sábado

Tu otra mitad


Una vez anotada la bella historia de Titania y Oberón en mi diario, me dirigí hasta la posada al encuentro de mis dos compañeros, Mario y Ramón.

Según me acercaba, pude observar cierto revuelo entre las gentes del lugar; había una considerable cantidad de guardias armados, la gran mayoría a pie. Tan solo había uno montado a caballo y cuatro monturas sin jinete. Entré en la posada y encontré a mis amigos sentados en compañía de un hombre de armas por cuyo atuendo supuse alguien importante.

No tardé en confirmarlo; Ramón me explicó que mi amigo el Jeque había tenido la amabilidad de hablar con un amigo suyo, Hiroshi (que significa generoso), un Señor de estas tierras niponas que nos daría alojamiento y protección durante nuestra permanencia en su bello país. El joven emisario de elegantes vestiduras se apresuró a pedir disculpas en nombre de su señor, pues era una costumbre de su casa celebrar el día de juego, y nada en el mundo haría que su señor faltara a la palabra dada por su antepasado. Me incliné aceptando las disculpas, y junto con mis compañeros de viaje, me dispuse a partir hacia las tierras de nuestro nuevo anfitrión.

En cualquier otro lugar, hubiesen resultado poco corrientes aquellas costumbres llenas de protocolo y respeto que aquellas gentes se profesaban. En mi mente rondaban aún las extrañas palabras de nuestro emisario. El día de juego… Había despertado mi curiosidad, pero como siempre, me alié con la paciencia hasta que aquella fuera saciada.

Llegamos a la falda de una pequeña montaña rodeada de un doble muro de piedra. Bien guarnecida al otro lado se alzaba la fortaleza del señor de aquellas tierras. En el interior del segundo muro se levantaba la aldea, llena de vida y de gentes atareadas con sus cotidianos menesteres. Se respiraba armonía y equilibro en aquel lugar; nada estaba fuera de sitio, como si hasta el más irrelevante detalle tuviese un propósito y un fin. El canto del riachuelo, el soplo del viento atravesando las grietas de las ventanas, todo cuidadosamente diseñado para que invadiese una insólita sensación de bienestar. Era sencillo sentirse cómodo y protegido dentro de aquellos muros.

Una vez en las puertas del pequeño palacete, nos invitaron a entrar hasta una especie de salón. Sutilmente, nos indicaron que debíamos descalzarnos. Poco después nos condujeron hacia un cuarto donde estaban preparadas unas grandes bañeras de agua caliente. Me sorprendieron el sigilo, la naturalidad y la eficiencia con la que nos despojaron de la ropa. Apenas reparamos, no sin cierto pudor, de que eran mujeres las que nos atendían con tal maestría y dedicación.

En todo momento nos acompañaba Sadayo, nombre por el que respondía el joven emisario. Nos indicó la forma de meternos en las enormes tinas de agua que hacían las veces de bañeras; debíamos hacerlo muy despacio para no quemarnos, y una vez dentro, sin apenas movernos, dejar que nuestros cuerpos se relajaran y renovasen nuestras fuerzas con el calor del agua y el aroma de las hierbas que hervían en una tetera.

Al cabo de un tiempo, me desperté de un ligero sueño dentro de la tina. Un leve movimiento en el agua había llamado mi atención. Acababa de entrar en la estancia un hombre de porte sereno y mirada penetrante que nos observó con curiosidad. A su alrededor, una nube de mujeres -que después supe llamaban geishas- revoloteaba a su alrededor colmándole de atenciones para que tomara su baño.

Una vez acomodado, nos saludó con una leve reverencia de su cabeza y después cerró sus ojos disfrutando del baño sin duda como nosotros. Unos minutos después dedicó una mirada pausada a cada uno de mis compañeros, hasta que sus ojos finalmente se posaron en mí. Comentó que su amigo el Jeque no se había equivocado en nada al describirnos. Nos dio la bienvenida y expresó su deseo de conocer nuestra historia en una conversación después del baño, tomando una taza de té.

Nuestras ropas no estaban en su sitio, de modo que nos pusimos las que nos dejaron en su lugar. En realidad, nos vistieron las mismas solícitas mujeres de manos suaves y mirada huidiza que pululaban a nuestro alrededor. Antes casi de acertar a reaccionar, nos encontrábamos completamente vestidos, y tuvimos que reprimir las carcajadas que asomaban a nuestras gargantas cuando nos observamos unos a otros, pues aquellos ropajes tan poco convencionales nos daban un aspecto excéntrico a nuestros ojos. Después del primer impacto, Sadayo, el joven emisario, divertido por nuestro desconcierto y con una sonrisa en los labios, nos pidió que le siguiéramos hasta la sala de té, donde su señor nos estaba esperando.

