaba y Titania escuchaba con los ojos cerrados, con el cabello mecido por la brisa, entró en el claro del bosque un ciervo con una mortal herida. Oberón se levantó de inmediato y con paso firme se acercó al ciervo, que no se aparto de él. El duende, con lágrimas en los ojos, trató de curar al ciervo con su magia, pero ya era demasiado tarde y ni el mejor de los cuidados pudo haberle salvado. Entonces, de su pecho salió una dulce canción aprendida en el ancestral lenguaje de los elfos, y permaneció acariciando el lomo del animal. Era tal la dulzura de aquella melodía y había tanta compasión, amor y pasión en ella, que todos los animales cercanos se detuvieron a escuchar. El agitado corazón del ciervo se serenó y con su cabeza apoyada mansamente en el regazo de Oberón, cerró sus ojos para siempre.

Titania se asombro de la ternura de Oberón, y en cómo después, con sus propias manos, enterró al ciervo en un lugar de aquel claro del bosque. Le explicó a Titania que él procedía de otras tierras y que tuvo que tomar una decisión; quiso comprobar si las noticias que le llegaban de todos los lugares eran ciertas. Le habían advertido de que los hombres ya no cazaban animales para alimentarse, sino que lo hacían también por diversión. Era su responsabilidad observarlo con sus propios ojos y decidir si su pueblo debía usar la magia para ocultarse de los humanos, pues aunque nunca antes habían afectado a las criaturas mágicas del bosque, su perpetuo recelo bien podría convertirse próximamente en una agresión.

Titania se marchó, pero en sus pensamientos aún sonaban las palabras de Oberón. ¿Quién era su pueblo en realidad? La actitud del hada se había ido transformando gracias a la influencia del duende; su sonrisa había dejado de ser burlona y se había vuelto sincera. Las demás gentes del lugar notaron el cambio y poco a poco volvieron a ofrecer su amistad a la hermosa Titania, que alternaba su compañía con la de Oberón en su claro. Ella ya no veía al duende de colorida vestimenta y orejas puntiagudas, sino a una criatura especial que le había enseñado inmensos mundos interiores -hasta ahora desconocidos para ella-, tan sólo con las palabras.

Uno de esos días algo llamo la atención de Titania. Según se aproximaba al claro del bosque, no escuchó a Oberón cantar. Esto la agitó, pues nunca había contemplado la posibilidad de que él no estuviera ahí. Para su alivio y sorpresa, él no se había marchado. Y el alivio se debió a que estaba sentado en el árbol dormido, y sorpresa porque su rostro denotaba una tristeza que antes no había visto en él. Quiso saber el porqué de su semblante, y él respondió que había tenido noticias de su tierra, y debía regresar, pues todos los seres mágicos del bosque estaban en peligro. La explicó que su viaje había concluido mucho tiempo atrás, pero que había permanecido en estas tierras sólo por ella; lo que en un principio motivó la curiosidad, lo había perpetuado el nuevo brillo en los ojos de Titania, impidiéndole marchar. Ahora era su deber como Rey de los Duendes; tenía que avisar a su pueblo y utilizar la magia para ocultarse de los hombres para siempre.

Titania no entendía lo que le ocurría. Cuando escuchó las palabras de Oberón, algo aprisionó su pecho en una sensación que resultaba completamente nueva. Lo único que sabía con certeza es que no deseaba que Oberón se marchase de su lado. De sus labios brotaron unas palabras que jamás creyó que diría, y menos aún a alguien como Oberón. En un deseo irresistible de sincerarse y retenerle, habló como ningún hada había hablado a otro ser, y Oberón, con un brillo especial en los ojos, selló los labios de Titania con una mano temblorosa, haciéndola callar y contestando él:

Titania, Hermosa Titania… no continúen tus palabras, pues son como dagas en mi corazón. Ese mismo sentimiento arraigó mucho tiempo atrás en mí y yo te he amado de igual modo. Acudí a este lugar buscando señales y encontré a una hermosa criatura, solitaria y perdida. Quise ayudarla y sin darme cuenta me enamoré de ella. No pude irme porque te amaba, y no pude decírtelo porque nunca pensé que tu sintieras algo por un ser de aspecto tan ridículo como el mío, pero al fin has aprendido: has mirado mas allá de la superficie y has visto el interior, como al descubrir nuestro claro en lo más recóndito del bosque.”

Titania le suplicó que no se marchara, o que la llevase con él si lo hacía. Él le explicó que no sería posible, pues si ella permanecía a su lado, su pueblo no podría ocultarse a los ojos de los demás. Ella, conociendo el noble corazón de Oberón, comprendió que lo daría todo por su pueblo y jamás antepondría su propio egoísmo. También comprendió por sus palabras que todo el mundo mágico de los bosques estaba en peligro, y que incluso las hadas debían ocultarse a los ojos de los hombres.

Oberón no quiso marcharse sin más; antes, le prometió que aquel mágico lugar, aquel claro del bosque, sería exclusivamente para ella y nadie más podría descubrirlo, pues un encantamiento lo protegería de las miradas ajenas. Realizó su conjuro y dejó su canción en la brisa para que, cuando Titania buscara refugio junto al árbol dormido en el claro, pudiera disfrutar siempre de su música.

Desde entonces, en lo más profundo del bosque, cuando el sol acaricia las copas de los arboles, se escucha siempre una hermosa melodía, y es tanto el amor el que hay en ella que encoge el corazón, incluso el de los hombres. Aún hoy en nuestros días nadie ha encontrado el misterioso lugar de donde procede, aunque ocasionalmente alguien cuenta con temor que ha vislumbrado a una hermosa doncella desaparecer entre la espesura. Se trata sin duda de Titania, la Reina de las Hadas, que vuelve al mismo lugar donde perdió su corazón, pero también donde aprendió del Rey de los Duendes que ella también lo tenía.