Entramos en una sala de tamaño medio, ventilada por el viento del norte. En el centro de la habitación había una mesa baja con todo dispuesto para tomar la infusión de hierbas aromáticas a las que llamaban té. Hiroshi estaba aguardándonos, y con un leve movimiento de cabeza, nos indicó que nos sentáramos frente a él. No mediamos palabra hasta que las mujeres dejaron todo dispuesto y se retiraron silenciosamente.
Nuestro anfitrión dijo que llevaba días esperando nuestra llegada. Nuestro amigo común, el Jeque, le había relatado brevemente nuestra historia y mi costumbre de anotar los cuentos y leyendas que escuchaba a lo largo de mi viaje. Comento que estaba muy interesado en escucharlas, pues desde que era sólo un niño, había amado la costumbre de su abuelo de narrarle bellas historias, y desde entonces no había repetido aquel placer.

Después de ponerle en antecedentes de todo lo acontecido, el silencio invadió la estancia. Hiroshi, con la mirada perdida en algún remoto lugar de su memoria, comenzó a hablar:

“Hace muchos años me ocurrió algo que, acaso por mi juventud, escapó de mi entendimiento. Mi abuelo me contó una bella historia que me gustaría compartir contigo y tus compañeros, Racsol de Tulohan, en gratitud a vuestra conversación, que soy capaz de reproducir aquí con absoluta exactitud, tal como él lo hacía conmigo. Creo que tu cuaderno de notas y tus bellas palabras harán honor a ella:

Mi padre estaba en guerra con otro señor, Takeshi (que significa hombre fuerte), por un desacuerdo en la pertenencia de unas tierras. Eran constantes las escaramuzas y asaltos por ambas partes. Tanto mi padre como el señor Takeshi eran poderosos y testarudos, de modo que la guerra se prolongó durante muchos años. Al principio, debido a mi corta edad, no me era permitido acompañar a mi padre durante los asaltos y enfrentamientos, pero cuando se consideró que tenía la madurez suficiente para ir a la batalla, mi padre y señor me entregó mi espada y por primera vez pude participar en combate. Solicité a mi padre que no me concediese privilegios, pues había sido educado en la humildad y mi deseo era servirle como cualquier soldado hasta revelarme merecedor de otros honores. El me miró fijamente y asintió satisfecho.

Trabajé duro y, a base de mucho esfuerzo, me forjé como un auténtico soldado, si bien el horror de la guerra y la muerte me volvió silencioso, meditativo y taciturno. Un día mi padre requirió mi presencia en la sala de armas. Me dijo que la guerra había agotado su presencia de ánimo, y hablando con sus generales había llegado a la conclusión de que la única manera de acabar con ella era que uno de los dos líderes muriera. Lógicamente, él quería adelantarse a su enemigo. Habían pensado que un solo hombre tendría más fácil la tarea de llegar hasta él y quitarle la vida. Mi padre dijo que yo era el elegido para aquella misión, pues de esa manera me ganaría el respeto y la admiración de todo nuestro pueblo y podría sentarme a su lado con honor, que era donde por derecho me correspondía estar. Acepté el compromiso aún sabiendo que sería más que probable que perdiese la vida en el intento. No negaré que reconocí la preocupación tras el orgullo que la mirada de mi padre me otorgaba, pero aunque pueda resultar difícil de entender para aquellos ajenos a nuestra cultura, dar la vida por la noble causa de mi casa era el auténtico privilegio del guerrero.

Durante meses me prepare para ello. Fui entrenado en todas las artes y técnicas posibles. Cuando estuve preparado, se me entregó un corcel y una espada y puse rumbo hacia las tierras de Takeshi. No tenía un plazo para cumplir mi cometido ni prisa en llegar, de modo que dejé que mi montura eligiera el paso. Mientras tanto, empecé a prestar atención a todo cuanto me rodeaba; el tener conciencia y casi la certeza de la propia muerte hizo que mis sentidos se agudizaran de manera singular. Nunca antes me había fijado en la belleza de las cosas: en el viejo árbol, el mecer de hierba, en cómo acaricia la suave brisa las hojas del almendro, o en cómo el canto del agua cristalina de un arroyo, cuando impacta sobre las piedras a su paso, rivaliza con la melodía del ruiseñor en la mañana.

Después de una semana a caballo llegué a la frontera con las tierras de Takeshi. Durante el largo trayecto, en mi soledad, había tenido tiempo de reflexionar y concentrarme en todos mis movimientos. A partir de ese instante viajaría bajo la luz de la luna buscando las sombras del camino para pasar inadvertido, pues mi montura era negra zahína y mis ropas tenían aquel mismo color. Apenas quedaba otra semana a caballo hasta llegar al bastión de mi enemigo, y no sabía el tiempo que me llevaría infiltrarme y apagar la vida de Takeshi, suponiendo que pudiera llegar hasta él.

Al tercer día en territorio enemigo, mientras la oscuridad me daba cobijo en mi clandestino viaje, un grito lejano hizo que mi corcel se parara en seco y que yo agudizara mi oído. Pude percibir el sonido inconfundible de una sorda lucha en la oscuridad. Espoleé a mi montura hasta llegar al lugar del combate. Unos bandidos estaban asaltando un palanquín y dando cuenta de la guardia gracias a una elaborada emboscada. Ante tamaña desigualdad, me lancé a la carga y entre en combate. Despuntaba el alba cuando los bandidos se dieron a la fuga. Me dirigí al palanquín para ver quién era la persona a la que protegían los guardias con tanta tenacidad, cuando mi camino fue cortado por dos de ellos con las manos en las armas. Me dieron las gracias por la ayuda y me pidieron amablemente que me alejara del lugar.

Una voz dulce, casi en un susurro, les ordenó que me permitiesen acercarme, pues sería una descortesía no expresar la debida gratitud a quien había arriesgado la vida por defender la de un completo desconocido. Los guardias, con una inclinación de cabeza, me permitieron el paso.

La cortina que cubría el interior del palanquín fue retirada grácilmente. Dentro había una hermosa joven que me miraba con curiosidad y una ligera sonrisa en los labios. En ese momento sentí algo extraño en mi interior y perdí el habla. Ella me dio su nombre: Aiko (significa niña de Amor) y que dijo ser la hija de Takeshi, señor de aquellas tierras. Mi mente se puso en funcionamiento velozmente y planificó una treta. Aquella podría ser la única posibilidad de llegar hasta Takeshi sin correr riesgos innecesarios; la fortuna estaba de mi parte, y en contra de la de mi enemigo.

Me presenté como Hiroshi y conté que buscaba fortuna, de manera que ofrecí mis servicios a tan noble dama. Ella asintió y me dijo que su padre me compensaría por mis servicios y que sabría encontrar utilidad a valerosos mercenarios como yo necesitaba, pues se empeñaba en mantener una absurda guerra con su vecino por un trozo de tierra infértil.

Aquellas palabras sonaron mías. Yo pensaba de igual manera, si bien había sido educado para respetar los deseos de mi padre sin cuestionar los asuntos políticos en los que tal vez algún día debiese involucrarme.

Todavía quedaban varios días de viaje hasta llegar a la fortaleza con el palanquín. El viaje se hizo más largo y durante ese tiempo pude disfrutar de la compañía y conversación de la joven Aiko, bajo la constante y severa mirada de sus guardias personales.

Desde el primer momento en que nuestras miradas se cruzaron, algo insólito había ocurrido. Me sentía cómodo en su compañía, y al parecer aquel bienestar era recíproco, pues ella también buscaba la mía constantemente ante la desaprobadora mirada de quienes la proseguían.

Después de otros seis días de viaje llegamos a la fortaleza. Fuimos directamente a la casa del señor de esas tierras y fui llevado ante la presencia de Takeshi. A punto estuve de quitarle la vida en aquel preciso momento, pero la prudencia se impuso y continué con la farsa del soldado de fortuna con la esperanza de encontrar mejor ocasión para cumplir mi cometido. En mi interior, deseaba cumplir con mi objetivo conservando mi propia vida, pues deseaba volver a disfrutar de la compañía de Aiko una vez más.

Con solemnidad y reconocimiento, me dio las gracias por salvar la vida de su hija y me ofreció unirme a sus filas como guardia personal de la princesa Aiko. Acepté de inmediato.

Pasaron los días, las semanas y los meses. Una tarde acompañé a la princesa Aiko a dar su paseo por el campo vecino, hasta llegar a un lugar donde yo nunca había estado antes; aquel lugar era un verdadero remanso de paz. Como siempre, ella se sentaba y después me pedía que la hiciese compañía. En aquel momento, bajo las últimas luces del ocaso, comprendí al observarla que la había amado desde el primer día que la vi. Decidí entonces que había llegado el momento de imponer mi misión y cumplir con mi palabra de arrebatar la vida de Takeshi. De dar vía libre a mis sentimientos, éstos podrían evitar que hiciese cualquier cosa que pudiese hacer sufrir a su hija.

Aguardé a que llegaran las noches sin luna. Mi noble actitud y las buenas retribuciones de mis servicios hacían presumir mi lealtad en mis enemigos, de modo que conocía de antemano todos los movimientos de la guardia. Tal como lo había planeado mil veces, llegué hasta el lecho donde dormía Takeshi y desenfundé mi espada forjada por mis antepasados, bautizada con sangre con el nombre de Yami (que significa oscuridad) y la alcé para asestar el golpe fatal a mi enemigo. De pronto fui apresado por multitud de brazos y arrojado al suelo. No comprendí qué había fallado en mis cálculos. Fui brutalmente apaleado.

Todo el Palacio abandonó su plácido sueño y fui llevado a rastras hasta una sala inmensa donde se decidían los asuntos de Estado. Me pusieron de rodillas frente a Takeshi, que como un tigre furioso, recorría la estancia de una parte a otra. Me dijo que nunca había confiado en mí, que me tenia constantemente vigilado y que sospechaba mis intenciones. Lo que no conocía era el motivo, y quería arrancármelo en confesión.

Resignado ante mi destino, ya no tenía nada que temer. Le expuse mis motivos: había sido enviado por mi padre Tomoko (que significa amigable) con la esperanza de que, si acababa con su vida, acabaría también con la guerra. Me liberé ante la muerte expresando el pensamiento de que era absurdo arrancar tantas vidas por un trozo yermo de tierra que bien podría haberse dividido en dos, o buscar otra solución más ecuánime y certera que la devastación y la miseria a la que había conducido este conflicto. Le dije que no me arrepentía de nada, y que si había tardado tanto en actuar, era porque amaba a su hija. Ella era la que le había salvado la vida, pues en otras circunstancias, hubiese encontrado una mejor forma de cumplir mi tarea.

Sin darme cuenta, la princesa Aiko estaba asistiendo a aquel juicio improvisado con lágrimas en los ojos. Takeshi ordenó que fuera ajusticiado, y como hijo de un señor de la guerra, me concedió la oportunidad de hacerlo yo mismo con honor.

Cuando iba a cumplir mi destino, un grito me distrajo y asombrado vi como Aiko se echó a los pies de su padre y entre lágrimas le suplicó que la escuchara.

Su padre asintió.

Ella le preguntó si recordaba la historia que le contaba su madre. Él, con cierto dolor reflejado en su rostro ante el recuerdo, preguntó por cuál de las historias se refería. Aiko respondió:

-Hace mucho tiempo, cuando el señor de todas las cosas, el creador, hizo al hombre y a la mujer, los puso juntos para que se amasen y de ese amor naciese la humanidad.Los hizo distintos en todos los sentidos, excepto en que les dio un solo corazón para ambos, que tendrían que compartir eternamente. Cuando ellos incumplieron el compromiso que tenían con el creador, éste les desterró y dividió el corazón dándoles una mitad a cada uno y condenándoles a vivir separados.

Ahora, tanto los hombres como las mujeres, se pasan la vida vagando sin saberlo, buscando desesperadamente su otra mitad.

Mi madre me dijo que tú eras su otra mitad.

Ahora, padre, mi señor, te ruego que no des muerte a este hombre, pues él es mi otra mitad. Él me salvó de una muerte segura y desde el primer día en el que se cruzaron nuestras miradas, le he amado en secreto. Él no ha venido a quitarte la vida por gloria propia, sino por la devoción que a nuestros padres se nos exige a los hijos. Por el amor a un padre testarudo pero humano, como el mío.

Takeshi, ante las palabras de su hija, permaneció pensativo y con un gesto ordenó que me llevaran a las mazmorras, donde permanecí más de un mes. Después, entre varios guardias me llevaron a que me asearan y me condujeron ante la presencia de Takeshi.

Nada más verme me preguntó si era cierto que amaba a su hija. Contesté afirmativamente y él me respondió que me dejaría en libertad para que llevase un mensaje a mi padre. Quería que le dijera que había llegado la hora de poner fin a la guerra por medio de las palabras en lugar del acero teñido por la sangre de sus siervos y hermanos.

Después de casi un año regresé a mis tierras y me reencontré con mi padre, que me había dado por muerto. Escuchó con atención de mis labios todo lo que había acontecido desde que partí hasta mi retorno, sin omitir un solo detalle. También algo se conmovió en el férreo corazón de mi padre, y poco después Se concertó una reunión en la que solo los dos grandes señores estuvieron presentes.

En aquella reunión no sólo se firmó la paz, sino también un acuerdo que terminó en boda; los dos clanes, la casa de Takeshi y la de Tomoko, se unieron para ser uno solo.

Yo llevo el nombre de mi abuelo, Hiroshi, el cual me enseñó que todos, absolutamente todos, tenemos nuestra otra mitad en algún sitio, mas sólo unos pocos privilegiados por la fortuna y la voluntad consiguen encontrarla.”

Había pasado casi una hora sin darnos cuenta. La sala de baño estaba orientada hacia poniente premeditadamente como descubrí después, cuando Hiroshi susurró algo a una de las geishas y éstas descorrieron las mamparas de la estancia permitiéndonos observar fuera. El silencio invadió la estancia ante la magnífica puesta de sol que podíamos apreciar en el exterior.

Una vez terminada la velada con una exótica cena, ya en mis aposentos me dispuse a anotar la historia en mi diario. Entonces encontré una anotación en la que no había vuelto a pensar.

“El día de juego”.